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José Cantabella.
Sábado, 22 de octubre de 2016
los antiartículos de José Cantabella

Todo está bien en Alepo

[Img #13746]Hacerle una foto a Aylan no hubiera servido para nada cuando pasaba yo esta mañana por la puerta del colegio que está al lado de mi casa, todo estaba en su gesto, un adolescente recostado contra una pared de piedra, a la intemperie y soledad de la mañana; para fotografías e imágenes ya tenemos suficientes con las de los periódicos, las televisiones, las redes sociales, que también nos bombardean... Ahora parece que tendemos a hacer fotografías de todo, pero para qué, una más, pero tristemente es la primera reacción de un occidental.

 

Un niño con un gesto de debilidad tomándose el pulso, las constantes vitales, que dicen los preceptos médicos, es lo que vi esta mañana al volver a casa después de una mañana 'complicada' cuando regresaba de resolver algunos asuntos, esa otra guerra cotidiana que llevamos en occidente, en realidad, nada que ver con Alepo. Ha sido una de las imágenes más crudas a las que he asistido en los últimos tiempos, ese niño de no más de diez años que he mirado fugazmente mientras pasaba a su lado. Ni si quiera me he detenido en primera instancia, yo sabía que él no estaba bien, estaba solo, en la más profunda soledad, arrinconado, pensativo, cabizbajo, triste. Por eso he vuelto, desandando lentamente lo caminado, me he acercado, y ya junto a él en la puerta del colegio he intentado preguntarle lo que le ocurría, el niño no me miraba en ningún momento, yo mirando a un niño, un niño árabe que está recostado en la puerta de un Colegio Público de la bella y olvidada ciudad de Recuerdo a las doce y veinte de la mañana, paralizado, hasta que finalmente algo más repuesto le he preguntado por lo qué le estaba pasando, y con voz de ultratumba me contesta que tiene miedo porque en su país están sufriendo mucho, algo que no puedo creer en alguien de su edad, un niño en la puerta de un colegio de una mañana corriente también es Alepo.

 

[Img #13748]Al poco rato le he sacado alguna palabra como que estaba enfermo de los nervios o no sabía de qué, por la situación que vive su padre y hermana en su querida ciudad bombardeada de Siria, él y su madre llevan aquí ya casi dos años, en Occidente, donde ya todo se ve como una sangría más, otro holocausto sumado a la cuenta de genocidios permitidos por la Humanidad, pero donde nadie puede hacer nada, solo resta ver los informativos con sus imágenes terribles mientras degustamos un buen arroz y pollo con verduras, al rato, insensibles nos recostamos en nuestra cómoda cama a echar la siesta, después de lavarnos los dientes. Terrible, me digo ya en mi casa, increíble la situación de este niño árabe que sufre por su padre y hermana y por su país, sufre porque es un niño sensible como todos los niños, los de aquí o de allá; la infancia es una patria intocable; sin embargo no he sido capaz de mirarlo a la cara y cuando me ha dicho su nombre Aylan, avergonzado, cómplice de la barbarie, ha sonado en mi interior como una bomba, como un misil destruyendo mi insensibilidad y la de Occidente, como esos bombardeos terribles que sufre Alepo a todas horas, a no ser que cuatro hijos de puta, pacten otro alto el fuego para reponer armamento.

 

- No te preocupes, Aylan - apenas he atinado a decirle.

- Sufro por mi familia en Alepo, por mi padre y mi hermana que aún siguen allí - me ha contestado.

 

Qué hacer me pregunto, más bien me gustaría preguntarle a los dirigentes políticos de mi país, a los gobernantes de Europa, a los miembros de la ONU, a la Liga de estados Árabes, al Observatorio Sirio de Derechos humanos y todas esas instituciones que no saben o no quieren parar este genocidio de principios del Siglo XXI, donde a diario mueren militares, civiles, niños, mayores, qué desastre, deduzco, aborto, mientras intento deglutir el arroz y pollo con verduras de la Tierra, que se atraviesan en mi esófago, yo también podría morir ahora, comiendo tranquilamente en una ciudad de Europa, mientras devoro los alimentos.

 

A duras penas he atinado a llamar al timbre del colegio, enseguida ha salido el director en persona, y se ha tomado un gran interés por él, lo ha tomado cariñosamente de su mano y se han perdido por un largo corredor mientras yo miraba las siluetas en la lejanía, y esa imagen de lejanía, pensaba ahora, es la misma con la que vemos los informativos en televisión, la misma, sin duda.

 

Un niño sufriendo a miles de kilómetros de su país, de parte de su familia, de su ciudad, de Alepo, con los pequeños y débiles dedos de su mano derecha tomándose el pulso en la zona radial de su muñeca izquierda, esa es la imagen para mí de Alepo, sin duda, la imagen del sufrimiento terrible que debe de estar soportando una ciudad como puede ser la mía, a diferencia que esa ciudad está arrasada por los bombardeos de fieles e infieles, de americanos y rusos que apoyan a los diferentes bandos, una ciudad, la de Yerin donde vive su padre y su hermana...

 

Mientras termino este Antiartículo leo otra nueva noticia, ridícula e infame como las últimas, que Alepo respira con un día sin disparos y bombardeos de artillería, para una 'pausa humanitaria'; lo terrible de esa noticia es la imagen que acompaña, una pintada en una secuencia de edificios derruidos por la guerra que reza: 'Todo está bien' de nuevo el arte para poner las cosas en su sitio, para ver la realidad de una ciudad, de un país arrasado por la barbarie, y en donde deben de deambular la hermana y el padre de Aylan.

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