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Jesús de Las Heras.
Viernes, 5 de mayo de 2017
unos pensamientos de Jesús de las Heras

De Suárez a Iglesias, o por qué España me duele

[Img #14687]En 1975 murió el Dictador. Dos años después los partidos del régimen y los hasta entonces clandestinos acordaron superar las heridas de la Guerra Cvil y partir de cero en aras de una convivencia que iba a ser el marco de una democracia que nunca habíamos conocido. En 1978 se aprobó en referéndum la más nueva de nuestras constituciones, la Constitución Española, la Ley de Leyes a las que todas las demás se tendrían que supeditar en el futuro.

 

Reconozco que la leí con ilusión y le encontré solamente virtudes, aunque ahora me doy cuenta de que entonces yo era un ignorante casi absoluto en cuestiones políticas, como casi todo el mundo en mi país en aquella época.

 

Comparado con lo que había hasta entonces, el Fuero de los Españoles el Fuero del Trabajo, esta era sin duda un avance enorme. Con gusto vimos que se reconocían los partidos políticos, y así se constituyeron más de cien. Sabíamos que después de las elecciones muchos serían barridos como la hojarasca que los árboles ya no querían, y quedarían unos pocos que respondieran a lo que la gente deseaba de verdad, y así ocurrió: AP, PSOE, PCE, pero sobre todo UCD, la Unión de Centro Democrático, el partido de Adolfo Suárez González. Sin embargo fue una sorpresa desagradable que desapareciera en aquella marejada Izquierda Democrática, el partido de la Democracia Cristiana, tan potente en Italia y que sin embargo en España halló tan poco eco…, un tanto en contra del tan cacareado Nacional Catolicismo. ¿Qué habría pasado de haber ganado aquel partido las elecciones? Seguramente nuestra historia habría sido muy diferente, y la mía en particular también, pues es el único partido al que me he afiliado en toda mi vida. En aquel entonces yo era muy de izquierdas (herencia de mi padre) y muy cristiano (herencia de mi madre). Pero la cruda realidad nos desencantó a muchos españoles sobre el resto de nosotros, y aunque casi todos mis compañeros se afiliaron luego al PSOE, o a la Alianza Popular liderada por un ministro de Franco, Fraga Iribarne, una vez que desapareció DC, el partido creado por el ministro más progresista de todos los que tuvo el General Franco, el único que fue cesado fulminantemente sin paga de exministro por haber querido democratizar la universidad desde su cargo de Ministro de Educación, una vez desaparecido nuestro partido por completo («a la Democracia Cristiana no le votó ni Dios», dijo un humorista entonces), yo, como muchos otros camaradas, me retiré de la arena política para ver los toros desde la barrera.

 

Recuerdo que cuanto todo esto empezó se hablaba de consenso y convivencia: se firmó un acuerdo para enterrar la Guerra Civil para siempre, desterrando todo tipo de revanchismo y victimismo para poder construir una España mejor. Pero lo que tenemos «a día de hoy», como diría Pedro Sánchez, es la exhumación del hacha de guerra, al menos desde hace unos años. ¿Cómo ha sido eso posible?

 

El malestar social ha sido grande, pero no súbito: los partidos políticos no supieron maniobrar correctamente cuando no tuvieron mayoría absoluta, y en lugar de haber llegado a un acuerdo los dos partidos nacionales, PSOE y PP, desde 1996 optaron por entenderse con los nacionalistas, cuya máxima aspiración es romper España, la casa de todos. Eso ha hecho que la convivencia se haya ido deteriorando poco a poco hasta que se ha evidenciado que el consenso ha dejado de existir en favor de la acritud, que cada vez es mayor y más desagradable. Eso lo hemos visto con ocasión de la muerte de la ex-alcaldesa de Valencia, Rita Barberá, criticada por muchos y culpabilizada por otros por una serie de delitos que ya nunca van a ser esclarecidos y de los que según la ley vigente, por lo tanto, es inocente, ya que no se demostró su culpabilidad, ni se va a demostrar, opiniones arriesgadas aparte.

 

Muchos creímos durante décadas que los políticos se preocupaban de los problemas de los ciudadanos, pero vemos que no, que les interesa tener un buen sueldo, el poder, e imponer su ideología desde su situación de privilegio. Se creen que cuando el pueblo les vota a ellos, elige adoptar la ideología de ellos. Por eso es por lo que cada vez que gana las elecciones un partido diferente, cambia la Ley de Educación. El peor gobierno de nuestra historia reciente, y puede que de toda la historia de España si no se tiene en cuenta al funesto Fernando VII, se dedicó a ideologizar directamente a nuestros escolares con su «Educación para la ciudadanía», como si toda la educación, en cada una de sus asignaturas y temas tuviera otro objetivo diferente. Pero se trataba de ideologizar a los más jóvenes con sus consignas supuestamente progresistas, como ya hiciera el viejo Dictador con aquella otra asignatura que padecimos algunos, llamada Formación del Espíritu Nacional. Sin embargo, tanto uno como el otro, el Dictador y el Presidente Zapatero, se equivocaron de medio a medio: los españoles no necesitamos ideología, sino educación. Cada cual tenga sus ideas, y a eso se le llama libertad de conciencia y de pensamiento, pero todos necesitamos tener una idea real del mundo en que vivimos, y que nos doten de las herramientas adecuadas para comprenderlo e interactuar con él, y no pretender cambiarlo porque no nos gusta, y cuando vemos que no podemos, pretender que no es como es, negando la evidencia. hasta que la realidad se nos viene encima como un toro airado y nos embiste con los pitones del paro y la pobreza, y nos deja lisiados para siempre. Los hijos de los ricos y de los políticos se han educado en centros privados o en el extranjero, lugar a donde los pueden llevar con su dinero, mientras que en la madre patria quedan los desarmados cultural y educativamente en beneficio de los que se han preparado en otras tierras, y llegan a por los buenos puestos de trabajo a los que no podrán optar nuestros hijos y nietos, porque tenemos una Ley de Educación que penaliza el esfuerzo y la disciplina, porque confunde el castigo con la agresión, la autoridad con el autoritarismo, y la cultura con el folklore.

 

Y así nos va. Pero llega la nueva izquierda con sus malos modos y su intolerancia, su demagogia y su falta de autocrítica que tantas sensibilidades hiere, queriendo o sin querer. Quizá sea el revulsivo que necesita esta sociedad para despertar de una puñetera vez y exija democracia de verdad. Otra cosa es que lo consiga, porque la democracia tiene un precio que puede que no se quiera pagar.

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