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Pedro López Martínez.
Martes, 14 de febrero de 2017

¡Ah, el amor, el amor...!

[Img #14239]En un día como hoy -de los enamorados, dicen-, ¿cómo no reservar unas palabras para describir el tumultuoso río de sufrimientos y desgracias que, cual necesario anverso en la moneda de la vida, fluye y se mezcla en las mismas aguas de la más prestigiada de nuestras pasiones? Juro que no tengo vocación de aguafiestas; si acaso, es cierto, a menudo me tienta la modesta aventura que supone escudriñar bajo la superficie lisa de los lugares comunes para denunciar su indolencia de siglos, y para que, así mismo, de paso, mi pensamiento emerja de su letargo y recupere los dones de su antiguo albedrío.

 

Cuando se nombra al amor y la humanidad entera se arrodilla a sus pies, nadie parece acordarse de que ese mismo amor está en el origen de las mayores tragedias íntimas y cotidianas -esas tragedias que luego la literatura exprime y mitifica, y que el cine industrializa con beneficios millonarios-, las que nacen de los celos o de la infidelidad o de la ausencia o de las convenciones; o del simple amor no correspondido, que, me atrevo a inferir, estadísticamente ha de ser la versión más habitual de lo que llamamos amor.

 

Jamás he sufrido tanto como a esa edad terrible -he escrito terrible, y terrible volvería a escribir si mil veces tuviese que calificar esa edad- en que el corazón se salía del pecho por una muchacha sucesiva cuya belleza incomparable, empero huidiza y esquiva, casi siempre estuvo demasiado alta para mí, nunca al alcance del adolescente tímido que la espiaba con un pudor ancestral y que no sabía cómo abordarla, con qué palabras; aquel que si alguna vez se permitió alguna audacia robada a una escena de película fue para arrepentirse inmediatamente de su inepcia, ya a solas, en los camerinos del ridículo.

 

Mis lecturas de aquella época, intensas y terapéuticas, henchidas de gratitud -el joven Werther, la infortunada Ana Ozores en La Regenta, el viejo Aschenbach que transita por La muerte en Venecia-, permanecen indelebles en la memoria del hombre que soy hoy, como si a través de ellas recobrara conciencia de mi desvalimiento, del sinvivir suicida de aquel muchacho desprovisto de brújula que se hacía el encontradizo en los callejones de la desdicha.
Y entonces, muy pronto, me crucé con la Poesía. Y la Poesía me salvó la vida, me la ha salvado varias veces aunque parezca una lírica exageración.

 

Cuando empecé este mal llamado artículo, en un día como hoy, no imaginé que acabaría con una confesión tan grave.

 

¡Ah el amor, el amor…!

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