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Antonio Marchal-Sabater
Lunes, 16 de octubre de 2017

Un golpe de Estado sin armas

Como escritor que soy de novela negra y lector de varios periódicos, incluidos los de las páginas sepia, he desarrollado una teoría de la conspiración respecto a la reunión de Rajoy Brey con Pedro Sánchez durante la mañana del pasado 11 de octubre de 2017, con relación al tema catalán.

 

Veamos:

La conclusión de esa reunión es la aplicación del art 155 a la Generalitat, algo que ni uno ni otro se habían planteado aún y un acuerdo para reformar la Constitución en breve y sobre todo nuestro sistema de división territorial.

 

Al oír eso tengo que reconocer que me han saltado todas las alarmas, no porque yo crea que la Constitución está bien como está, que no es eso, sino que me ha extrañado sobre manera un acuerdo tan rápido en decisiones que ambos han rechazado por separado, pero reiteradamente.

 

Ni Pedro estaba por la aplicación del 155 ni Rajoy por la reforma de la Carta Magna o al menos no por la reforma de la organización territorial.

 

¿Qué ha sucedido entonces? ¿La declaración suspendida de independencia de la República Catalana? Sinceramente no lo creo. Ese ha sido el subterfugio, y no me sorprendería que ideado y dirigido por la Troika europea que nos dirige desde 2012 y a cuyo frente se encuentra la Señora Merkel.

 

Creo que todo lo que está sucediendo obedece a una hoja de ruta diseñada por estos y avalada por el IBEX 35, con la que Rajoy y Sánchez han tenido que transigir, sí o sí, tras la decisión del Reino Unido de abandonar la UE, la injerencia rusa en Europa y el resultado menos afín a la Europa de subvenciones de las últimas elecciones alemanas.

 

Es sabido que a la Unión Europea y menos a Merkel, que al fin y al cabo es quien nos finanza, no le gusta nuestro sistema de autonomías, un gigante descontrolado por el que dilapidamos nuestra fortuna y la de nuestros vecinos sin control alguno.

 

El sistema autonómico representa un despilfarro anual de más de 120.000 millones de euros, aproximadamente el 12% de nuestro PIB. Sin embargo, la oligarquía política se opone radicalmente a desmontar esta gigantesca estructura que ha levantado en su exclusivo beneficio, escapando de las manos de los españoles el poder de cambiar este expolio de proporciones épicas.

 

No son pocos los economistas de renombre en todo el mundo, por citar alguno nombraré a David Spengler, que han acreditado que, sin estas, España no hubiera necesitado rescate económico alguno y le han aconsejado públicamente a la Canciller alemana que exija su fin.

 

España, con una deuda pública total próxima al 118 % del PIB oficial, un déficit estimado en más de 110.000 millones de Euros, hace tiempo que superó el punto de no retorno, y ocurre que sólo la Canciller alemana es la líder más cualificada de Occidente para acabar con una situación que de no solucionarse supondrá la ruina, no solo de España sino tal vez el fin de la zona euro.

 

¿Cómo se evita eso? bastaría exigir, condicionando a ello cualquier ayuda, la reforma radical de las instituciones territoriales responsables de los dos tercios del gasto público.

 

Es absolutamente inaceptable —citando de nuevo a David Spengler—, tanto social como económicamente, que la UE y el FMI exijan a España que suba impuestos y recorte prestaciones, sin antes acabar con el despilfarro autonómico.

 

Y se pregunta en ínclito economista: ¿Cómo se puede subir el IVA y recortar pensiones y mantener 30.000 coches oficiales o dos millones de empleados públicos inútiles? Las nefastas consecuencias de tal política destruyen la economía productiva del país y las familias, mientras mantienen intacta la improductiva.

 

Y es precisamente ahí donde la Sra. Merkel ha centrado su política hacia los españoles, que lo creamos o no, necesitamos desesperadamente su ayuda ¿Por qué?

 

España estuvo gobernada durante más de siete años por un presidente muy poco cualificado, el Señor Zapatero. Puso sus ilusiones en el cambio de gobierno, pero estas no se han producido.

 

Mariano Rajoy se ha revelado un fracaso total. Ni tiene coraje, ni tenía un plan ni intención alguna de tenerlo, toda su gestión ha resultado una auténtica tragedia.

 

Ambos presidentes, auxiliados por el aparato de sus propios partidos, han funcionado exclusivamente como una oligarquía.

 

España tiene 450.000 políticos, cuatro veces más por habitante que toda la UE, todos ellos basan sus actuaciones en sus intereses comunes y nunca como partidos de Estado.

 

Para ellos son más importantes sus ventajas partidistas y personales que los intereses de la Nación, lo que los lleva a mantener a toda costa un modelo de Estado cuyo nivel de despilfarro y de corrupción solo puede acabar en la ruina.

 

Esta división actual de la nación en 17 autonomías territoriales, totalmente contrarias a la Historia y a la realidad objetiva de España, cuyas competencias duplican a las de los Estados Federales, son el vehículo con el que la oligarquía política española ha ido colocando a sus familiares, amigos y correligionarios en puestos públicos.

 

Han creado para ello el equivalente a 17 mini Estados con todos los órganos propios de estos: 17 Parlamentos, 19 televisiones públicas (todas rescatadas), 23 Universidades sin alumnos que las justifiquen, 22 aeropuertos con 300 pasajeros/mes, algunos ninguno, pasando por infraestructuras absolutamente ruinosas.

 

A todo ello se unen 8.200 Ayuntamientos, cuando no justifican su existencia más de 3.000, todos ellos con niveles de despilfarro inauditos. Esta rémora del empleo público nos ha llevado a donde estamos.

 

Primero colocaron a decenas de miles, luego a cientos de miles y hoy totalizan dos millones de empleados públicos nombrados a dedo —dicen los expertos que esta es la causa principal del brutal nivel de desempleo, pues por cada empleo público se destruyen 2,8 puestos en el sector privado—.

 

Para no tener que dar explicaciones a nadie, nuestros próceres crearon hasta 3.000 empresas públicas, la gran tapadera del despilfarro, una inmensa telaraña de ocultación de deuda y corrupción en las que han empleando a 400.000 personas amigas, con sueldos un 35% superiores a la media del sector privado.

 

Este despilfarro ha provocado la mayor crisis bancaria de nuestra historia, pero no el único. El 54% de los depósitos de la banca se concentraba hasta el año 2.000 en las cajas de ahorro, ese referente de las clases humildes españolas durante casi dos siglos.

 

El nuevo orden territorial implantado con la Constitución del 78 convirtió estos Entes en el botín preferido de los presidentes autonómicos, que impondrían a personas políticas afines a ellos, no profesionales, al frente de las mismas para disfrutar de un poder económico casi ilimitado.

 

Un hatajo de irresponsables corruptos, interrelacionados política y económicamente con los presidentes autonómicos que les garantizaría, durante más de 30 años, la no intervención del Banco de España y la ocultación de la realidad de sus balances.

 

Estos Entes financiarían después los proyectos inmobiliarios más inauditos, que junto con las grandes obras públicas llevarían a la quiebra a la mayoría de estas instituciones bicentenarias en solo ocho años.

 

Una vez descubierto el despropósito, no hay secreto que no llegue a saberse. PP, PSOE y nacionalistas varios, sellarían un pacto de silencio para que ninguno de los responsables de tamaña catástrofe fuera procesado.

 

—Recuerde el lector la última fechoría que al respecto protagonizaría el Sr. Rajoy, de acuerdo con el PSOE, al no destituir al Gobernador del Banco de España por grave incumplimiento de sus obligaciones ¿a cambio de qué? Pues de su silencio.

 

Todo este maremágnum de despropósitos ha llevado a España al nivel de endeudamiento público y privado más elevado del planeta, una cantidad que jamás podrá ser devuelta.

 

Mientras tanto la deuda pública ha seguido engordando, en parte gracias a la actitud absolutamente irresponsable del BCE, cuyos préstamos se entregan sin control alguno para financiar el gasto corriente y los agujeros bancarios.

 

Sin embargo, ni un euro de esos va a la economía productiva, lo que condena a varias generaciones consecutivas de españoles al paro. El rescate bancario ha sido insuficiente porque se ha infravalorado la morosidad —la real es doble de la oficial—.

 

El último invento diabólico ha sido el rescate bancario, Un círculo vicioso de bancos quebrados, comprando deuda con el dinero del BCE para mantener un Estado quebrado, que a su vez se endeuda para salvar a estos mismos bancos quebrados —No se endeudan ellos, nos endeudan a los españoles—.

 

En estas condiciones, las actuales, sólo la actuación simultánea sobre el sistema financiero, cerrando los bancos inviables y cambiando de modelo de Estado, puede salvarnos.

 

Sin embargo, si se hace de forma indiscriminada, reduciendo salarios y prestaciones y subiendo impuestos, sin cortar de raíz los focos de despilfarro y manteniendo intactos los 450.000 políticos, parásitos sociales en su mayoría, que nos han llevado a la ruina, el resultado será un desastre histórico y la miseria y el hambre para millones de españoles durante generaciones.

 

Y es aquí donde la Señora Merkel, única persona que hasta las últimas elecciones alemanas estaba en condiciones de ayudarnos, sospecho que ha injerido en nuestra política interna.

 

No debemos olvidar que su nuevo socio de gobierno la ha obligado a cerrar el grifo de los rescates a España si esta no acaba con la locura económica de su actual administración autonómica y local.

 

Ahora España tiene que acabar con el gasto inútil de los 120.000 millones de euros anuales antes citados que le cuesta la oligarquía política, parasitaria y corrupta de las autonomías, si quiere reducir su endeudamiento y crear empleo en relativamente poco tiempo.

 

Es evidente que, tras haber engordado al monstruo durante décadas, ahora es muy difícil matarlo, lo que nos obliga a evolucionar, y por muy antinatural que sea —España ya era un Estado Unitario en el siglo VI—, a una división controlada, a un territorio federal con normas de verdad que en nada se parecerá al autonómico actual.

 

Y en esas, queridos lectores, es donde estamos, aprovechando —quizá habiendo provocado e incluso dirigido— el dislate catalán.

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