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Elbia Alvarez.
Miércoles, 29 de noviembre de 2017
Elbia Álvarez

Madrid

[Img #15407]Se empezaron a escuchar voces desde el norte de España cuando empezaba la democracia en este país. Este año hemos cumplido 40 años de las primeras elecciones democráticas. Hay que vivirlo para creerlo. Pues nada semejante había ocurrido en nuestra historia.

 

Se empezaron a escuchar voces desde el norte de España.

 

Sólo dos repúblicas de “cinco” años cada una. La primera en el siglo XIX. Se desarrolla tras la constitución de 1869. Tiene altos y bajos y a Amadeo de Saboya por el medio y al general Serrano haciendo y deshaciendo. La segunda en el siglo XX con la constitución de 1931 como bandera. Los dos intentos de república en España tuvieron muchos problemas y algunos logros que, con el paso del tiempo, se demostraron demasiado adelantados para su época. No para el pueblo sino para sus gobernantes, enfrascados en luchas intestinas entre los diversos partidos políticos y el mandato del orden público encabezado siempre por el ejército.

 

En todo caso y en ambos casos, se nos dio a probar la libertad. Sufragio universal, libertad de enseñanza, libertad religiosa, derecho a asociarse y a reunirse… Hoy se da por hecho que estas libertades son normales. Tan impregnadas en la sociedad, tan obvias, que no lo valoramos. No nos damos cuenta. Pero no lo ha sido hasta hace 40 años. Hace dos días en términos históricos.

 

Y la soberanía residía en el pueblo representado tras elecciones en las Cortes.

 

Probamos la libertad, las libertades. Sólo un poquito, para que supiéramos lo que era. Y como a un niño cuando le das el segundo caramelo, lo va a tomar y se lo retiras, nosotros nos quedamos con ese regusto en la boca, con ganas de más.

 

Las dos repúblicas terminaron con el alzamiento de los generales.

 

Se empezaron a escuchar voces desde el norte de España.

 

Sería 40 años después, tras la muerte del dictador Franco, cuando la sociedad española quiere iniciar un camino democrático que dura ya 40 años. Porque necesita la libertad, porque quiere ser como los demás países, porque quiere tener un lugar en el mundo, porque quiere vivir.

 

Se empezaron a escuchar voces desde el norte de España.

 

Dicen los expertos que el pueblo español ha vivido mejor que nunca. En estos 40 años de democracia.

 

Al mismo tiempo que Juan Carlos I y Adolfo Suárez transitaban por un cambio durísimo, y después Felipe González, escuchábamos voces desde el norte de España.

 

“Madrid dice…”, “Madrid decide…”, “Madrid no entiende…” Siempre Madrid como sujeto activo de sus incomprensiones, carencias y dudas. Este mantra repetido durante 40 años, ha conseguido que, actualmente, me haga feliz ser madrileña. Este sentimiento me sorprende porque nunca antes en mi vida lo había tenido. No he necesitado ser de ningún sitio y menos alzar su bandera para caminar a gusto por Madrid, por España, por el mundo. Jamás lo había tenido.

 

No soy centralista, ni periférica. No estoy dentro ni fuera. No estoy arriba o abajo ¿En el centro? En el centro con respecto a qué. Pero en estos meses intensos, frenéticos y desasosegantes que estamos viviendo, ya me duele Madrid. Entre la sinrazón de los políticos de cualquier signo y lugar, me encuentro que he nacido en una ciudad maravillosa, abierta, cosmopolita, viva. Que, sin que ella se lo propusiera, cuenta con los mejores museos del mundo, con varios centros: financiero en el Paseo de la Castellana, castizo – si es que eso queda-, en Sol, Vistillas, aledaños del Río Manzanares –pequeño, “impropio” de una capital europea si comparo con París o Londres-, pero está ahí, a lo largo de siglos, milenios, eras, con una de las joyas, entre otras muchas, denominada la Ermita de San Antonio de la Florida. Pequeña iglesia en la que Goya pintó en el techo sus famosas “ángelas”. Goya. Uno de los pioneros del feminismo y para quien los ángeles tienen sexo. Madrid Río. Ahora uno de los ejes centrales de esparcimiento y cultura.

 

Y retomando el hilo, Madrid, también enriquecida con barrios de pueblo, donde conoces al farmacéutico, al panadero, al pescadero. De toda la vida. Madrid, sus noches estrelladas de alegría –con la que está cayendo-, de bares y clubs únicos, acogedores, sencillos o sofisticados, paseantes numerosos que transitan la ciudad a las tres de la mañana. Como si fueran las tres de la tarde. Hace años el titular de un artículo publicado en el periódico británico The Guardian enunciaba: “Madrid, la ciudad más hedonista de Europa”. Llegan aviones llenos de británicos de viernes a domingo porque en esta ciudad la noche no se acaba nunca. O llegaban.

 

Se escuchan voces desde el norte de España.

 

Recuerdo una novela de José Saramago. “La balsa de piedra”. La península ibérica se rompe por los Pirineos y empieza a navegar. Va hacia el norte. Los otros países no la quieren a su lado. Va hacia América del Sur. Tampoco la quieren. No recuerdo el final. La idea de Saramago es genial. Y me hace pensar en estos momentos de desconcierto y sin referencias a las que poder acudir.

 

Por primera vez en mi vida, y tengo 57 años, digo: soy madrileña. Gracias a los del norte por hacerme sentir madrileña. Ciudad en la que he nacido y en la que vivo.

 

Se escuchan voces desde el norte de España. Gritos, peleas, desprecios.

 

¿Por qué no venís a Madrid? Quizás se os quitan todas las dudas.

 

No sólo es la capital del reino. Es mucho más.

 

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