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Víctor Arrogante.
Lunes, 9 de octubre de 2017
Victor Arrogante

Asturies, la revolucionaria

[Img #15266]Decíamos la semana pasada, que el mes de Octubre nos ha traído en la historia importantes revoluciones. Destacábamos la Gran Revolución de 1917, que alumbró la creación de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas. La revolución en España, tuvo nombre propio: Asturies. Los obreros de la industria y los mineros, tuvieron un protagonismo sobre el que hoy todavía se habla y se siente. Se cumplen 83 años de la insurrección. «Huelga revolucionaria» para la toma del poder y cambiar las condiciones de vida que padecían los trabajadores. Se reprimió con brutalidad.

 

El acercamiento entre UGT y CNT, llevó a la convocatoria de una huelga general indefinida en 1917, ante la injusticia social y la creciente desigualdad en España, «con el fin de obligar a las clases dominantes a aquellos cambios fundamentales del sistema que garanticen al pueblo el mínimo de condiciones decorosas de vida y de desarrollo de sus actividades emancipadoras», declaraba el manifiesto conjunto del 27 de marzo.

 

La huelga fue un completo éxito y el poder reaccionó con una dura represión. Los miembros del comité de huelga fueron detenidos y condenados a la pena de cadena perpetua. En las elecciones de 1918 fueron elegidos diputados y tras una campaña internacional para su excarcelación, fueron indultados o quedaron en libertad. La desafección hacia el rey Alfonso XIII y hacia el sistema, aumentó entre intelectuales y la clase obrera y clase media. Avanzaba la descomposición de la monarquía, que llevó a la dictadura de Primo de Rivera en 1923 y a la proclamación de la República en 1931.

 

En 1933 la derecha radical ganó las elecciones, con el apoyo parlamentario de la Confederación Española de Derechas Autónomas (CEDA), ultraderechista y católica. Comenzaba el bienio radical-cedista. El gobierno, inició una política de rectificación de las reformas de los anteriores gobiernos republicano-socialistas; «todo «en defensa del orden y de la religión». Está política produjo un giro radical en la estrategia del PSOE y de la UGT, que abandonaron la «vía parlamentaria» para alcanzar el socialismo.

 

Largo Caballero es elegido presidente del PSOE y secretario general de UGT y establece la nueva estrategia en defensa de la «vía insurreccional». Ignorando el Proyecto de bases se centrará en lo que él llamará el «programa sucinto» del movimiento revolucionario: «Con el poder político en las manos anularemos los privilegios capitalistas y antes que ninguno el derecho que les da explotar a los trabajadores». Alejandro Lerroux formó un nuevo gobierno, incorporando a tres ministros de la CEDA. Ese mismo día, 4 de octubre, el comité revolucionario reunido en Madrid, tras contar con el apoyo de los comunistas y de las Alianzas Obreras (sin el apoyo de la CNT), convoca la «huelga general revolucionaria» que se iniciaría a las «0» horas del día siguiente. Nuestra «revolución de Octubre» había comenzado.

 

El gobierno entregó el mando represivo a Franco, entonces gobernador militar de Baleares, quien moviliza al Tercio de Regulares. La represión se saldó con más de mil muertos y torturas de los detenidos en manos de la guardia civil. Miles de despidos por su participación en la huelga y más de treinta mil presos; la mayoría de los dirigentes implicados apresados y se dictaron veinte penas de muerte, dos de ellas ejecutadas. La minoría socialista en las Cortes suspendió su actividad parlamentaria. Los procesos duraron hasta el triunfo del «Frente Popular» en 1936.

 

Estamos en octubre, 1934 y en Asturias. Al atardecer del día 5 «salieron por todos los caminos de la montaña emisarios de los comités revolucionarios anunciando la huelga general y la sublevación armada» (José Díaz Fernández en Octubre rojo en Asturias). El estallido de la revolución socialista, una insurrección obrera, prendió en la cuenca minera como en ningún otro sitio. Comenzaba el movimiento huelguístico insurreccional declarad por el «Comité Revolucionario». En la zona minera de León y Palencia el poder obrero duró cuatro días; en Asturias hasta el día 18. El gobierno proclamó el «estado de guerra» y envió al ejército para establecer el orden. La insurrección no consiguió su objetivo al carecer de organización, armas, y planificación política y militar. También faltó la unión decidida de las fuerzas proletarias.

 

El ochobre del 34 no se puede decir que fuera una revolución derrotada, sino abortada. El grito de Asturies «Uníos, Hermanos Proletarios» (UHP), no se hizo realidad fuera de la comuna asturiana, y la respuesta tendríamos que buscarla en las diversas estrategias que desarrollaron los partidos políticos y las organizaciones obreras, confrontados a la prueba de la práctica en su nivel más elevado: la lucha por el poder.

 

El 8 de octubre, los obreros organizados, toman la fábrica de armas y dominan Oviedo. Las tropas de López Ochoa, fueron rechazadas cerca de Trubia. En la madrugada del 10, el crucero «Cervantes» desembarca en Gijón a millares de Regulares de África, al mando del teniente coronel Juan Yagüe que arrasa Gijón. En la tarde del jueves 11, López Ochoa −conocido desde entones por «carnicero de Asturias»− entra en Oviedo.

 

Los socialistas Peña, Dutor y Antuña, contra la postura de comunistas y anarquistas, proponen una retirada organizada. Se forma el Segundo Comité constituido por jóvenes comunistas. Se cuenta que el día 13 de octubre, dos muchachas, Aída Lafuente y Jesusa Penaos −militantes del comunismo libertario−, armadas con una ametralladora, intentan cerrar el avance de los legionarios en la cota de San Pedro de los Arcos. Las tropas mandados por el teniente ruso-blanco Iván Ivanov, las remataron con la punta de su bayoneta. Los mineros en su retirada constituyen el Tercer Comité Provincial, formado por socialistas y comunistas, con participación de la CNT, instalándose en Sama.

 

Los mineros de Oviedo resisten 48 horas más. El día 18, todo perdido, se negocia la capitulación: el Comité depondrá las armas y los mercenarios africanos entraron en cabeza. El último llamamiento del Comité Provincial de Asturias, del mismo día 18 terminaba así: «Nosotros, camaradas, os recordamos esta frase histórica: Al proletario se le puede derrotar, pero jamás vencer».

 

Murieron mil quinientos revolucionarios durante los combates y más de doscientos en la represión. Los heridos fueron más de dos mil. También entre las fuerzas represoras hubo otros trescientos muertos (según Julián Casanova y Hugh Thomas, que coinciden en los datos). En toda España fueron encarceladas entre treinta y cuarenta mil personas, y miles de obreros perdieron sus puestos de trabajo. La ciudad de Oviedo quedó asolada por los incendios, los bombardeos atacantes y la dinamita de los defensores.

 

El gobierno suspendió las garantías constitucionales; numerosas corporaciones municipales disueltas, locales de sindicatos y partidos cerrados y periódicos clausurados. Los jurados mixtos (recién instaurados durante el «bienio reformista») suspendidos. La «contrarreforma» se hizo más contundente. De las 23 penas de muerte sentenciadas, dos fueron ejecutadas.

 

Francisco Ignacio Taibo, en un trabajo de investigación, recupera la épica revolucionaria y recoge las ilusiones de una clase obrera desencantada con el giro reaccionario de la República, gobernada por la derecha reaccionaria. Estas son algunas de las circunstancias sobre las posibilidades de éxito de la Revolución: El aparato represor estaba casi intacto; la clase trabajadora no estaba unificada; dentro del PSOE reinaba la ambigüedad, entre el ala izquierda liderado por Largo Caballero, que no rompe los lazos con la posición intermedia de Prieto; el movimiento revolucionario no tiene un proyecto claro; oscila entre detener el fascismo, salvar la República o hacer la revolución social; el campo no está organizado; no hay una violencia creciente, se produce un enfrentamiento militar, pero no hay un proyecto insurreccional y las armas son escasas. Por último no hay factor sorpresa, puesto que la fecha la fija el «propio enemigo», cuando la CEDA ingresa en el Gobierno y el aparato represor está vigilante.

 

«La naturaleza no se conmueve con los dolores de los hombres. Solo se altera cuando el pico solivianta los suelos» (Jorge M. Reverte en La furia y el silencio. Asturias, primavera de 1962). Porque no fue solo en 1917 y 1934, cuando los mineros y obreros de la industria asturiana se levantaron contra la opresión y la injusticia. En 1962 se produjo la huelgona, una huelga silenciosa y pacífica, que puso en jaque al gobierno de Franco. Comenzó en La Nicolasa y La Camocha y se extendió a otros puntos de España.

 

La lucha de los mineros siempre ha sido la lucha de la clase trabajadora.

 

En Twitter @caval100

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