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Antonio Marchal-Sabater
Lunes, 9 de octubre de 2017

Cataluña es diferente

[Img #15264]«Justicia es tratar igual a los iguales y desigual a los desiguales» (Aristóteles).

 

Es verdad. El pueblo catalán, o al menos una gran parte de él, es distinto al español: es taimado, traicionero y poco inteligente, sin embargo, a pesar de esas carencias, a lo largo de los siglos han dominado a la mayoría de los otros, los que callan no sé por qué.

 

Los separatistas han conseguido que todos los regímenes y gobiernos desde la noche de los tiempos tengan que tratarlos de una forma diferente a los demás, de eso se han aprovechado los silentes.

 

Antes de que empiecen a insultarme y a tratarme de lo que quieran, repasemos la historia, esa historia que el separatismo ha tergiversado una y otra vez con la aquiescencia de los silentes.

 

Cuando España ya llevaba casi 300 años siendo un Estado unitario, el reino visigodo con capital en Toledo, que por el Mediterráneo se extendía unos cuantos cientos de kilómetros más al norte de lo que lo hace ahora, sufrimos la invasión musulmana.

 

En esas circunstancias en las que nos atacaban por el sur, los francos del norte crearon unas unidades territoriales en los Pirineos para evitar que la invasión les afectara, Aprovechando que España miraba hacia el sur, Carlomagno cruzó los pirineos y amplió sus dominios en Hispania fagocitando Gerona, Barcelona, Urgell, Besalú, Conflent, los Valles pirenaicos y nueve condados más, la famosa “Marca Hispánica”.

 

O sea, que los separatistas sabiéndonos atacados por el sur se vendieron a los de norte.

 

Casi 300 años después, cuando los reyes Francos se liaron a mamporros entre ellos, Wifredo el Velloso, aprovechando el descuido (felón él donde los haya) dejó de rendir vasallaje, se hizo el machito y se independizó.

 

Pero apenas unos años después, cuando los Francos firmaron la paz y volvieron sus ojos hacia ellos para ajustarles las cuentas, nuestros independentistas valientes salieron corriendo hacia Aragón y no solo le rindieron vasallaje, sino que, además, se unieron a ellos de por vida para evitar las hostias que los franceses les iban a dar.

 

Años después, cuando Aragón tuvo que emplearse en Nápoles y la peste les apretaba las tuercas (una crisis económica de la época) aquellos catalanes que siglos antes se habían cobijado bajo sus faldas se volvieron a independizar (véase Guerra de los Remensas) Aunque fueron sofocados y reconducidos —de sobra sabía Fernando II de Aragón que aquellos individuos no podían valerse solos—.

 

En 1640, mientras en Europa se desarrollaba la guerra de los 30 años, a este lado de los pirineos la cosa se mantenía más o menos —los ingleses intentaron darnos por culo, una vez sí y otra también—. Fue entonces cuando los payeses catalanes decidieron independizarse de nuevo (véase Batalla del Segador).

 

Los franceses, que ya les tenían rabia desde lo de Wifredo, no tardaron ni dos días en invadirlos y llegar al Ebro, Portugal aprovechó la incidencia y también se independizó y los reyes españoles, muy erróneamente, decidieron salvar Cataluña.

 

Quizá no fue tan erróneamente, ya sabemos de las limitaciones morales e intelectuales de los independentistas. La cuestión es que, de aquella, España perdió Portugal y el Roselló (Todo el norte de Cataluña que llegaba casi a los Alpes).

 

En 1700, durante la guerra de la sucesión de los primos alemanes y franceses por la corona de España, nuestros separatistas catalanes apostaron por el primo alemán, pero cuando este ya estaba casi perdido, los británicos, esos piratas carroñeros, aprovecharon la oportunidad y, sabiendo que en las riberas del mediterráneo había unos cuantos felones camuflados entre los catalanes silentes, tomo Cataluña.

 

Los españoles, de nuevo, tuvimos que liberarla (Véase la historia de la diada que no es más que la fecha de esa liberación). Claro, un pueblo que no estudia historia se piensa que los invadió España y que ellos se liberaron —vale, ya sabemos que no tenían muchas neuronas ni les funcionaban bien, pero alienaron de nuevo a sus congéneres mudos—.

 

A mediados del siglo XVIII, dos primos Borbones decidieron disputarse la corona de España por las bravas. ¿A quién creen ustedes que apoyaron los catalanes guiados por los separatistas? Pues al más facha de ellos, a Carlos María Isidro, un meapilas absolutista de los de toma pan y moja —En este momento debería empezar a reírme a carcajadas, pero sería de mala educación reírse de los menos agraciados—.

 

España solucionó ese problema en Cataluña, pero otro pueblo con otro número importante de hijos con discapacidad. El vasco, no solo apoyó al meapilas, sino que permitió a los piratas —los ingleses para los que a estas alturas del relato no lo hayan cogido— tomar tierra en sus puertos.

 

Estos como contrapartida les hicieron una banderita, la Ikurriña, a imagen y semejanza de la Unión Jack (para los separatistas: la bandera británica).

 

Otra vez, gracias a ese pueblo opresor del sur, los españoles, todos estos quedaron liberados.

 

Pasaron los años y mientras la reina victoriosa, Isabel II, refocilaba son su amante en Hendaya, tras haber abandonado España por las de villa Diego en 1868, y la I República iniciaba su andadura, los catalanes, guiados por los separatistas a los que siguen obedientemente, volvieron a independizarse.

 

En esta ocasión les siguieron otros, los vascos, los cartageneros, los jumillanos, y no sé cuántos paletos más.

 

España tuvo que reconducirse, sofocar aquella sin razón y restaurar en el trono a los Borbones olvidando su ensayo republicano.

 

En el 34, mientras los españoles intentábamos, por segunda vez ya, crear otra República que nos uniera a todos y nos hiciera un hueco entre los grandes, los soviéticos (véase Stalin) nos mandaron una andanada de espías de nuestra propia sangre (véase Partido Comunista de España, Santiago Carrillo, la pasionaria…) que intentó, por todos los medios posibles finiquitar la democracia e instalar una dictadura comunista.

 

Pues bien, en mitad de esa guisa ¿Quién creen ustedes que volvió a independizarse? Los catalanes guiados por los separatistas cuyas mermas nunca les permitieron el más mínimo sentido común. Ya sabemos cómo acabó todo aquello (véase Franco, dictadura, etc., etc., etc.).

 

Y llegamos al siglo XXI y tras una de las crisis económicas más grandes que ha conocido occidente, en mitad de un socavado intento de poder en Europa, salen nuestros hijos tontos —omito decir quiénes— y declaran la independencia.

 

—¿Les cuento de la mano de quién? Pues eso, de la extrema derecha británica y de la ultra capitalista Rusia, los que se van de Europa por no haberla podido destruir, al menos todavía, y los rusos que no han podido entrar.

 

Ahora insúltenme, pero por lo menos comprueben lo que he escrito en los libros de historia porque así les quedará algo.

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