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Juan Eladio Palmis.
Lunes, 4 de diciembre de 2017
estafa tremenda

Cartagena, la sanidad un robo de trabuco

[Img #15420]Pero, aunque sea un robo de trabuco descarado, a los cartageneros no se les verá protestando salvo al roalico de aquellos que experimentan en sus carnes el dolor del familiar muerto mientras espera, por más de 124 días, ser intervenido en un hospital.

 

Y, probablemente, lo más triste es que sabemos que a nuestros mandamases y mandamasillos no les preocupa lo más mínimo tal asunto, porque para eso disponen del altar y sus sectas, y las subvenciones a los medios, para tener engañado pastando pacíficamente al personal, de un modo y manera que ya lo hubieran querido para sí los señores feudales en la baja o alta edad media.

 

Si realmente dispusiéramos de una ventanilla de reclamación donde el poder ejecutivo pudiera castigar tales desmanes de un modo efectivo y a iniciativa de ellos, el hecho de que dos hospitales públicos, el Naval y el Rosell, se dejen arruinar físicamente para engrosa las cuentas y los bolsillos de unos particulares, el sangrante robo, la estafa tan tremenda que representa semejante barbaridad, estaría ya solucionada y con ella el vergonzante y tremendo abuso del costo del aparcamiento en el hospital alquilado a los amichis de los amichis, que es una expresión a la vista (las cifras del alquiler son secretas, no para los bancos de los paraísos fiscales) de la clase de gente que nos roba el dinero.

 

Probablemente, a lo largo de la historia de la ciudad de Cartagena, nunca se haya dado el caso actual de que presumiendo que vivimos bajo el regimiento de un sistema democrático, las llamadas fuerzas vivas, en realidad fuerzas mafiosas que utilizan las marañas caciquiles y las que apacientan y distraen desde el altar, los recursos públicos se desaprovechan, se destruyen, en claro beneficio de unos particulares que no pusieron ni un euro a la hora de construir el llamado hospital de Santa Lucia, ni aún para inscribírselo a su nombre en el registro de la propiedad.

Una ciudad que sigue viviendo y actuando como si con decir a modo de disculpa que para qué va a dejar la partida de dominó si todos los políticos son iguales; que para qué va a ir a una concentración si solo van cuatro gatos y siempre los mismos; y que él no cree en los curas, pero a su santo o a su santa que no se lo toquen, y vive con entera apatía todos y cada uno de los actos básicos que conjuntan la existencia democrática gregaria, solo puede llegar a donde se ha llegado en Cartagena: a ser una ciudad sucia, decadente, manejada desde fuera, agobiada por el paro, pero muy feliz porque esos parámetros no los lee ni los escucha en medio de comunicación alguno el cartagenero.

 

Creo que habría que establecer un premio tipo record para que se investigara si existe en todo el mundo una ciudad tan sumamente rica como para dejar que se pudran dos centros hospitalarios públicos, tan solo por el celo de llenar los bolsillos de los amichis, y a los responsables de tal ademán, premiarlos con cargos políticos donde viven como reyes; con la única condición de que no se olviden de sus compromisos con el clero.

 

Tenemos en pie y cobrando, y cobrando bien, una pléyade de políticos, de organizaciones y demás escaparates que velan porque todo discurra solidaria, justo y democráticamente, pero como han descubierto que en Cartagena lo único que preocupa a la gente en general es seguir insistiendo en que es una ciudad trimilenaria, que los de Murcia capital son unos paletos acaparadores, hacen lo que les da la gana sin rendir cuentas a nadie.

 

Todo reducido a los campos y resultados del futbol.  

 

Salud y Felicidad.

   
   
   
 
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