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Juan Eladio Palmis.
Lunes, 2 de octubre de 2017
PALABRA DE PALMIS

Cartagineses y romanos y cartageneros

[Img #15241]Va tomando mucho cuerpo el dicho popular de que un murciano, cuando quiere fiesta, baja o sube una virgen, y se tira dos o tres días sin trabajar.

 

Un cartagenero, según el mismo dicho popular, le das un tambor, y se pone a desfilar en plan militar.

 

Lo uno, lo del murciano, puede tener obediencia a un clarísimo predominio en su sociedad de la secta trinitaria vaticana, que ha llenado y cuajado por completo la sociedad que desde la costa llamaos huertana,  que cuando estaba acabándose la taza de sopa de su hipoteca con la secta, le endiñan lo que llaman universidad católica, el católico colegio en realidad porque una universidad no puede tener adjetivo calificativo alguno, excepto el del lugar geográfico en el que se ubique o su especialidad, y no le dio tiempo a dejar la taza en el fregadero, cuando ya le endiñaron dos tazas de sectarismo religioso más.

 

Cartagena la que sigue al tambor al paso de redoble de cualquiera que suene con lo que denominan aires marciales,  puede hacerlo si le apetece, y si lo siente, desfilar al paso de la oca. Ahora bien, no es solidario ni respetuoso para nuestros mayores que se considere como algo festivo el recrear una batalla cualquiera como si hubiese sido una jornada de ir a coger higos a una higuera.

 

Asuntos de vendimias, fiestas de almadrabas, de recoger comida, de bailes y jaranas populares, deberían ser las fiestas que engalanen especialmente las ciudades azules, de cielo claro y limpio, luminosas, como lo es Cartagena que, en la pura realidad todas sus fiestas las centra en la muerte, y en desfiles al respecto de espadas y lanzas y chorreos de sangre.

 

Y sí que las pueden hacer porque son mayores de edad; pero servidor también puede emitir su punto de vista y entender que las guerras, las batallas, la muerte no tiene nada de festiva ni de jovial para que, especialmente nuestra gente menor, nuestros niños y niñas, se pongan bien temprano a esgrimir una espadica o se sientan protegidos con un casco y una lanza.

 

Y uno también puede pensar, que puestos a demostrar lo bizarros y gallardos que son los cartageneros para la guerra y la batalla, me molaría mucho más el hecho histórico acaecido de cuando en el verano de 1.683, las gentes de los campos cartageneros, demostrando tener unos compañones que se ha diluido con los fosfoyesos y metales pesados de Potasas, armados con todo lo que tenían a su alcance se acercaron en tropel a la ciudad exigiéndole al sistema, a los del casino, que no apretaran tanto con los impuestos o iban a capar a más de uno.

 

Y tal exigencia del pueblo y de la gente del mundo del trabajo me llenaría mucho más a rememorar y celebrar, si por narices el cartagenero necesita de la violencia para pasarlo bien.

 

La vida es un cúmulo de avatares que como la historia la suelen, y de hecho lo hicieron y lo están haciendo, escribir los vencedores cómodamente sentados en sus casinos y en sus clubs, porque ya se ocupa el sistema que el pueblo esté lo más ignorante posible saliendo a pastar en su día a día a la orden y miedo de cualquier secta religiosa, la triste teoría que siempre se ha dado y se da en España de no querer que su gente progrese, y que siempre vaya alcanzo y no llego a fin de mes, de semana, o de día, en vez de potenciar lo que existe y funciona bien, sea astillero, fábrica de algo, o finca en producción, y según baile o le bailen las aguas al gobierno central, porque todo lo demás periférico son pegotes para gastar y robar más y mejor, Cartagena debe su mejor asentamiento, para peor de sus montes sin leña, el desbaratar las atarazanas de Barcelona, de Cataluña, para trasvasarlas a Cartagena, y así los buques tenían que navegar menos para bombardear al moro.

 

Y en vez de potenciar los dos puertos mediterráneos, siguiendo la letal costumbre infantil de “ahora no me ajunto contigo”, dejar regiones cacareando y sin plumas.

 

Lo mismico que ahora. Salud y Felicidad.

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