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Juan Eladio Palmis.
Martes, 18 de julio de 2017
Juan Eladio Palmis

Tras los cristales de la cortijá cartagenera

[Img #14976]Tras los cristales de la cortijá, en la ocasión la cartagenera, aunque los mandamases y mandamasillos todavía no se han percatado de ello, existe un pueblo al que se le está despellejando a cambio de nada.

 

Hasta ahora todo el esfuerzo de los munícipes se traduce en el día a día en ver quien coge determinado puesto de poder, siempre con el silencio del sueldo a alcanzar; y, en corroboración a su  silencio de jornal, un correspondiente silencio de gestión, porque en la calle todo sigue igual tirando a peor, y pretenden machacarnos con aquello que el balance municipal está, ahora, cojonudo.

 

Todos sabemos que no en vano el papel lo aguanta todo; pero nada nos cuentan respecto a las partidas, a los despilfarros municipales que han continuado sin solucionar nada de los del pasado y aumentados con los generados por los nuevos mandamases; de todo eso, si se comenta algo es por culpa de Murcia y los murcianos.

 

Cartagena tiene la suerte política que sus votantes quieren tener. Y sus votantes están demostrando que son de los más dóciles de esta España pretorita de lugares santos del franquismo, a rebosar en una ciudad que no progresa y sigue estancada en más de lo mismo, destruyendo lo que antes de la cuenta del tiempo de la invasión católica de Pilar Barreiro, se había conseguido lograr.

 

Produce honda tristeza pasar por delante del hospital naval y apreciar su deterioro; produce honda tristeza pasar por delante del hospital del Rosell, y lo mismo; produce honda tristeza pasar por delante del invernadero de oro que llaman del Batel e intuir, sospechar,  que el dinero robado en su construcción, según algunos manifiestos, está en Belice, descansando su color negro; produce honda tristeza pasar por delante del pabellón de los deportes de Tentegorra, y, lo mismo; produce honda tristeza ver que los servicios municipales, turismo, agua, limpieza, están privatizados a costa del bolsillo de los ciudadanos cartageneros; produce honda tristeza que son tantos los desperfectos de la cortijá cartagenera, tantas las burradas de vista, que está muy bien, muy socorrido, eso de  que los murcianos son malos de cojones, y nosotros sus pacientes víctimas. Pero, en base, en sustancia, tal disculpa ya no cuela.

 

Los institutos de enseñanza pública se están cayendo a pedazos, y no es ninguna exageración. No disponen de aire acondicionado porque atender la calidad de vida de los jóvenes cartageneros no es competencia municipal; y sí lo es cederle la ciudad al tráfico, a los coches, y cederla a los colegios concertados y a todo lo que gire en el entorno de la gran cultura de las sectas, mientras al asociacionismo vecinal siempre se le dice vuelva usted mañana, y mañana con pasado.

 

Ha llegado el lobo del verano y ni con el tremendo beneficio económico de la semana santa, otro año más no han rebajado la tarifa del agua, ni ningún impuesto municipal, ni se ha movido un esparto respecto al medio ambiente que está acabando con la economía turística cartagenera. Se ha dado oro al clero para que lo reparta entre los pobres otro año más, y he preguntado por los Mateos y lo Campano y nadie ha sabido darme razón de lo que le ha tocado a ellos. Se ha dado la monserga de que todo iba a cambiar; que la cosa iba muy mal porque la ola Barreiros fue una onda que lo arrasó todo. Y, del mismo modo que se están enumerando deficiencias generales que afectan a todos los ciudadanos cartageneros, alguien, realidad en la mano, nos publicite en qué campo hemos logrado avance por fuera del paro y de la indigencia.

 

Primero por méritos propios de nuestros mandamases y mandamasillos, y después por culpa de Murcia.

Salud y Felicidad.

 

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