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Jesús Romero Rodríguez.
Lunes, 24 de abril de 2017
armenia press

24 de abril, triste aniversario del genocidio armenio perpetrado por los turcos: un millón y medio de personas asesinadas

[Img #14609]El sol de aquella tarde de invierno, reflejaba sus rayos, por entre las piedras doradas de la ciudad vieja amurallada, en la estrechura de sus calles.

 

La mañana había sido completa , emotiva y arriesgada. Entraba en mi agenda de aquel día bajar hasta Belén y Hebrón. La situación era complicada, disturbios sociales tensaban la atmósfera fría de ese enero de 1990.

 

En mi pensamiento el recuerdo constante e insistente de mi mujer e hija de 2 año, estaban en Girona-España esperando mi breve ausencia.

 

Conocía los elementos más fundamentales de Jerusalem, su historia, su contexto en las diversas culturas y religiones que la habían consagrado como la ciudad de paz, si bien manchada de guerras interminables.

 

Bajar hasta Belén no significó problema alguno, si bien Hebrón planteaba unas dificultades añadidas para un europeo, cámara en mano y viajando solo donde en aquellos semanas estaba considerada una zona militar cerrada.

 

Ya había visitado los lugares más singulares que reclamaban mi atención, aún así se me hacía adictivamente atractivo pasear una y otra vez por los cuatro barrios (judío, armenio, cristiano y musulmán) que configuraban la estructura amurallada. Desde la Plaza de Zion, donde me hospedaba, podía organizarme caminando a pie, salvo alguna excepción, en bus hasta Yad Vashem, o en las mencionadas Belén (cuna del Mesías Redentor) y Hebrón donde reposan los restos de los patriarcas.

 

Recordaba en cada imagen, sea arqueológica o paisajista, todos los itinerarios que ya tenía asumidos en mi mente y en mis sentimientos, como resultado de años investigando los pormenores de la acertadamente llamada Tierra Santa.

 

Hablamos del día 10 de enero, cumplía 30 años dando forma y vida a la culminación de mi promesa de celebrar mis tres decenios en Jerusalem.

 

Ciertamente Hebrón fue un foco de tensión, ya que me habían recomendado que no bajara hasta esta milenaria ciudad que vivía momentos hostiles, aún latentes de la segunda intifada. Sin embargo, en la vida, a pesar de que todo lleva consigo una consecuencia, cuando se pierde el miedo, se es capaz de reclamar incluso frente a las puertas de los infiernos. Nada grave, una detención al bajar del bus árabe desde Belén, fue él único medio de transporte para alcanzar el objetivo, un pequeño interrogatorio, devolución instantánea del pasaporte y al retirarse la patrulla militar, unos cuantos disparos al aire con sus fusiles automáticos, supongo que para impresionar más que para intimidar. Les dije que era mi aniversario y que estaba cumpliendo una promesa, con la confianza de quien les conoce desde toda la vida, y tal vez por eso me dejaron seguir tranquilo.

 

Mi concepto universal de tolerancia me había enseñado que todos y cada uno es poseedor de sus razones, y que estén o no en la verdad, ésta solo puede entenderse a través del amor en mayúsculas, como la expresión de la realidad más absoluta.

 

Al subir a Jerusalem, al inicio de la tarde, tras realizar unas gestiones y unos encargos en el consulado español, y puesto que en el mercado de Hebrón había comprado y comido unas naranjas y unas rosquillas tradicionales, ya solo me apetecía volver a la calma, como si alguien me llamara, lo cual representaba pasear por entre los muros y torres de la ciudad que con todo mi corazón, conmovido y convencido, amo.

 

El día anteior ya había presenciado en la iglesia armenia de S.James, de modo casual, a un rito litúrgico coincidiendo con la epifanía armenia.

 

Era esa tarde soleada de invierno, mi cumpleaños, con las emociones alteradas por la presión de la mañana, paseando por entre esas piedras que inevitablemente hablan, si es que en verdad queremos escucharlas, me llamó la atención pasar por delante del Museo armenio Edward y Helen Madigian. Quise entrar, sin excesiva curiosidad. A mi salida era consciente de saberme descubridor, no de un misterio ni de un innovador invento, sino de una verdad, de una realidad, de un clamor que traspasa las franjas de las nubes, unos hechos que habían sido mal intencionadamente ocultados y menospreciados a la opinión pública internacional en los anales que se escriben en la historia para advertir y evitar que la crueldad más encarnizada del ser humano se vuelva a repetir. Un genocidio acaecido en el transcurso de la primera guerra mundial, contra un pueblo pacífico e inocente, que tuvo la desgracia geográfica de estar entre la pinza de dos imperios, ruso y turco, en guerra. Si bien, había algo más que un hecho aparentemente circunstancial, puesto que el pueblo armenio ya había sufrido por parte del imperio turco, manifestaciones flagrantes, ya desde el último tercio del siglo XIX, de persecuciones y eliminaciones étnicas selectivas, lo cual ponía de manifiesto la previa intencionalidad de una masacre que se perpetró y culminó posteriormente cuando 1.500.000 hombres, mujeres y niños fueron salvajemente asesinados.

 

Han transcurrido, al día de hoy, 26 años desde mi fatal descubrimiento. Si bien han sucedido o transcurrido 101 años desde que el gobierno turco no solo no ha perdido perdón, por concordia a la conciencia de la humanidad, sino que no ha reconocido que es el responsable máximo de aún a día de que aún hoy podamos escuchar con nítida claridad, aquellos gritos de súplica, dolor, amargura, desesperación e impotencia, que yo mismo oí en lo más profundo de mi alma en aquel feliz y a la vez contradictoriamente triste día de enero de 1990.

 

Volver a la comodidad de mi hogar y de mi cotidianidad, no evitó saber que había contraido una deuda de justicia con la verdad.

 

No voy a narrar ni precisar todo aquello que pude ver estremecido, fielmente documentado, en aquel museo del barrio armenio, ni siquiera a tanta documentación histórica contrastada que también he podido consultar e investigar posteriormente. Pero invito a que lo descubras por ti mismo y por ti misma, sea quien sea que lea estas letras, para llegar a tus propias conclusiones y al compromiso personal con la historia y la justicia.

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