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Elbia Álvarez
Viernes, 22 de septiembre de 2017

Sueño de una noche de verano

[Img #15199]Estamos en una terraza de un bar tomando un helado. Ronda la medianoche. Al lado de la terraza en la que estamos nosotros hay otra, extrañamente vacía. Y la sigue otra terraza bastante llena. Es una noche agradable y cálida. La gente habla con normalidad. Matrimonios, familias con niños, parejas jóvenes, amigos. Al día siguiente no hay nada que hacer.

 

Llega un hombre solo y se sienta en la terraza de al lado. Puede tener unos 40 años. Se sienta en el centro de la terraza vacía. Pide una cerveza. Mira hacia arriba con la cabeza agachada. Los hombros algo inclinados hacia adelante. Mi pareja y yo conversamos y miramos a nuestro alrededor. A veces nos parece estar sentados en las butacas del gran teatro del mundo. Disfrutamos de la brisa tenue que acaricia y refresca nuestros rostros.

 

Pasa el tiempo sin darnos cuenta. Cómo se puede medir una conversación, una complicidad que sólo podemos compartir él y yo porque hablamos de asuntos quizás banales pero no adecuados para comunicarlos a otros.

 

Algo altera la paz del ambiente. Giramos la cabeza. El camarero de la terraza vacía está obligando al cliente a volver a su mesa. La jarra de cerveza está vacía y parece que el hombre se había alejado. El camarero le ha puesto el brazo a la espalda y lo inclina con fuerza sobre la mesa, de manera que el hombre podría besar el tablero.

 

Los dos parecen congelarse en esa posición. Hasta que el hombre se zafa y sale corriendo. El camarero corre tras él hasta que lo agarra y lo tira al suelo con violencia. Salen otros dos camareros del bar y entre los tres lo aplastan contra el suelo y lo golpean.

 

Todos miramos la escena con estupor y tardamos en reaccionar. Una mujer rubia se levanta inmediatamente de la terraza que está al otro lado de la terraza vacía y se acerca al hombre caído entre las piernas firmes de los tres camareros que mantienen, con la repulsión de los que hacen siempre las cosas bien, al bebedor de cerveza en el suelo. Van a llamar a la policía. La mujer se levanta y habla con ellos. Con los camareros. La conversación es larga. La pareja de la mujer se acerca cojeando al grupo. Ella se acerca a la mesa del bebedor de cerveza y coje el ticket. Se acerca al grupo y paga la consumición al camarero que se había dado cuenta al principio de que el bebedor no iba a pagar. Prosigue la conversación. El camarero en cuestión parece que le explica a la mujer algo así como: “A esta tipo de gente hay que llevarlos a la comisaría. Usted paga ahora lo que ha tomado. Pero volverá a hacerlo dentro de media hora en otro sitio. Dentro de una hora en otro. Dentro de dos en otro…”. Pero la mujer le dice que ya está la cuenta pagada, que deje ir al hombre tranquilo, que tampoco es que vaya a matar a nadie. –“Eso nunca se sabe”. El bebedor de cerveza se ha puesto de pie. Habla con la pareja de la mujer rubia, intentando encontrar un interlocutor válido. Un ser humano en el mundo que le escuche. El compañero de ella le escucha. Mientras tanto la mujer sigue hablando con los camareros. La situación se alarga. Los camareros se retiran a su bar protestando por la protección que dos personas anónimas han dado al que no paga. La pareja se queda ahora hablando con el bebedor de cerveza. Le dan su tiempo. Observo un intercambio de papeles. Quizás es dinero. Quizás la dirección de un sitio para dormir. El bebedor habla y habla. Parece que tiene mucho que decir. Es posible que su discurso sea pesado, repetitivo, victimista ¿No es en realidad una víctima? Un hombre a la deriva al que nunca escucha nadie. Siempre tiene la cabeza gacha y habla y mira desde abajo o de reojo. Se protege de todo. Huye permanentemente. Por eso había elegido la terraza vacía. Para poder huir. Las terrazas que la flanquean están llenas de gente. Se despiden. Él se va con agradecimiento. La pareja vuelve a su mesa con tranquilidad.

 

Tras este acontecimiento, desarrollado en un silencio absoluto, la gente comienza a hablar muy bajo. Intercambio de opiniones en torno a lo que ha pasado. Se recobra la calma habitual de cualquier noche de verano, en cualquier terraza de un bar, de cualquier lugar, pasada ya la medianoche.

 

Llega un momento en el que se ha recobrado la vida anterior de un nocturno ahora herido. Ya nadie habla de lo sucedido. Se vuelve a hablar de los pequeños problemas cotidianos, a ser espectadores de un teatro impuesto y a sentir la brisa cálida acariciando los rostros y los brazos desnudos.

 

No ha pasado nada. Ya nadie habla de lo sucedido. Y, por tanto, ha quedado olvidado. O quizás realmente no ha sucedido. O, como no afecta directamente a nuestras vidas, no tiene la mínima importancia. No acontece realidad.

 

Lo más extraordinario de este sueño es que no fue un sueño. Ocurrió realmente. Mi pareja y yo estábamos sentados en la terraza de Los Murcianos, la terraza vacía a nuestra derecha correspondía al Café Nau, y la siguiente a esta, era la del Café La Estrella. El bebedor de cerveza estaba sentado en la terraza del Café Nau y la pareja que fue en su ayuda estaba en la del Café La Estrella.

 

Cuando nos fuimos me acerqué a la pareja que había ayudado en el conflicto. Ella era muy rubia. Los dos estaban en la treintena e iban vestidos de negro. La una estaba sentada frente al otro. Del lado de él descansaban dos muletas en el suelo. Tenía que ayudarse de ellas para caminar. Hablé con ellos durante un rato. Son irlandeses. Se llaman Kyra y Cornelius.

 

Al día siguiente pensé ¿por qué no contrata el Café Nau al bebedor para que haga bulto en la terraza y atraiga gente? Saldrían beneficiadas las dos partes.

 

Muchas gracias Kyra y Cornelius allí donde estéis.

 

 

Elbia Álvarez

7 de septiembre de 2017

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