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Jesús de Las Heras.
Lunes, 9 de octubre de 2017

La sedición en Cataluña

[Img #15268]El desafío soberanista ha abierto nuevos frentes de debate aún entre desconocidos, todos queriendo justificar su posición adquirida a priori, sin que nadie esté dispuesto a dar su brazo a torcer. Como en las discusiones de fútbol, mismamente. Hasta que la realidad del gol ha hecho callar a unos y euforizarse a otros…, al menos hasta el próximo partido.

 

A mí no me gusta el fútbol, pero sí soy uno de estos debatidores, porque al igual que los demás, parto de fuertes convicciones: lo que ha funcionado durante medio milenio ha de poder seguir funcionando bien indefinidamente, a pesar de lo que se creen que la insolidaridad y el egoísmo sirven para algo. No les importa recurrir a la mentira y al autoengaño para sentirse mejor que sus vecinos, sin ser conscientes de que la existencia de multitud de países pequeños provocará que se harán la guerra por motivos mezquinos que serían resueltos por la vía pacífica por un poder central que los organice a todos. Por ejemplo, el problema del agua: en lugar de tirarla al mar, el poder central puede dictaminar que la mitad del caudal del Tajo y del Ebro vayan a regar el levante español, porque no pertenecen a Castilla o a Aragón, sino a España toda, a la cual importan tanto esas dos regiones como la del levante: Almería, Murcia y Alicante; en lugar de derrochar ese caudal tan precioso en la Bahía de Setúbal, donde no hace ninguna falta, o en la de Amposta, donde menos falta hace. Pero existe la tendencia a pensar que el agua pertenece al pueblecito que baña y no a la tierra que está más allá del horizonte, a la que en realidad ese pueblecito pertenece, porque el pueblerino en su irresponsable egoísmo, jamás será pueblo. Puede ser de pueblo, pero no del pueblo, porque para ser pueblo hay que ser, previamente, ciudadano, aunque la ciudad sea pequeña. Lo que define a una ciudad en realidad es la capacidad de sus habitantes de ser civiles, de poder cohabitar con los demás, cediendo en algunas cosas en pro de un bien mejor. Si las naranjas del levante español se venden mucho en el extranjero, el capital llegará en mayor cantidad a España, y revertirán en una mejoría para todos, incluyendo a los pueblecitos de La Mancha y de Aragón; pero no se podrá vender lo que no existe porque faltó agua para hacer crecer.

 

Existe en España la manía de sacarse un ojo para dejar ciego al contrario. Aquí se vota «en contra de» alguien, no a favor de todos. Por eso determinados partidos, como Podemos, tienen como objetivo desalojar a Mariano Rajoy del poder, en lugar de mejorar las condiciones de vida de los españoles. Tampoco se habla mucho de España, sino de «este país», o de «el estado», ignorando que ni el estado ni la autonomía son nada sin la nación, la nación española, que es lo que les da rango de existencia a uno y a otras. Ahora los habitantes de Cataluña, o al menos una exigua minoría (una cuarta parte, a juzgar por los resultados admitidos por ellos mismos de su referéndum ilegal y tramposo) quieren «desconectarse» del resto de España, es decir, secesionarse del «estado español» para crear su propia nación catalana. No tienen ni idea de lo que hablan. Porque la nación es previa al estado, y no al contrario. Y la nación catalana no existe. Hace falta algo más que un idioma diferente para construir una nación. Una nación es el conjunto de personas que ha nacido en un sitio. Y los que han nacido en Cataluña no tienen un sentir común, un pensar común, ni unas aspiraciones comunes. Unos cuantos vociferantes y nada dialogantes postulan y exigen que Cataluña sea una nación independiente, mientras que otros, una gran mayoría, callan y no se manifiestan. Ignoran estos también que a su nación tienen que defenderla. Que la nación que se quiere inventar esa minoría tendenciosa y poco respetuosa de la ley aún no existe, precisamente por el peso muerto que los callados representan. Eso lo saben los primeros, y si alguna vez consiguen la independencia, lo que les urgirá en primer lugar será desterrar, convencer o hacer desaparecer físicamente a los que no comulguen con su ideal revolucionario. Por eso han de manifestarse ahora, por eso han de demostrar a esa minoría creciente que no están dispuestos a dejarse llevar al matadero por esos exaltados mentirosos que se quejan de no sé cuántos heridos en su «justa lucha» en contra de una «policía fascista», que sin embargo desconocen los hospitales…

 

Y yo me pregunto por qué el gobierno calla. Por qué no se adoptan medidas. No tanto del artículo 155 que parecen desconocer todos, pues no regula la suspensión de la autonomía, sino que dice que «Si una Comunidad Autónoma no cumpliere las obligaciones que la Constitución u otras leyes le impongan, o actuare de forma que atente gravemente al interés general de España, el Gobierno, previo requerimiento al Presidente de la Comunidad Autónoma y, en el caso de no ser atendido, con la aprobación por mayoría absoluta del Senado, podrá adoptar las medidas necesarias para obligar a aquélla al cumplimiento forzoso de dichas obligaciones o para la protección del mencionado interés general». Es posible, pues, que la aplicación de este artículo de la Constitución Española pueda aplacar el independentismo irresponsable en Cataluña. O puede que no.

 

Pero tanto hablar del artículo 155 ya me mosquea un poco. Me huele a eufemismo, para no hablar del 116. Quizá el gobierno de España esté esperando que sí se promulgue la Declacaración de Independencia Unilateral por parte de Puigdemont y los demás, para que se genere así una situación mucho más grave, en la que quepa utilizar al artículo 116 de nuestra Carta Magna, en cuyo punto 4 dice: «La declaración de estado de excepción puede generar importantes efectos sobre diversos derechos fundamentales, dentro de los términos fijados por el art. 55.1 CE y la propia LO 4/1981. Así, la autoridad gubernativa puede proceder a la detención por un máximo de diez días de toda persona de la que existan sospechas fundadas de que va a provocar alteraciones del orden público, informando de ello al juez dentro de las veinticuatro horas siguientes y con respeto de las garantías al detenido establecidas en el art. 17.3 CE y del procedimiento de habeas corpus del art. 17.4. Asimismo, decretada la suspensión del art. 18.2 CE, la autoridad gubernativa puede disponer inspecciones y registros domiciliarios para el esclarecimiento de hechos presuntamente delictivos o el mantenimiento del orden público, con la asistencia del titular o el encargado de la casa o, en su defecto, un familiar mayor de edad, si se hallaren presentes y, en todo caso de la de dos vecinos, levantando acta escrita de las circunstancias del registro.» O sea, que se necesita el 116 para proceder a la detención y encusamiento de todos los perpetradores de esta traición a España que estan anunciando que van a cometer. Porque ya sabemos que amenazar de muerte a alguien es una falta, pero matarla es un delito.

 

Pero Puigdemont lo sabe, y por eso empieza a dilatar la cosa. Quería que España invadiera Cataluña como hicieron los ingleses en Escocia hace siglos, cuando entraron a sangre y fuego en varias ocasiones. Porque Escocia sí fue un estado, país y nación independientes en el pasado, a diferencia de Cataluña, que siempre fue un territorio en poder los Reinos de Aragón, Francia, el Islam y España, pero nunca independiente de verdad. Mienten en la escuela, en los periódicos y en la televisión, pero al revés de lo que creyeran Lenin y Goebbles, la repetición 'ad infinitum' de la mentira no la acerca a la verdad, aunque los engañabobos así lo crean.

 

Siento un profundo desprecio por el independentismo y una pena infinita por los independentistas. Porque ansían estar solos en el fondo del abismo en lugar de compartir la soleada cumbre de la libertad con otra gente.

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