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Juan Mariano Pérez Abad.
Martes, 15 de agosto de 2017
Los cuentos del Pity-Power

De cómo un presente transexual nos llevará a un futuro musulmán

[Img #15033]Nos guste o no, tenemos que reconocer que morir de éxito ya es el destino inevitable de nuestra Civilización Occidental. La Cultura del Bienestar ha matado nuestras ganas de parir y criar a los hijos que tendrían que darnos futuro. Nuestras políticas gubernamentales no han sabido valorar la gravedad de este problema y no han buscado soluciones a tiempo. Incluso los gobiernos de partidos conservadores, lejos de promover valores morales favorables a la procreación, han desarrollado esas políticas claramente opuestas que conocemos popularmente como “El Género”. El objetivo de su paradójica actuación no ha podido ser otra más que desviar fondos públicos a la “financiación” de los Partidos y de los políticos, a través de inversiones innecesarias y subvenciones al asociacionismo amigo.

 

Dentro de esta órbita, España es uno de los países en los que la natalidad ha sufrido mayor desplome, porque sus gobiernos ni siquiera se han molestado en intentar contrarrestar el efecto devastador de ese “negocio”, reservando alguna parte de los presupuestos de Política Social para ayudas a la natalidad. Como la codicia de nuestros políticos parece no tener freno ni control, no dejan de insistir en seguir exprimiendo el limón, sin importarles si se seca por completo.

 

Por el contrario, a pesar del vertiginoso crecimiento de la Deuda Pública, se han ampliado presupuestos para ponernos a la cabeza mundial de la defensa de los derechos de los “pobres marginados LGTB”. Tanto empeño quieren poner en reparar los agravios con los que la Historia pudo dañar a los homosexuales del pasado que, en muchas Comunidades Autónomas, les van a permitir dirigir un nuevo programa de Educación Sexual Obligatoria, en el que les podrán decir a los pocos niños que vayan naciendo que les debe dar igual raja que rabo y que el sexo solo sirve para jugar, porque eso de procrear es de pobres.

 

La meta evidente de estas nuevas leyes es poder derivar nuevas inversiones públicas a sus cuentas corrientes bajo cobertura legal, de una forma semejante a la que se viene haciendo con la prevención de la Violencia de Género. El Gobierno le da tanta importancia a este objetivo, que está dispuesto a asumir graves daños colaterales para la población. El primer perjuicio es el expolio a nuestro Erario público. El segundo es peor, porque esta nueva medicina social incluye un efecto secundario mortal de necesidad: la homosexualidad no es reproductiva y su promoción puede ser la puntilla que dé el remate a nuestra extinción poblacional. Nada más lejos de mi intención que caer en el antiguo error de sostener que la transexualidad es un trastorno, pero ahora viene a cuento reflejar el dato demostrado de que la tasa de suicidio entre transexuales (ahora que no están perseguidos, sino promocionados) es casi tan alta como las de hombres en proceso de divorcio. Con ellos subidos al Poder, no cabe extrañarse de que nuestro Gobierno insista tanto en hacernos liderar el Movimiento LGTB Mundial, subvencionando esas políticas suicidas, destructivas para la natalidad.

 

Pero alguien tendrá que pagar las pensiones a los que ahora son cuarentones, cuando cumplan los 80 y no puedan trabajar. Como no hemos querido esforzarnos en criar descendientes, la única solución posible viene de la mano de los inmigrantes. Europa está llena de ellos, de los que más cerca nos quedan, son personas, viven y sienten como nosotros, pero son de origen musulmán. Ya llevan tiempo a nuestro lado y cada vez son más los que han conseguido la nacionalidad. Conservadores de su cultura y valores tradicionales, se reproducen con la suficiente velocidad como para rellenar el hueco que les vamos a dejar. Y así, poco a poco, se convertirán en mayoría de votantes dentro de nuestra Democracia Occidental. Votarán a partidos conservadores, pero de lo musulmán, e irán cambiando las leyes a la medida de la nueva mayoría, dentro de la más estricta legalidad.

 

Aunque terminasen instaurando la Ley del Corán, será su democrático derecho y no se lo podremos reprochar. Al fin y al cabo, somos nosotros los que les hemos permitido que vengan y promocionamos su permanencia concediéndoles las ayudas y subvenciones de las que tanto nos quejamos en las redes sociales. Y no les hacemos ningún favor especial, porque nos hemos gastado tanto dinero en nuestra fiesta final que nuestra deuda les hará ser esclavos para siempre del Gran Capital. Aún tendremos que estarles agradecidos si no quieren bajar nuestras pensiones por debajo de la necesidad cuando nos llegue el turno de cobrar. Por eso resulta tan insensato divulgar esos mensajes islamofóbicos que algún interés misterioso va sembrando en La Red para crear enemistad entre su cultura y la nuestra.

 

El Islam aún no tolera a los transexuales, como tampoco los toleró la Cristiandad. Aunque quisieran modificar esa doctrina como lo fuimos haciendo nosotros, en lo poco que les queda para tomar el mando no les daría tiempo a cambiar. Y además ¡que no querrán! El recuerdo de nuestra extinción será argumento inexcusable para prohibir la promoción de la tolerancia sexual en su Política Social. A los que vamos para viejos, poco nos viene a afectar, pero los hijos que sí que hemos tenido se tendrán que adaptar. El que quiera quedarse en esta tierra, ya se puede ir olvidando de lo que enseñen en el cole sobre el sexo-trans y que se vaya estudiando el Corán ¿O acaso nuestro Gobierno tiene otro plan?

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1 Comentario
Fecha: Miércoles, 16 de agosto de 2017 a las 01:18
JUAN JOSE
Totalmente de acuerdo amigo Juan Mariano. El Islam es la isla para cambiar las leyes de nuestro país y nos conquistaran a todos los españoles sin derramar una sola gota de sangre. Aboliran la Ley de violencia de género y mas cosas. Quisiera vivir para verlo. Pero como español convertido al Islam veo la gran diferencia y será a mejor. Lo hice por pura convicción y nadie me predicó ni me obligó. Que Allah, Dios, nos bendiga en la nueva conquista de España por el bienestar del país y su gente, y lo mejor, sin violencia.

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