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Elbia Alvarez.
Lunes, 6 de noviembre de 2017
Elbia Álvarez

Mi lugar en el mundo

[Img #15347]En los espacios de soledad voluntaria que a veces me permito, alguna vez me hago esas preguntas inútiles por su imposibilidad de respuesta ¿Por qué he venido a este mundo? ¿Qué sentido tiene la vida? ¿Qué sentido tiene mi vida? ¿Por qué tantos pequeños trabajos cotidianos que me quitan energía, tiempo y, con frecuencia, felicidad? ¿Para qué tantos afanes y deseos que me cuestan a veces la salud y la atención a las situaciones verdaderamente importantes? Tendría que definir lo que es verdaderamente importante para mí, pues para otra persona probablemente no lo es.

 

A veces lo mido en el tiempo que paso esperando. En la cola para comprar el pan –las colas dan mucho de sí -, en la consulta del médico, la espera de un trabajo que me han prometido, la espera a que me somete una operadora mecánica –siempre es femenina-, cuando llamo a Movistar y me dice 200 veces que no cuelgue, que están revisando el problema; la espera en la parada del autobús, la espera en el aeropuerto, la espera de alguien con quien he quedado ¿Cuánto tiempo de mi vida paso esperando?

 

Entre esas preguntas inútiles una que me perturba especialmente es ¿cuál es mi lugar en el mundo? Esta pregunta es una consecuencia de un sentimiento pertinaz y duradero de extrañamiento, de no pertenencia, de no sentirme comprendida o de aislamiento involuntario.

 

Cuando me viene todo esto a la cabeza y lo voy asimilando mentalmente, si es que es posible, y, al final, agotada, me digo: “Estoy”, “estoy”, “estoy”. Ya es suficiente. Y paso a otro tipo de meditaciones y ensimismamientos.

 

Estamos que no es poco. Frase que escucho con frecuencia. Y vuelvo a las andadas de las preguntas inútiles: “Poco ¿para qué?”

 

Estos días que no he podido escribir porque no he parado de resolver problemas y dejo de hacer las cosas que me gustan: no escribo, no pinto, no estoy en silencio, no veo lo que pasa a mi alrededor, no percibo detalles insignificantes de las personas que están más cerca de mí y que me sugieren cómo están, qué les pasa, si se encuentran bien.

 

Así que exprimiendo mi cerebro y sintiendo ideas contrapuestas he llegado a la conclusión de que mi lugar en el mundo es el lugar que yo ocupo física y emocionalmente.

 

Cuando estoy quieta, en una cola por ejemplo, ocupo físicamente 1,70 de alto x 0,60cm. de ancho x 0,30cm. de profundidad. Más o menos. Cuando camino ocupo la medida del paso. Cuando converso con mis amigos, familiares, pareja, ocupo las emociones que intercambiamos. Enfado, alegría, amor. Y luego me las llevo a casa puesto que son relaciones que vertebran mi vida. Cuando hablo en mi trabajo, con dos o a cien personas ocupo todo el espacio físico, al igual que cuando ellos me preguntan o se establece un debate de ideas. Según el tema que se suscite, la emoción será mayor o menor. Y se extenderá por los pasillos del edificio cuando todos salgamos: defraudados, contentos, sorprendidos. Las emociones por tanto amplían considerablemente el espacio físico que ocupo. Cuando lloro –y procuro siempre estar sola o, como mucho con mi pareja-, toda mi casa llora. Cuando odio, el sentimiento llega hasta donde esté la persona a la que detesto. Al lado de mi casa, en el despacho de enfrente o al otro lado del mundo. Cuando soy feliz, mi casa, mi trabajo, la calle, están contentos. Cuando soy feliz mis amigos, algunos compañeros de trabajo y personas más o menos conocidas, son felices. Y por tanto extienden esa alegría a sus lugares vitales y a las personas que a su vez quieren y aman. Y al revés también, por supuesto. Cuando ellos son felices, me llevo ese bienestar al lugar que habito, que trabajo, que paseo. Y de una manera natural y no forzada hago más feliz a los que quiero, me importan y me rodean.

 

Y así, se va tejiendo una red de sentimientos, positivos y negativos, que llega hasta no sé dónde y que ocupa y flexibiliza mucho más el lugar físico en el que me encuentro.

 

Estas relaciones se extienden a un nivel personal y por tanto a pocos individuos.

Lo que quiero decir, es que mi experiencia vital se reduce a un ámbito personal y laboral reducido. No se encuentra en grandes ámbitos sociales y jamás lo he buscado. Mi estatus social es el de una ciudadana normal, culta –mis padres se dejaron la piel trabajando para que tuviera una formación excelente-, con el dinero suficiente para vivir razonablemente bien. Sin palacios, coches, cinco televisiones, sirvientes, que no me hacen ninguna falta y por tanto no quiero tener. Económicamente tampoco me llegaría. Insisto, ni falta que me hace. Mis apellidos son Álvarez López. Y estoy muy orgullosa de ellos.

 

Y vuelvo a la pregunta inútil e inicial con la que comencé esta crónica.

 

¿Cuál es mi lugar en el mundo? Mi lugar está aquí y se produce ahora. Escribiendo. Y mi lugar en el mundo estará y se producirá en el lugar y en el tiempo donde y cuando ustedes me lean.

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1 Comentario
Fecha: Jueves, 9 de noviembre de 2017 a las 12:35
Anastasia
Suele ser el lugar en el mundo como dice la autora el lugar que ocupamos, pero sin embargo siempre hay posibilidades no escritas u ocultas que pueden cambiar nuestro destino en cualquier dirección. Esto es tambien parte de nuestro lugar en el mundo. Este mundo pese a su aparente anarquía es un lugar de mucho orden engañoso.
Cuando nacemos llevamos una programacion muy minuciosa de todas las enfermedades que podemos pasar (que nadie se haga el test de ADN porque se obsesionará con meros riesgos). Igual ocurre en los demás aspectos de la vida.
La libertad tiene mucho de ilusión o quimera.

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