Aviso sobre el Uso de cookies: Utilizamos cookies propias y de terceros para mejorar la experiencia del lector y ofrecer contenidos de interés. Si continúa navegando entendemos que usted acepta nuestra política de cookies. Ver nuestra Política de Privacidad y Cookies
Elbia Alvarez.
Miércoles, 20 de diciembre de 2017

Cuento de Navidad

[Img #15443]Simón se detuvo, fatigado, en el rellano de la tercera planta. Le quedaba otro tramo de escaleras para llegar a la cuarta. Se detuvo. Y volvió a pensar por enésima vez, si lo que estaba haciendo tenía sentido. Si era una locura. Respiró profundamente y comenzó a subir lentamente las escaleras. Llegó a la cuarta planta. Había cuatro puertas. Identificadas por las letras A, B, C y D. Instintivamente empezó por la A. Llamó al timbre. Esperó. Nadie abría. Esperó y se secó con su pañuelo el sudor de la frente. Se secó los labios. Parecía no haber nadie en la casa. Llamó al B. Esperó. Tras unos segundos que parecieron horas oyó los pasos lentos y cansados de alguien que arrastraba los pies. Esperó. La persona que habitaba ese piso escudriñó por la mirilla. Simón se sintió observado. Hasta que escuchó una voz vieja y cascada que dijo: -Ya vienen a venderme algo-. Y gritó: -¡Déjenme en paz! ¡Maldita Navidad!-. Empezaron a escucharse los pasos arrastrados hacia la lejanía. De repente dejaron de sonar. La voz, estridente y desagradable, se oía en todo el edificio. -¡Maldito el año entero, que siempre están queriendo venderme algo!-. Y los pasos se alejaron hasta que dejaron de escucharse.

 

Simón volvió a secarse el sudor. Respiró con desaliento. Se sonó la nariz.

 

Llamó al C. Le abrieron inmediatamente. Era una mujer china. Simón iba a empezar a disculparse cuando ella empezó a hablar en chino muy deprisa y gesticulando con las manos negativamente. Cerró la puerta en cuanto terminó de hablar.

 

Simón se secó una lágrima que le caía de sus ojos grandes, reducidos levemente por unos párpados hinchados. No sabía si la lágrima era de dolor o de frío. Pleno Diciembre en Madrid. Nevando todo lo que no había nevado en seis años.

 

Llamó a la puerta D. Decidió que este sería el último intento. Esperó. Un perro pequeño empezó a ladrar estrepitosamente. -Calla Lana, calla. Haces más ruido que la taladradora de un albañil-. Miró por la mirilla y preguntó -¿quién es?-

 

Simón dudó. -¡Simón!-, -No conozco a ningún Simón. Ha debido de equivocarse-. Simón reconoció la voz. Se enderezó, estiró el abrigo y dijo con una voz más alta de lo habitual, temiendo que no le oyeran: -Simón Martínez Iznaola-. Tras la puerta se hizo un silencio sorprendido, temeroso, quieto. Hasta la perrita lo respetó. Simón esperó. El silencio tras la puerta se alargó el tiempo necesario para que Carmen comprendiera quién era. Abrió la puerta temblorosamente. Y los dos hermanos quedaron el uno frente al otro mirándose, percibiendo el envejecimiento del otro, que era el suyo propio. Como si se estuvieran mirando al espejo. Fijamente, sin pestañear, esperando que el otro hiciera o dijera algo.

 

Carmen abrió la puerta del todo: -Pasa, pasa…-, mientras con un paño de cocina se secaba una lágrima que no quería que su hermano advirtiera. Simón entró y se quedó parado. Carmen, emocionada y aturdida, comenzó a hablar sin parar: -Quítate el abrigo, pasa a la sala y siéntate-. Simón así lo hizo y Carmen lo colgó en el perchero del recibidor. Llegó a través de un breve pasillo que sólo conducía a la sala. Se sentó en la mesa camilla y miró la estancia. Había pocos muebles, las paredes blancas, un ventanal enorme por el que entraba una luz brillante, muchas plantas y dos o tres adornos de mucho gusto, pensó, que hacían de la estancia un espacio acogedor y sincero.

 

-¿Quieres un café, un vino, un trozo de tarta que he preparado para esta noche?-,

 

-Un café, por favor-.

 

Carmen se fue disparada a la cocina. Estalló en lágrimas. Procuraba ahogarlas abriendo la ventana y tapándose con el paño para que su hermano no la oyera. Pero Simón la oía. Y se deshizo en un llanto que procuró empapar y ahogar en su pañuelo para que su hermana no lo escuchara.

 

Carmen entró en la sala llevando dos cafés en una bandeja. Simón miraba fijamente hacia el gran ventanal.

 

-¿Quieres azúcar?-

 

Simón no contestó. Carmen puso azúcar en su taza y acarició a Lana, que no entendía nada de lo que estaba pasando y no sabía si ladrar, irse a su capazo o ponerse al lado del radiador.

 

-Anda, déjanos tranquilos-, le dijo Carmen acariciándola. Lana se fue al lado del radiador y tras un suspiro infinito de queja por no ser el centro del universo, se durmió.

 

-¿Cuántos años?-, preguntó Simón, pensando en alto. Carmen miró para otro lado. Luego revolvió su café y empezó a beberlo. Despacio. Pensativa. -¿Cuántos años?-, volvió a decir Simón. Carmen no decía nada. Tomaba su café. -¿Cuarenta?, ¿Cincuenta?...-

 

-Cincuenta y dos-, dijo Carmen. Simón la miró y bajó los ojos.

 

-Cincuenta y dos-, dijo Simón, mirando otra vez al ventanal. La cifra le parecía inverosímil. -Lo sabes con exactitud-.

 

-Cuento las cosas, el tiempo…-

 

-¿Cómo se puede contar el tiempo?-, preguntó él.

 

-Cuento los años y los meses. Nada más-.

 

Simón inició una sonrisa triste. -¿Nada más?-

 

-Cuento los años que no veo a mi hija ni a mis nietos, los años que han pasado desde que se murió mi hijo, desde que se murió mi marido. Cuento los años que corresponden a las personas que me importan, su presencia, su ausencia…-

 

-Su ausencia…-, dijo Simón, como si estuviera hablando solo, -su ausencia…Mi mujer me dejó hace treinta años, más o menos, no recuerdo con exactitud, mis hijos me arruinaron y se fueron… Creo que tengo algún nieto…-

 

-¿No sabes si tienes nietos?-, preguntó Carmen, sorprendida.

 

-No, no lo sé. Bueno, de oídas. Dos nietos varones-. A Carmen no le pareció oportuno preguntar el motivo.

 

Simón empezó a tomar el café. Miraba a su hermana. “¡Qué guapa es, Dios mío! Con esos ojos azules que parece que te está mirando el cielo en un día de verano a las ocho de la tarde, tímidos, pudorosos, temerosos de estar haciendo algo malo, la mujer más buena del mundo, con una boca perfecta porque es dueña de sus silencios y de sus palabras. Y ese pelo blanco ondulado en una melena corta que es la sombra de un ángel.” Carmen bajó los ojos cuando sintió que su hermano la estaba mirando extasiado, como nadie la había mirado hasta ahora, como ningún hombre la había mirado jamás, más allá de una mujer sensual y preciosa, como ninguna mujer la había mirado nunca, más allá de la envidia, de los celos, de la compasión. Su hermano la estaba mirando por primera vez en su vida como lo que realmente era. La persona. El ser humano.

 

Simón se dio cuenta de que estaba poniendo a su hermana en una situación que ella no comprendía. Pensó, “si fuera capaz de decírselo…” y en cambio, para deshacer ese momento, que no podía expresarle y quizás la incomodaba: -¿Me das otro café?”

 

-¡Claro!-, dijo ella. Y salió corriendo hacia la cocina. Donde volvió a llorar como si no hubiera llorado nunca. Y Simón en la sala volvió a llorar como si no hubiera llorado nunca.

 

Carmen volvió con otra taza de café humeante y se la puso al lado de la primera taza que apenas había bebido.

Simón puso azúcar y bebió el café despacio, saboreándolo, calentando sus manos frías. Llenas de manchas, vertebradas por venas, fuertes y delgadas, observó Carmen. Simón tomó todo el café.

 

-¿Te molesta que fume?-,

 

-¡Claro que no!-, y salió corriendo para traer un cenicero. Desde que había llegado él estaba tensamente quieta, o corriendo, o llorando. Simón encendió el cigarrillo con manos temblorosas. Aspiró y exhaló el humo con gran placer. Se sintió tranquilo por primera vez en mucho tiempo, años, décadas. Su hermana tenía ese don precioso de transmitir serenidad. Le dio valor para preguntar lo que más miedo le daba: -¿Por qué nos enfadamos?-

 

-No me acuerdo-, contestó Carmen.

 

-Recuerdas los años con mucha precisión y ¿no recuerdas el motivo?-,

 

-Yo sé contar el tiempo pero no puedo recordar las decisiones que tomamos-. Se levantó y fue a la cocina, esta vez caminando. Volvió con otra bandeja en la que llevaba una botella de vino y dos copas. La bandeja no cabía en la mesa, ocupada por la de los cafés, las tazas, el cenicero y la planta que siempre tenía en esa mesa y que cuidaba con esmero y gusto. Simón se levantó apagando el cigarrillo y se llevó a la cocina todo lo que no hacía falta para beber el vino. Desplazó la planta hacia un lado. “No recuerdo que nadie alguna vez me ayudara a quitar la mesa”, pensó Carmen mientras servía las copas. Brindaron y se tomaron el vino de un trago. Suspiraron a la vez. Se miraron. Y empezaron a reírse. Primero suavemente. Luego a carcajadas.

 

Cuando se calmaron Carmen cogió su copa vacía: -¿Te acuerdas de estas copas?-

 

Simón la miró interrogante.

 

-Las que han sobrevivido de la cristalería de mamá-

 

-¡Es verdad!, ¡qué cenas de Nochebuena preparaba, estábamos todos juntos, éramos una familia grande!”

 

-!Y a los más pequeños nos mandabais a la cama demasiado pronto, y nosotros hacíamos que nos acostábamos y luego nos levantábamos y cantábamos y bailábamos la navidad en nuestros dormitorios!-

 

-Y nosotros os escuchábamos desde abajo-

 

-¿Si?”

 

-¡Claro!, ¿creías que no nos enterábamos?”

 

-¡Sí, claro que lo creía!...- Pensativa: -Y, ¿por qué no nos decíais nada, no nos regañabais?-

 

-Porque cantabais tan bien que nos quedábamos escuchando vuestra alegría y nos poníais más alegres a nosotros. Sin saber porqué, éramos más felices cuando os escuchábamos cantar. Sin saber porqué…-

 

Vuelven a reírse, a recordar. Carmen sirve más vino en las copas. Brindan. Exclaman a la vez: -¡Nos vamos a emborrachar!- Y ríen a carcajadas. Se toman el vino de un trago. Ríen. Miran las copas de vino vacías.

 

Acude la melancolía, el silencio, la añoranza.

 

Simón enciende otro cigarrillo. Carmen sigue mirando la copa.

 

-¿Sabes qué día es hoy?-, pregunta ella.

 

Inesperadamente él afirma: -Nochebuena-

 

-¡Vaya!, de eso sí te acuerdas-

 

-En el fondo soy un sentimental-. Ríen.

 

-Lo malo es que nunca lo he hecho notar. Quizás…-

 

Carmen le corta: -¡No, no, no!, No empieces con el ‘si hubiese, si hubiera’, esos términos los he quitado de mi vocabulario. Me hacen daño-.

 

Simón la mira con lágrimas en los ojos. Ella, con lágrimas en los ojos, le coge la mano. -Nos queda poco tiempo, ¿por qué no nos lo pasamos bien?-.

 

Simón aprieta la mano de su hermana. Muy serio: -O mucho-.

 

Carmen, asustada: -Mucho qué, ¿Simón?-

 

-Mucho tiempo, Carmen… ¡Para pasárnoslo bien!- Ríen a carcajadas.

 

-Y…, y… -entre hipidos-, lo más bonito… Lo más bonito ¿sabes lo que es?-

 

-¡Vamos, que me tienes en ascuas!-

 

-Hacía tanto tiempo que nadie me llamaba por mi nombre…-

 

-Y a mí, es verdad, ¡qué raro se me hace que me llamen por mi nombre-

 

-Primero que me llame alguien, y después que lo haga por mi nombre. Vuelve a llamarme por mi nombre, por favor-,

 

-Simón-

 

-!Más alto!-

 

-!Simón!-

 

Simón la mira y le coge la cara por las mejillas: -Carmen, Carmen-.

 

Se abrazan despacio, durante mucho tiempo.

 

Así, apoyado el uno en el otro, dicen a la vez: -Que te llame alguien… ¡y lo haga por tu nombre!-

 

“¡El mejor regalo!”

¡Deje su comentario!
Normas de Participación
Esta es la opinión de los lectores, no la nuestra.
Nos reservamos el derecho a eliminar los comentarios inapropiados.
La participación implica que ha leído y acepta las Normas de Participación y Política de Privacidad
VegaMediaPress • Términos de usoPolítica de PrivacidadMapa del sitio
© 2018 • Todos los derechos reservados
Powered by FolioePress