Aviso sobre el Uso de cookies: Utilizamos cookies propias y de terceros para mejorar la experiencia del lector y ofrecer contenidos de interés. Si continúa navegando entendemos que usted acepta nuestra política de cookies. Ver nuestra Política de Privacidad y Cookies
Pedro Molina.
Martes, 2 de diciembre de 2014

Madeleine y el obispo

[Img #9594]Querido lector, voy a contaros el relato más salvaje e impuro que jamás haya leído de un servidor, el de una niña convertida en la criatura más amada y maltratada por Dios y por su impúdico marido, pero antes déjeme amado lector que os dé a conocer a Madeleine Renard, nuestra virginal beldad.

 

Como muchas huérfanas, la niña Madeleine nació de las entrañas de una prostituta parisina, ¿sería hija de un carpintero?, ¿sería hija de un magistrado?, ¿de un cirujano tal vez? Ni su madre lo sabía, tantos eran los falos que derramaban esencias en su ser..., más no importaba quien fuera el padre, una cosa es cierta, Madeleine tenía madre, aunque fuera una ramera. Justo al nacer su madre pudo ver a tan delicada criatura, tan rosácea como el capullo de una rosa, tan suave como la seda y tan impura como la desvirgada antes del matrimonio. Por este motivo, no por ser hija de una puta, por ser engendrada fuera del sacramento del matrimonio, el cruelmente bondadoso Padre Monarch despojó a la frágil Madeleine de los cuidados de su puta madre. La arrebató de la leche materna, no la dejó probar los primeros calostros, la arrojó a las ubres de una nodriza en las primeras horas de vida de la pequeña Maddy, como la llamarían más tarde.

 

-Aquí tiene madre-, dijo el bondadoso Padre Monarch a la madre superiora del convento. Como todas las huérfanas, nuestra Maddy fue criada y educada por monjas. Educada en el arte de oír, ver y callar. Amaestrada en el cumplimiento de los mandamientos, no en los de Dios, pero si en los de La Santa Madre Iglesia.

 

Madeleine fue criada sin distinción de sus compañeras huérfanas. A los diez años ya sabía leer correctamente, era capaz de llegar leyendo hasta el Nuevo Testamento, todo un logro para una huérfana. También a esa edad dominaba el cálculo, así que fue relegada de muchas tareas domésticas del convento por esta cualidad, pasando a hacer la contabilidad del convento, eso si, supervisada por una “madre”, no fuera que la ignorante Maddy les robara unos francos, ay despiadadas “madres”, vuestras mercedes eran el diablo, no los ángeles puros que allí vivían bajo su tutela.

 

Encerrada en los fríos muros de aquel convento, la joven Maddy fue apuntando a la pubescencia ignorante de la vida real, en sus ojos solo estaban sus hermanas huérfanas, las monjas y las ávidas ganas de salir de aquel frío lugar. Por su férrea educación católica, Maddy creía firmemente en un solo Dios, y en todos los pecados mortales, siete en total. Cualquier pensamiento banal o pecaminoso lo confesaba rápidamente al señor Obispo, el del copete rojo, como lo llamaban las huérfanas más niñas, porque no olvide amado lector, que todas las huérfanas eran niñas, todas.

 

Entre las cuatro paredes del centenario convento, un rumor corría como la pólvora entre las pubescentes, se contaba que el Obispo tocaba a las virginales huérfanas, faltando así al voto del celibato, pero como decían los ancianos, “haz lo que yo digo, pero no lo que yo hago”. Poniendo este refrán en lo alto del mástil mayor, he aquí nuestro “casto” Obispo, el del copete rojo. Este Obispo, gordo como todos, gran pescuezo tenía el clérigo de oficio, no de corazón, porque como todos los pobretones sin dientes ni renta, bien supo hacer lo que mejor sabía, engañar como buen psicópata y pisar con los pies desnudos al más incauto, para subir peldaño a peldaño, pero no seamos amado lector tan duros con el Obispo, estudió también, teología para ser exactos. Poco a poco, no se sabe bien por qué ascendió como una urraca a los cielos de la diócesis, haciéndose con el cargo de Obispo. Las lenguas carnavaleras cuentan que una viuda muy rica le pagó buena renta para..., ya sabe..., querido lector...

 

En los burladeros no oficiales numeran unos cuantos hechos de que algún curilla celoso lo espiaba por las noches cuando a hurtadillas, en las sombras nocturnas la luna lo alumbró lo suficiente, para verlo entre los árboles embestir de manera furtiva a alguna joven incauta creyente de que el Obispo le daba la carne de Cristo.

 

Con múltiples hazañas y estratagemas, nuestro Obispo acabó en la misma diócesis que nuestra Maddy y sus compañeras huérfanas. Acudía al convento a menudo a dar confesión y amparo a las almas perdidas de las pobres niñas, y entre confesión y confesión subía las faldas de las más adelantadas en edad y de alguna monja también, ya puestos querido lector, voy a contaros una breve historia sobre aquel convento:

 

Hará más o menos cincuenta años, en aquel lúgubre convento unos albañiles reformaban el sótano del mismo. Hacía frío y la humedad calaba los huesos de los infortunados albañiles. Uno, el más joven arrimaba la pasta en la caldereta al más mayor, el maestro albañil recibía el cemento mezclado con arena y agua para poner la suficiente cantidad en el ladrillo para construir el murito que debían levantar. Repitiendo la misma labor pasaron varias horas, pasó el almuerzo, pasó la hora de la comida y a media tarde entre la comida y la salida del lúgubre lugar, el más joven, el peón, picaba y picaba con fuerza el muro de piedra con la martilla y al centenar de golpes algo vieron sus empequeñecidos ojos en la penumbra.

 

-Acércame el candil, corre dámelo-, dijo con premura el peón al maestro albañil.

 

-¿Qué ven mis ojos?-, se preguntó el maestro. Los dos se miraron, no necesitaron articular palabra alguna, acababan de ver con sus propios ojos lo que hacía tiempo se venía diciendo en las tabernas, -en el convento hay niños enterrados-, así de duro lo vieron, cráneos, fémures y todos los huesos que contiene un cuerpo de niño humano.

 

-Rápido, tapa eso, échale pasta, corre antes de que vengan las monjas y nos descubran-, dijo agitado el maestro al peón que quedó mudo y helado ante tal visión. Toda una vida de rezos, confesiones y creencias en unas personas a las que creía santas se vinieron abajo, cayó en la cuenta que esas personas eran tan humanas como él mismo. Y allí siguen los restos, después de décadas, siglos y años enterrados entre aquéllos muros. Bien podría ser que uno o varios de aquéllos huesos fueran de algún engendro de nuestro Obispo, solo Dios lo sabe si así fuera.

 

Alguna historia más corrió de boca en boca siendo el Obispo el protagonista de las mismas. Una cancioncilla corría de taberna en taberna, decía algo así:

 

Ahí va el Obispo, ahí va corriendo tras el incauto curilla

 

corre curilla, corre, no sea te pille el Obispo y te de candela.

 

Te echará perrerías a troche y moche por espía,

 

y el pobre corría porque había visto bajo la luna

 

como el Obispo le daba por detrás a su hermana Candela.

 

Perdone lector, mi memoria no ha estado acertada en estos versos. Así y asao el Obispo acertó en su carrera y ascendió al Olimpo de la Iglesia, llegando al lado de Maddy, la pobre huérfana. En la hora de dormir algunas compañeras hacían piña con velas y unas cartas para pasar el rato para hacerse las rebeldes, Maddy se unía de cuando en cuando junto a sus “hermanas”. Mientras una vigilaba por si la monja de guardia hacía acto de presencia, las otras jugaban a las cartas y contaban historias, como la del Obispo confesando a una de ellas, la besaba como un padre a su hija, y con la palabra de Dios en los labios la sobaba y la niña estaba quieta, no fuera que cayera en pecado mortal si decidía hablar o resistirse ante tal violación.

 

-Entre estos muros seréis preparadas para la vida que os espera fuera niñas-, decía la madre superiora a las zagalas. Y tanto, con un Obispo como ese, no iba a dejar ninguna virgen, bien preparadas estarían para lo que se avecinaba. ¿Acaso algún hombre respetable se casaría con una mujer impura?, solo les quedaba una cosa, huir a otro lugar y hacerse pasar por viudas o dejarse abrazar por el libertinaje y la prostitución, a eso las preparaban en aquéllas cuatro paredes.

 

Parece que la perversión y la depravación no eran suficientes en las manos del Obispo y las lenguas de las monjas que manipulaban a las pobres e ignorantes niñas. Porque el miedo al pecado, cualquier cosa, pensamiento o acción no regulado por ellas no era bastante represión, hubieron monjas, o por lo menos un par de ellas, que en el lugar del Obispo y en nombre de la Virgen María visitaban a las niñas, no a todas, solo a algunas para rezar con ellas un Ave María y de paso estudiar con ellas las labores amatorias entre féminas. De esta manera los placeres carnales no estaban estrictamente reservados al señor Obispo. Nuestra Maddy, no tuvo que soportar tales tocamientos dentro del convento a manos de tan impúdicas y embusteras manos femeninas, solo alguna indiscreción.

 

Madeleine cumplió catorce años y como regalo de cumpleaños tuvo su primera visita en su corta vida. Un caballero cuarentón fue a verla, ella creyó que el caballero era su padre, sonrió al ver al hombre ataviado con peluca rubia y sonrisa resplandeciente.

 

-Maddy, este caballero ha venido a verte, debes hablar con el-, le dijo la madre superiora.

 

Maddy obedeció y se sentó en el banco de la sala a escuchar lo que el desconocido había ido a contarle. Una vez solos, este caballero comenzó a relatar las numerosas tardes que fue a visitarla hasta ese día, Maddy al escuchar esto quiso hablar, pero el caballero la hizo callar de buenas maneras. En secreto la visitaba, la madre superiora estaba al tanto y también de las monedas de oro que donaba en pos de la institución eclesiástica. Durante dos años se preocupó de la educación de Maddy, de su cuidados, la veía jugar en el patio con las demás niñas cuando espiaba a  la que sería su segunda esposa.

 

-Ahora querida Maddy, debo esperar dos años más por lo menos-...

 

-¿Esperar señor?-, preguntó Madeleine extrañada por tanta espera.

 

-Si querida, esperar para ser mi esposa, porque nos casaremos, a partir de hoy sois mi prometida-. Maddy abrió tanto los ojos y la boca que el caballero se la cerró con la mano derecha sonriendo y besando a la estupefacta niña en la frente. Giró sobre sus talones y a los pocos pasos en tono teatral dio media vuelta y dijo: -hasta dentro de dos años amada mía- Maddy no reaccionó hasta que la madre superiora entró en la estancia y le habló del caballero, su prometido:

 

-El doctor Montparnasse es muy rico y se encaprichó de ti desde el día que te vio en el patio. Tienes mucha suerte de que un hombre de su posición haya puesto los ojos en ti-.

 

-Pero madre, es muy viejo-...

 

Ante estas palabras la mano más próxima a Maddy atizó con fuerza masculina su fino rostro.

 

-¡Así es como agradeces a tu benefactor, y a mi misma por criarte y permitirte vivir aquí con nosotras!-

 

Más palabras no hubieron, Madeleine aceptó su destino ligado al Doctor Montparnasse.

 

Con estas palabras, Madeleine aprendió que toda su vida estaba girando alrededor de la caridad cristiana y debía casarse con el Doctor para agradecer la caridad recibida durante su corta vida. ¿Y el amor?, ¡oh el amor!, un lujo reservado a los poderosos, sólo ellos lo pueden disfrutar.

 

Y fue a esta edad, a los catorce años cuando la inexperta Maddy comenzó a probar en sus carnes la verdadera perversión del ser humano.

 

Como todas las tardes calculaba los gastos e ingresos en la oficina del convento acompañada por una “madre”, la que vigilaba el dinero por si se le ocurría meter la mano en la bolsa. Esa tarde fue diferente, la hermana Rose entró en la estancia con el pretexto de que otra hermana requería de su presencia en la cocina, debía pagar al verdulero. Mientras Maddy hacía su trabajo, la hermana Rose se acercó por detrás a Maddy, posó sus manos en los hombros de la joven beldad, acercó su nariz al cabello ceniza de la joven, aspiró hondo cerrando los ojos y apretando las manos sobre los hombros vírgenes de Madeleine. Rozó el cabello con impúdicas intenciones, apartó con la nariz pecaminosa el cabello de la oreja de Maddy, y ésta extrañada por el comportamiento de la hermana Rose quiso levantarse, pero ésta forzó la huida de la joven obligándola a pertmanecer sentada, -sigue con tu trabajo niña-. Con la situación asquerosamente controlada siguió rozando con la punta de su nariz la oreja de Maddy, pero la otra hermana regresó liberando a nuestra protagonista de tan lascivo episodio. Duró bastante tiempo el desasosiego en el corazón de Maddy, aún tenía el susto de lo desconocido en su joven cuerpo, nada entendía de aquel comportamiento en contra de todo lo aprendido durante su vida. La contradicción se adueñó de ella y los comentarios de sus compañeras huérfanas fueron tomando forma en su mente ignorante sobre la verdadera vida.

 

Maddy aceptó este episodio con dignidad porque una cosa es ser huérfana y otra no tener dignidad, una virtud que la acompañaba siempre en el convento. A nuestra protagonista le preocupaba el casamiento con el Doctor Montparnasse, se consideraba una joven virtuosa y hasta el día de su boda fue consciente de su virtud, nunca imaginó que tendría que entregársela a un hombre del cual no estaba enamorada, pero aceptó su destino, ¿qué otra cosa podía hacer? Quizá, fuera de los muros del convento habría tenido alternativa, escapar con un apuesto joven y marchar a las Américas en un barco mercante como polizones o dejarse preñar por algún aspirante a una gran herencia, pero allí, en el lugar sagrado donde creció no tuvo otra posibilidad que obedecer. Entre las primeras oraciones de la mañana y las últimas de la noche al pie de su cama, Maddy miraba el crucifijo de la pared mientras rezaba y pensaba en el día a día con su futuro marido. Había oído historias de esposos y esposas en las que la vida conyugal no era, digamos amena y uno u otro tenía amante, y este pensamiento la obligaba a satisfacer su curiosidad por sus propios medios, ¿pero cómo?

 

-¿Cómo será entregarse a un hombre?, preguntó Madeleine a su “hermana” Juliette.

 

-¡Maddy!, que preguntas haces. No lo sé, pero tú..., lo sabrás pronto-

 

-Lo sé, pero no quisiera defraudar a tan honorable caballero, mi benefactor y en un año mi fiel esposo-.

 

Este tormentoso pensamiento la azotaba día y noche, por cualquier medio debía aprender a contentar a su futuro marido en todos los ámbitos del matrimonio, porque uno de los discursos monjiles en todos los años que llevaba en el convento era el de saber comportarse como una mujer virtuosa en el matrimonio, y para Maddy satisfacer al esposo en la cama era una virtud.

 

Una mañana por casualidad coincidió con la mujer del carnicero, fue a llevar el pedido de carne al convento porque su marido estaba indispuesto. Esta mujer tenía unos treinta años, había sido una mujer atractiva, pero el trabajo duro le había demacrado el rostro y las manos, rojas y maltratadas por la carne, la sangre y la vida de madre y esposa. Aprovechando que la carnicera estaba sola en la cocina, Maddy entró en conversación.

 

-Buenos días señora. ¿Cómo está?-, preguntó entrando en la cocina con calma haciendo alarde de su educación.

 

-Buenos días, bien, gracias-.

 

-Hace un día espléndido, lástima que lo desaproveche aquí-.

 

-No digas eso niña, las monjas te dan un techo y comida, aparte de educación-, dijo la carnicera en forma de reprimenda. El agradecimiento debía llevarlo Madeleine mientras estuviera allí.

 

-El año que viene me casaré con un doctor, señora-, dijo Maddy para entrar en el tema que la había llevado a la cocina.

 

-Enhorabuena, serás una esposa muy dichosa-.

 

-Si, lo seré y él también, tendremos muchos hijos, eso quiero, hacerlo feliz-, decía Madeleine sin apartar la vista del suelo, sentía mucha vergüenza por lo que pensaba decir de un momento a otro.

 

-Que así sea niña-.

 

-¿Le puedo hacer una pregunta?..., aunque me da mucha vergüenza hacerla, no la conozco y no quiero que piense que soy, ya sabe..., una adelantada-

 

-Pregunta hija, pero ten cuidado con esa lengua-...

 

-Mire, yo la veo a usted ahora mismo como una hermana mayor, lo digo por su experiencia en el matrimonio...-, la cabeza gacha y el leve tartamudeo junto al jugueteo de dedos en su cabello delataron a Maddy.

 

-Ven, siéntate a mi lado. ¿Cómo te llamas?-.

 

-Madeleine señora, pero todas me llaman Maddy-

 

-No me llames señora, Maddy, me llamo Carlota. Sientes miedo por la noche de bodas, ¿verdad?-, preguntó tomando la mano de Madeleine y mirándola con una ternura que hizo llorar a la casadera. Debe saber querido lector, que ni Maddy ni ninguna de las huérfanas de aquel sombrío lugar tuvieron nunca amor por parte de las brujas de hábitos negros y blancos, ni cuando obedecían ni cuando hacían lo contrario, así que este comportamiento abrió las carnes de Maddy como si fuera un capullo iluminado por el sol mañanero en primavera.

 

-La noche de bodas Maddy es especial porque es la primera noche con el esposo, ese hombre al que hemos amado durante el noviazgo, pero es en esa noche cuando nos abrimos a él por primera vez. Es mayor, ¿cierto?-.

 

-Si lo es, es viudo creo, pero no lo conozco y creo que no tendremos noviazgo, vendrá a por mi y nos casaremos, según me ha contado la madre superiora-.

 

-Un hombre con experiencia es lo mejor hija. El sabrá guiarte y enseñarte a gozar con él. Creo que un noviazgo acerca al hombre y a la mujer y sobre todo nace el amor, y si no es así, algo de cariño surgirá después con el tiempo-.

 

-Las monjas no dicen eso, aquí nos enseñan que el goce carnal es pecado. Carlota tengo miedo, ¿entiende?-

 

-Qué sabrán ellas, son monjas, mujeres insatisfechas, no hagas caso de lo que te digan. El matrimonio es la plenitud del amor en besos, caricias, fluidos, tocamientos en partes que nunca has tocado, eso es el amor en el matrimonio Maddy-. La ternura en la mirada de Carlota hizo que Maddy relajara los músculos y confiara aún más en la carnicera, un abrazo las fundió, -tranquila hija, seguro que es un buen hombre-.

 

-Pero, ¿y si él no sabe amar?-.

 

-No negaré que hay muchos hombres torpes en las artes amatorias, no es mi caso por suerte, para mí-. Las risas y el pudor entraron a escena y las dudas, oh Maddy pobre niña.

 

-¿Me enseñará a amar?, por lo menos a saber como comportarme, no soportaría que me rechazara por eso-.

 

-Eres una niña lista Maddy, me gustaría enseñarte, pero, ¿cómo?-.

 

-He oído que no sabe cálculo, podría enseñarle cálculo a cambio de enseñarme-.

 

-Acepto, una vez por semana vendré, así no levantaremos sospechas-.

 

-Gracias Carlota, ahora debo irme-, marchó abrazando y besando en la mejilla a la carnicera, la nueva amiga de Maddy.

 

Una tarde de viernes Maddy estaba rezando arrodillada frente al altar de la capilla del convento, allí mirando fijamente a la Virgen María suplicaba a la Madre de Jesús que la ayudara a aprender a amar a su futuro marido, no deseaba ser carne de cuernos e infelicidad. Mientras Maddy oraba, nuestro “célibe” Obispo entraba en la capilla con sus andares de clérigo humilde, de todo menos humilde fue este corrupto Obispo. Allí vio arrodillada a Madeleine y fue acercándose a ella hasta sentarse a su lado en el banco delante de la Madre de Jesucristo. La miraba, escudriñaba las ondulaciones del cabello, el perfil de Maddy era maravillosamente bello, oh mi beldad, mi amor, una belleza griega en la vista de aquel horrible y pecaminoso clérigo, hijo de Belcebú. Maddy muy angustiada soltó a su pesar unas lágrimas, y he aquí que el señor Obispo encontró su gran oportunidad.

 

-Hija, ¿por qué lloras?-, preguntó el Obispo.

 

-Soy infeliz Excelencia. No tengo enseñanza alguna en el tratamiento con hombres, no conozco a mi prometido, ¿comprende?-, confesó la ingenua Maddy al propio diablo vestido de Santo Padre, bueno, casi santo.

 

-Ven hija, siéntate en mi regazo y te explicaré como comprender a un hombre como el Doctor, aquí sobre mis piernas-, la mirada lasciva del pícaro clérigo no fue descifrada por Madeleine quien cayó en la trampa y sentó sus nalgas en las rodillas del Obispo.

 

-Un caballero como el Doctor Montparnasse es refinado, culto, un hombre temeroso de Dios, y por estas razones no debes temer. Es un buen cristiano y un gran benefactor de este lugar sagrado. Nada debes aprender antes, tu virtud es lo más importante, solo el debe hacerte mujer y abrirte como un capullo, donde su miembro viril hará sangrar tu interior la primera vez, ¿entiendes hija?-.

 

Maddy asintió mirando al suelo, no tenía valor para mirar al Obispo a los ojos, para ella era como Dios, el único representante del Altísimo en los muros del convento. Al terminar de pronunciar estas palabras sus manos se posaron en las rodillas de Maddy, solo el vestido de huérfana llevaba puesto y el gorrito blanco que la hacía mucho más niña y apetecible para el Obispo. Maddy descubrió las intenciones del clérigo, de pronto recordó las historias de sus compañeras mientras velaban el insomnio. Al intentar zafarse de las garras del lobo, éste la agarró con fuerza, en nombre de Dios le ordenaba que cediera a los impulsos de la Doctrina, porque Dios le decía que debía dejarse ultrajar por tan miserable ser.

 

-¡No te resistas Harpía, el ave debe ceder en nombre de Dios, mis manos expulsarán al diablo hija mía!-, imploraba el Obispo y por un momento Maddy cedió en la lucha, demasiado joven e inexperta, y el clérigo muy fuerte para ella, las huérfanas bebían leche con sopas de pan y él buenos filetes de venado cazado por sus sirvientes. Los jadeos por la batalla atisbaban sudor en la frente de la niña y el Obispo resollaba cual toro en una corrida sevillana, ojalá Maddy hubiera tenido un estoque para destripar y dar buena cuenta de los hígados del cabrón en un sacrificio pagano. La miró durante un instante y en nombre de las sagradas escrituras levantó las faldas de Madeleine, la desdichada lo miraba, hasta que cerró los ojos por vergüenza o quizá por miedo.

 

En su pensamiento estaba el joven imaginario que en sus fantasías la desvirgaba, un Aquiles soñaba. ¡Un Sansón! Me llevará en volandas al lecho donde me hará suya. Mientras tanto la mano del Obispo separaba los candorosos y blancos muslos de la niña llegando al rosado capullo con astucia y elegancia, no reprochemos al Obispo su sabiduría en el arte de hacer gozar a una mujer. Acariciaba la vulva envuelta en las enormes enaguas y bragas, la besó en los labios hasta que Maddy abrió los ojos y empujó al gordo clérigo y huyó, corrió con todas sus fuerzas como alma que lleva el diablo.

 

La niña Maddy lloró y cayó en la cuenta de las historias que contaban sus compañeras de desdicha. Por primera vez sufrió el desencanto de un hombre, un hombre al que creía Dios, y resultó ser tan terriblemente pecador como cualquier otro. “Ojalá mi esposo no me decepcione nunca”, pobre niña ignorante.

¡Deje su comentario!
Normas de Participación
Esta es la opinión de los lectores, no la nuestra.
Nos reservamos el derecho a eliminar los comentarios inapropiados.
La participación implica que ha leído y acepta las Normas de Participación y Política de Privacidad
VegaMediaPress • Términos de usoPolítica de PrivacidadMapa del sitio
© 2019 • Todos los derechos reservados
Powered by FolioePress