Decía Jurgen Habermas que la distorsión de la comunicación impedía a la sociedad romper los barrotes de la dominación. El control del discurso por parte de las élites corporativas era, según él, el mecanismo necesario para legitimar los estratos de la desigualdad. A través de los medios, decía el pensador, las infraestructuras hallaban en la tribuna el medio para fabricar el producto al gusto de su patrón. El argumento de autoridad encorsetado desde arriba era el veneno necesario para mantener los engranajes de una maquinaria llamada capitalismo. En días como hoy, la teoría de la comunicación de los críticos de Frankfurt sigue vigente en la crisis periodística del presente. Sigue leyendo