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Juan Sánchez.
Jueves, 8 de marzo de 2018
La mezquindad se extiende como plaga apocalíptica. Sicalíptica, obscena manifestación del alma

La mezquindad

[Img #15675]Con el resto de los días, a veces pienso que demasiados, he aprendido que hay plaga de imposturas y falsificación de la naturaleza humana. Sensación y actitudes más propias de una bestia parda, o alimaña emboscada en su propia oscuridad. Todo lo puedo comprender, aunque duela, incluso la deserción de un ser cercano, siempre que sea por una causa justa, honesta, objetiva, incuestionable. Lo que no soporto en modo alguno es la puerca mezquindad…

 

El ser mezquino acecha, ambiciona cada rincón de nuestra sociedad, pero prolifera mucho más en el útero predispuesto, fértil de alevosa indignidad. La mezquindad es patrimonio del cobarde, de egoístas, fruto de la frustración personal, de la imposibilidad de ponerse en la piel del semejante. El ser mezquino necesita infiltrarse, justificarse con razones de velo del entorno. Cual alienígena en un mundo por infectar, los sentimientos humanos, trata de malearlo todo con esos ‘sumarios’ tan difíciles de rebatir en este tiempo: lo tangible, atesorable y contabilizable. El mezquino y el miserable van de la mano. Necesitan uno del otro para ‘procrearse’ mutuamente y extender su metafísica sincopada. El mezquino es de los que ponen puertas al campo, de aquellos que miran el árbol subjetivo y no quieren ver el denso bosque animado. Es como esos gusanos que se arrastran sobre su propio excremento: ambición ciega, cutre, miserere; salmo para un cáliz sin redención.

 

La mezquindad se extiende como plaga apocalíptica. Sicalíptica, obscena manifestación del alma, si la hubiere, máxima representación del desarraigo de lo humano. Y curiosamente la mezquindad es un valor en alza. Vive momentos de gloria en las alturas. Se mece en esa cuna de autocomplacencia alabada por un ejército de pusilánimes, histriones transgénicos y pupilos ramplones deseosos de ocupar un escaño vacante. Es la gran empresa del poder y la codicia, el orbe más adictivo. Asfalto, roña y hollín criogenizando su indiferencia. Ese negro manto de indolencia e insolidaridad se ha hecho muy popular entre ‘los monos’. Esa mezquindad deja un surco dorado en su piel de sapos traicioneros, cancioneros para un mundo tuerto, un mundo donde reina el más sátrapa y el más despiadado: la senda más fácil en esa biliosa y repulsiva infrarealidad de alto riesgo social.

 

No quedan mártires sino víctimas, no quedan héroes sino villanos, no quedan caballeros andantes sino cíclopes grisáceos. Ni causa, ni aventura, ni conquista, ni trinchera, ni paz, ni infancia, ni… en realidad no queda casi nada de lo que fuimos. De lo que pudimos ser y jamás seremos. Será nuestra obra la que hable sobre nosotros. Será nuestra heredad: la última sonrisa al viento del ahorcado. Una caricia de doble intencionalidad. Un rayo de sol desflorado. Mil sueños hacia ninguna parte, todo muy previsto y muy bien mezquineado.

 

El cazador, dormido, entre un olivo estéril y una roca erizada, sueña con libélulas. Un epitafio:

Al menos lo intentó...

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