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César Valdeolmillos.
Martes, 10 de octubre de 2017
césar valdeolmillos

¿Habremos aprendido los españoles a querernos?

Una flecha sola, puede ser rota fácilmente,

pero, muchas flechas son indestructibles”

Gengis Kan


 

[Img #15276]Confieso que escribo estas líneas desde la emoción.

 

Desde la emoción de ver a españoles de muy distintos puntos de nuestra geografía, defender juntos su amor a la Patria común que les vio nacer.

 

Desde la emoción de ver como expresan su deseo de convivir unidos en el respeto mutuo al pluralismo de nuestra cultura, nuestra historia y nuestras ideas.

 

Desde la emoción de comprobar cómo se abrazaban personas que no se conocían, pero que buscaban el sendero que les llevase a alcanzar un futuro común y solidario.

 

Desde la emoción de ver a cientos de miles de personas, unidas por un símbolo común: la bandera española, que nos hace hijos de un mismo país, nos otorga los mismos derechos, nos dice quiénes somos, de dónde venimos, cuál es nuestra historia —ese áspero libro escrito con la sangre de nuestros antepasados— a los cuales, ni debemos, ni nos es dado renunciar, porque el pasado es el que es, y nada ni nadie puede cambiarlo.

 

El 1-O, pasará a la historia como el día de la vergüenza, del descrédito, de la deshonra y la degradación del nacionalismo catalán.

 

El 8-O, solo siete días después, pasará a la historia como el día en el que esa mayoría desamparada y silenciosa, perdió el miedo, y cientos de miles de personas, mostraron a los independentistas y al mundo entero, que estaban en contra del proceso de independencia de Cataluña, al congregarse en torno a la plaza barcelonesa de Urquinaona.

 

En medio del drama social que ha provocado en Cataluña el nacionalismo, en esa manifestación solo encontramos el calor sincero de miles de españoles que se trasladaron desde otros lugares de España, con el único deseo de acompañar y decir a todos los catalanes que querían seguir siendo españoles, que en su empeño no estaban solos.

 

Los catalanes que han venido sufriendo en silencio la discriminación, la xenofobia, el acoso y el veto de los nacionalistas, han tenido la oportunidad de sentirse queridos y arropados por el resto de sus compatriotas.

 

Pero de haber llegado a esta triste situación, todos somos responsables. Los primeros, los que llevan más de un siglo practicando el fascismo excluyente, inoculando el veneno de su delirio nacionalista a niños, ingenuos e iletrados.

 

Culpables son quienes a cambio de su apoyo político en el Parlamento Español para poder gobernar, accedieron a traspasarles unas competencias —como las de educación y fuerzas de seguridad— que en base a la experiencia que nos muestra la Historia, jamás hubieran debido de estar en sus manos.

 

Responsables son los sucesivos gobiernos del PSOE y el PP, por haber estado ausentes en Cataluña, cuando los dirigentes nacionalistas que durante casi cuarenta años, han venido ignorando las leyes y vulnerando flagrantemente la Constitución española. Tienen razón los catalanes que respetan nuestra Ley de leyes, cuando se lamentan por haberse visto abandonados a su suerte por parte del Estado.

 

Sí, porque los gobiernos del PSOE y los del PP, no solamente no ponían remedio a las ilegalidades que cometían las autoridades catalanas, sino que ni siquiera se daban por enterados de lo que allí pasaba.

 

Y todo por unos pocos de votos.

 

Es incierto que por encima de la Ley no haya nada ni nadie. La realidad nos dice todo lo contrario. El proceder de todos los gobiernos de la nación con respecto a lo sucedido en Cataluña en los últimos cuarenta años, nos demuestra, que por encima de la Ley, está la conveniencia política.

 

Es responsable, la alta y poderosa burguesía catalana, que tradicionalmente ha apoyado, cuando no financiado, el independentismo, y que ahora que ve como los clientes les abandonan y como el valor de las acciones de sus empresas pierden vertiginosamente su valor en bolsa, son los primeros en salir despavoridos de Cataluña hacia cualquier punto de España, para poner a salvo sus intereses.

 

Ese es el amor a Cataluña de esa burguesía que fundó el nacionalismo para conservar unos privilegios cuasi medievales que les servían para seguir explotando a sus propios conciudadanos; una burguesía que recibió entusiásticamente a Franco cuando sus tropas entraron en Barcelona; una burguesía que se enriqueció aún más con el trato de favor que el dictador dispensó a Cataluña, auspiciando la instalación en su suelo de la Seat, la industria petroquímica, las centrales nucleares de Ascó y Vandellós y el establecimiento de aranceles y ayudas que protegían sus manufacturados frente a otros productos extranjeros y españoles; una burguesía que viendo el riesgo al que exponía a Cataluña el insensato proyecto nacionalista, ha estado, no ya callada, sino apoyándolo, y ahora —como las ratas— cuando atisba que el barco comienza a hacer agua, es la primera en abandonarlo.

 

El domingo, esa mayoría silenciosa del pueblo catalán que lleva tantos años prisionera de la ideología nazionalista, alzó su voz y dijo NO al independentismo; dijo NO a la partición de España; dijo NO al odio inculcado en las escuelas, en las instituciones y en la propia sociedad; dijo NO a la xenofobia; dijo NO a separarse de Europa y sus instituciones; dijo NO a ser una isla en el concierto internacional.

 

El 8-O, esa mayoría silenciosa por fin se atrevió a alzar su voz y atronó al mundo, y no se vio sola. De toda nuestra geografía se trasladaron miles y miles de españoles para acompañarles en su legítima reivindicación, para arroparles en la recuperación de unos derechos que el nazionalismo les había arrebatado, para darles su calor, para hacerles patentes su cariño.

 

Allí, en esa comunión de españoles de buena voluntad que quieren convivir en paz y compartir un proyecto común de país, brillaron por su ausencia las etiquetas con las que ridículamente, y por desconocimiento, nos motejamos habitualmente con apelativos con los que acostumbramos a estigmatizarnos. En Urquinaona, no había ni vagos andaluces, ni catalanes peseteros; vascos rudos o levantinos falsarios; gallegos astutos o maños tozudos; castellanos sombríos o extremeños desarraigados. No había distinciones entre ese millón de personas que acudieron a manifestarse. Todos iban animados por un mismo sentimiento. Querían seguir siendo catalanes, extremeños o andaluces, pero españoles.

 

Viéndoles a todos juntos y unidos en torno a un mismo afán, no pude por menos de recordar aquella frase llena de amor por su país, que hace ya 40 años escuché de labios de ese gran presidente que fue Adolfo Suárez, y se convirtió en el Norte de mi pensamiento político.

 

  • Ya va siendo hora de que los españoles empecemos a querernos.

Es posible que hayamos tardado cuatro décadas, pero viendo a ese millón de españoles unidos por su bandera, me pregunto:

  • ¿Habremos aprendido ya los españoles a querernos?

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