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Francisco José Motos.
Martes, 6 de septiembre de 2016

El sexo y el seso

[Img #13485]Cuantos sufrimientos innecesarios se producen por confundir ambos términos. Que si desde el punto de vista de morfología se asemejan tanto, en lo que se refiere a significado están en las antípodas. Y si no que se lo digan a tantos participantes de varios de los ‘reality shows’ que nos abochornan a lo largo y ancho de nuestro repetitivo panorama televisivo.

Tanto es así que el encargado de selección de los participantes, según indica la sabiduría popular, comprueba de manera exhaustiva que los que vayan a ingresar en tales engendros catódicos no sean capaces de conectar adecuadamente más que un pequeño número de neuronas, de los varios millones que poseemos, que están únicamente relacionadas con el cerebro más primitivo que no sabe más que de impulsos primarios. Vamos el puro reptil antes de su larga y trabajada evolución.

Pero esto no sería de mayor importancia, siempre ha habido quien renuncia al propio desarrollo humano para acabar acariciando a la bestia que todos llevamos dentro. Si no fuera porque esa forma de ser, más bien de no ser, pero sí de estar, lleva consigo el que ejerzan de escaparate para las nuevas generaciones. Y mal dadas vendrán si al final acaba imponiéndose dicha forma primigenia de ver el mundo, y se confunde el culo con las témporas, y como proyección se acaba pensando que todo el monte es orégano.

¡Qué no, qué no, que el mayor órgano sexual como todo el mundo sabe es el cerebro!

Y no es que lo cuerpos no puedan ser gloriosos, que en algunos caso lo son. Pero nunca será lo mismo si interviene la sofisticación que da el placer compartido, cómplice y de calidad.

Además, si alguien tiene duda de tal afirmación, bastaría con darse cuenta que los grandes amantes de la historia que han sido tenían una refinada forma de establecer relaciones, lo que marcaba una diferencia con el resto. Tenían muy claro que el sexo con seso era el camino para la satisfacción plena en estas lides tan placenteras.

Así que sugiero que a esos participantes anteriormente mencionados, y a sus seguidores a ultranza se les recomiende ver al menos diez veces la película Dangerous Liaisons (amistades peligrosas) en su versión de 1988 dirigida Stephen Frears. Y después hablamos.

Francisco José Motos

Escritor

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