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José Cantabella.
Martes, 14 de febrero de 2017

Los buenos amigos

A Ellos, los elegidos

 

[Img #14237]Escribo sin dramas ni aspavientos que no hay mejor patrimonio, exceptuando a la familia, que los amigos. Estoy convencido de que serán muchas las personas que así lo piensen y por supuesto también las habrá (demasiadas) que no lo crean, que no piensen de este modo y afirmen que el mejor patrimonio consiste en tener, tener y tener el oro, y su mejor filosofía en la vida se resume en el amor por don dinero, sus alrededores y envoltorios, el oro que siempre es capaz de ofrecer a sus más avezados discípulos una casa en la urbanización más importante de su pueblo o ciudad, disponer del mejor coche del mercado, la mejor editorial literaria del mundo, un gran yate anclado en el embarcadero del Puerto Tomás Maestre, una mansión colonial en Miami, un carné en el más famoso club deportivo de la de la bella y olvidada ciudad de Recuerdo, la más grande de las cuentas bancarias del lugar, un amiguete como Donald Trump... Todo esto en definitiva sólo sirve para mejorar de algún modo la autoestima de esos discípulos y favorecedores de la avaricia, el interés y el afán por poseer, poseer y poseer dinero.

 

En los tiempos convulsos que corren, en un siglo que avanza pleno de catástrofes naturales y otras que bien se las procura el ser humano (Niza, Berlín, Estambul...), las guerras que asolan los países de medio planeta, el hambre del tercer mundo, los sin techo, los marginados inmigrantes y otras muchas penurias sociales, los políticos corruptos, etcétera, todavía soy más consciente de que no hay mejor patrimonio que los buenos amigos y bien podría decir sin ningún pudor que se pueden contar con los dedos de las dos manos a las personas que considero mis amigos verdaderos, pero he de decir también que esos que son mis amigos, son de verdad. Los amigos deben de estar ahí en los momentos en que las personas se necesitan, sin ningún interés, deben de estar presentes en las situaciones extremas a las que a veces nos vemos avocados, los grandes amigos están en esos precisos instantes para darte un fuerte apretón de manos, una llamada telefónica, un abrazo en un momento difícil, unas emotivas palabras que casi todo lo remedian, entonces, ese pequeño grupo de amigos de verdad, están ahí, aunque también están o deben de estar para momentos de alegría, para compartir la felicidad, la vida, los libros, los viajes, las pasiones...

 

A lo largo de mi vida, no he tenido muchos amigos, lo reconozco, pero han sido más que suficientes, insisto; algunos se han quedado en el camino por diferentes vicisitudes, pero cuando uno va llegando a cierta edad, sabe quienes son los de verdad, los que se han pegado por interés a tu vida, los que estaban y después no estuvieron, los que estuvieron y luego son de verdad, los que, cómo no podía sospechar que aquellos que parecían tan de verdad, eran mentira.

 

Los buenos amigos no hay ni tan siquiera que ponerlos a prueba, porque como decía anteriormente ellos se acercan, te cogen de la mano o te manifiestan con todo el cariño del mundo un “te necesitamos para seguir viviendo”. Esta última frase que parece muy literaria, yo diría que poética, ha marcado mi baremo para conocer ciertamente si esa amiga o amigo es así, sinceros, aquella frase es para mí todo un tratado de la amistad, porque en definitiva los amigos son los que se necesitan para seguir viviendo y yo no puedo seguir viviendo, exceptuando a la familia como ya dije que siempre están ahí, si no tengo a los amigos cerca. Esta no es una declaración gratuita, ni estoy conmovido ahora por fechas navideñas, fiestas de ocasión o poses literarias, claramente afirmo que no sé vivir sin ellos, los necesito, por tanto quiero dedicar estas palabras, este Antiartículo, a mis amigos, a los que no nombraré, porque ellos y yo sabemos que no hace falta nombrarnos, tan sólo cuando llegue el momento, ese difícil, terrible o alegre y feliz momento, nos acercaremos, nos daremos un fuerte y cariñoso apretón de manos, nos dedicaremos unas emotivas palabras o una simple llamada de teléfono para saber y comprobar una vez más que estamos ahí, que nos necesitamos para seguir viviendo.

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