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Víctor Arrogante.
Viernes, 22 de septiembre de 2017
Victor Arrogante

Israel contra el pueblo palestino

[Img #15203]Israel sigue cometiendo un genocidio contra los palestinos, implacable contra niños, mujeres y viejos. Han transcurrido 50 años de ocupación ilegal e impunidad; uso desproporcionado de la violencia, traslado forzoso de personas, confiscación de tierras, destrucción de hogares y castigo colectivo. Han transcurrido 35 años de la masacre de Sabra y Chatila y la tragedia no cesa.

 

Se cumplen 35 años de un crimen imposible de olvidar. Entre el 16 y 18 de septiembre de 1982, en plena guerra civil del Líbano, la milicia falangista libanesa atacó los campos de refugiados palestinos de Sabra y Chatila, asesinando a cientos de civiles, niños y mujeres. Los campos estaban bajo la supervisión del Ministro de Defensa Israelí Ariel Sharon. Todavía se desconoce el un número exacto de víctimas. El gobierno libanés informó de 450 muertos, el israelí entre 700 y 800 y Cruz Roja cerca de 2.400. La población palestina fue violada, torturada y asesinada. Hay que seguir recordando, para exigir justicia, castigar a los responsables y no ser cómplices con el silencio.

 

Este año se cumplen 50 años de la irrupción militar israelí en los territorios palestinos. La Autoridad Palestina del presidente Mahmud Abás apenas controla el 18% de Cisjordania, que a su vez representa, junto con la Franja de Gaza, el 22% de la Palestina histórica. Medio siglo después de la fulminante guerra de 1967, la ocupación se ha consolidado en toda Cisjordania, donde residen más de 800.000 colonos judíos, el 13% de la población de Israel. Frente a la política de hechos consumados, la paz parece más lejana que nunca, por la falta de compromiso real de la comunidad internacional.

 

Lo deseable es que se llegue a un acuerdo justo y duradero entre israelíes y palestinos que ponga fin a la ocupación y asegure la paz, la seguridad y la prosperidad. Todo parece que es imposible. Oxfam viene lanzando un llamamiento para que haya una solución global negociada, que se base en el derecho internacional, apoyando la fórmula de los «dos Estados», condenando toda violencia contra la población de ambas partes, que merecen vivir dignamente, libres del miedo a la violencia y a la opresión.

 

Después de 70 años el pueblo palestino sigue sometido a los designios del Estado de Israel. Hace más de dos mil años, quien estaba sometido al Imperio Romano era el pueblo judío. Roma ejercía su poder exigiendo tributos para el mantenimiento de las tropas de ocupación y envío de remesas a Roma. Lo sobrante, como dicen en La vida de Brian, era para el «alcantarillado, la sanidad, la enseñanza, el vino, el orden público, la irrigación, las carreteras y los baños públicos». Hoy es el Estado de Israel quien somete, a sangre y fuego, al pueblo palestino, por lo que siento dolor y vergüenza por ello.

 

Setenta años han pasado desde que la ONU aprobase su Plan para la partición de Palestina en 1947. Con supuesta buena fe, se pretendía dar respuesta al conflicto entre árabes y judíos. La presión de la comunidad judía internacional y la mala conciencia de los actores, por el holocausto de la Segunda Guerra Mundial, hizo que el plan fracasase.

 

La partición de la zona en dos estados, no contentó a ninguna de las partes. La Liga Árabe aprobó otra resolución que rechazaba frontalmente la de la ONU, advirtiendo que para evitar la ejecución del plan, emplearía todos los medios, incluyendo la intervención armada. Reino Unido abandonó Palestina el 15 de mayo de 1948, un día después de que David Ben Gurión declarase la independencia de Israel. Desde entonces guerras, ocupaciones y sufrimiento. Una historia sin fin, que ha dejado demasiadas muertes.

 

En 1948, el pueblo judío celebró la independencia y la creación de un estado judío, pero criticaron el plan que dividía en tres zonas separadas el territorio asignado, poco viable y de difícil defensa. Los líderes árabes se opusieron al plan argumentando que violaba los derechos de la población árabe, que representaba el 67% de la población total, criticando que el 45% de la superficie de todo el país se adjudicaba al nuevo Estado judío, que solo representaba el 33% de la población.

 

Desde entonces se han producido diferentes crisis, intifadas, incidentes armados y guerras abiertas. La guerra árabe-israelí de 1948, conocida como guerra de la Independencia, fue el primero de los conflictos armados que enfrentaron al Estado de Israel y a sus vecinos árabes. Líbano, Siria, Transjordania, Irak y Egipto, no conformes con el Plan de la ONU, le declararon la guerra al naciente Estado de Israel e intentaron invadirlo. La siguiente fue la Guerra de Suez en 1956, en la que intervinieron Israel, Reino Unido y Francia, atacando a Egipto por la nacionalización del Canal de Suez.

 

En la guerra de los Seis Días en 1967, Israel conquistó la Franja de Gaza, Cisjordania, Jerusalén Este, la península del Sinaí y los Altos del Golán. El siguiente conflicto fue la guerra de Yom Kipur en 1973, en la que Egipto y Siria iniciaron el conflicto para recuperar los territorios que Israel ocupaba desde la Guerra de los Seis Días. Tras perder la guerra, embargaron el petróleo de los países que ayudaron a Israel y con la subida de los precios, provocaron una desestabilización de la economía internacional.

 

El conflicto ha dado lugar a innumerables resoluciones de la ONU, conferencias, acuerdos y pactos −incumplidos o con la amenaza permanente de incumplimiento−. Después de todo, las principales cuestiones siguen pendientes: la soberanía de la Franja de Gaza y Cisjordania; la formación un estado palestino; el estatus de la parte oriental de Jerusalén o Altos del Golán; el destino de los asentamientos israelíes y de los refugiados palestinos. Difíciles cuestiones que se anteponen al reconocimiento de Israel y Palestina y su derecho a coexistir y convivir en paz.

 

Gaza sigue asediada. Un millón y medio de personas se encuentran encerradas en un territorio de 365 Km2, confinados entre muros. Se ha convertido en la mayor prisión del mundo a cielo abierto, un enorme campo de concentración o un «campo de prisioneros. Los ataques por tierra, mar y aire, no discriminan los objetivos militares de los civiles. Todos los palestinos son considerados combatientes o terroristas. Los niños también. La ONU denuncia la detención por Israel de cientos de niños palestinos cada año.

 

EEUU y la ONU defiende la solución de los dos Estados desde los acuerdos de Oslo de 1993. Incluso Israel mantiene esta política con condiciones. Un 55% de israelíes y un 44% de palestinos, son partidarios de esta opción. Ni Trump ni Netanyahu quieren reconocer que no hay solución pacífica sin el reconocimiento pleno de los derechos políticos y la independencia por ambas partes. EEUU tiene un papel clave en el conflicto y es la única nación con la influencia política, diplomática y financiera suficiente para incidir en el proceso.

 

La UE, junto a la ONU, Rusia y EEUU, forma parte del Cuarteto de paz de Oriente Medio, y consideran que la creación de un Estado palestino independiente, viable y democrático va en interés del propio Israel. En este conflicto encaja la definición que se atribuye a Albert Einstein: «locura es hacer lo mismo una y otra vez esperando resultados diferentes». Tras décadas de odio fratricida, es hora de buscar nuevas vías. Los israelíes deberían apoyar un Estado soberano para los palestinos, levantar el bloqueo a Gaza y las restricciones de movimiento en Cisjordania y Jerusalén Oriental. Los palestinos deberían renunciar a la violencia y reconocer el Estado de Israel.

 

Se tendrían que alcanzar acuerdos razonables en materia de fronteras, asentamientos judíos y retorno de refugiados. Para Israel, los asentamientos en territorio palestino, son hechos consumados. Los palestinos siguen defendiendo las fronteras anteriores a la guerra de 1967. No habrá pacto, posible sin resolver el simbolismo de Jerusalén.

 

Netanyahu está en el poder con el apoyo de un partido de ultraderecha, con amplia base entre los 600.000 colonos que viven en Jerusalén y Cisjordania; por lo que entre su afán expansionista, las presiones de sus aliados y la posición crítica de Trump a la resolución 2334, se esperan más ocupaciones. El Consejo de Seguridad adoptó la resolución 2334 (23 diciembre 2016), con 14 votos a favor y la abstención de EEUU. La Declaración reafirma la ilegalidad de los asentamientos israelíes en los territorios palestinos ocupados, incluida Jerusalén Oriental y considera que los asentamientos constituyen una flagrante violación de las leyes internacionales.

 

Las declaraciones de las potencias políticas, económicas y militares del mundo advierten sobre la necesidad de intervenir en Siria, Irak o Corea del Norte, para proteger a la población civil y evitar ataques con armas químicas, guerras civiles y dictaduras. Sobre las diversas operaciones «preventivas» contra la población civil no hay el mismo interés y las reacciones son mínimas. El silencio sobre lo que sucede, es un arma más contra el pueblo de Palestina, que vive en un estado de Apartheid criminal.

 

Se ha producido una noticia que podría traer novedades. Hamás acepta disolver su Gobierno de facto en Gaza. Los islamistas palestinos anuncian elecciones y un Gobierno de unidad por primera vez desde 2006. Fatah, el partido de Mahmud Abbas, ha dado la bienvenida a la declaración y espera que las promesas se plasmen en hechos. El presidente de la Autoridad Palestina tiene previsto reunirse en Nueva York −intervendrá en Naciones Unidas− con Donald Trump, para reactivar un proceso de paz en el que el mandatario norteamericano pretende dejar su posición con un «acuerdo definitivo». Benjamín Netanyahu, que también será recibido por Trump, ha adelantado que centrará el encuentro en la amenaza de la creciente presencia de Irán y sus aliados en Siria y Líbano, sin expresar aparentemente interés por un avance en el diálogo con los palestinos. Esperemos que todo no se convierta en una nueva frustración.

 

Lo que está pasando en Palestina es un crimen contra la humanidad y los asentamientos constituyen un obstáculo para alcanzar un acuerdo de paz justo y duradero. «Palestina es como Auschwitz», dijo José Saramago. Denunciar y apoyar la causa palestina es un deber y mantener viva la memoria de Sabra y Chatila, es decir a los palestinos que no están solos y a los opresores que no van a quedar impunes.

 

En Twitter @caval100

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