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Juan Sánchez.
Martes, 13 de marzo de 2018
Es la Coca-Trola y la chispa de esa vida fantasmagórica en yanquilandia, y toda esa puta mentira

Tanto tienes... tantos males

[Img #15706]¿Qué coño hemos enseñado a nuestros jóvenes. Qué mierda materialista hemos sembrado en sus corazones. Qué carajo hemos inculcado hasta crear una generación de egoístas puros, -no todos, seamos justos, pero si muchos, tal vez demasiados-. Dónde quedaron los valores primigenios. Dónde las voluntades humanitarias y las enseñanzas elevadas. Dónde cojones los grandes logros del ser humano. Cómo pijo se nos fue tanto la pinza y no vimos el daño que infligíamos a su vida. Pero en qué capullo estábamos pensando cuando anteponíamos la pasta a cualquier otra consideración? 

Es la Coca-Trola y la chispa de esa vida fantasmagórica en yanquilandia, y toda esa puta mentira. Un estilo de convivencia basado únicamente en las apariencias que proyectamos en el entorno. Nuestro corrillo de gente envidiosa, ideosa, negativa, destructiva; nuestra familia, vecinos, supuestos amigos y enemigos a batir: aquellos y aquellas que harían cualquier cosa por echarnos la pata por lo alto, por sobresalir a nuestros éxitos, y jactarse de ser mejores que nosotros paseando en un coche de gama superior al nuestro. Por tener un chalet de diseño gilipolla en la sierra de moda en vez de nuestro cutre apartamento-pajarera en esa playa de piojosos en costura. Por irse de crucero a los fiordos noruegos en vez de nuestra escapada a esa estación de esquí para borregos con pretensión de señoritos, para creer lo que nunca seremos.

 

¿Hemos vivido por encima de nuestras posibilidades?… No!, si pudimos vivir así es porque nos facilitaron tal posibilidad. Quisimos ser ricos y derrochar lo que nunca tendremos. Y allí estaban los bancos para montar el escenario propicio, un cepo para lelos. Y picamos, y soñamos que lo éramos. Y educamos a nuestros hijos en el engaño de serlo. Ahora cagamos las plumas, ahora pagamos el exceso de codicia de unos banqueros trileros y sus políticos mamporreros. Pero los críos no tienen culpa de nuestra estupidez de bobos ciegos. Y seguimos como si todo fuera de puta madre, como si nada hubiera muerto, pero apesta a cadáver en ese frigorífico donde hace tiempo un ratón murió de hambre creyéndolo repleto. Pero somos parroquianos asiduos del bar de nuestros viejos sueños. Y sacamos la panza cada sábado para que no se sepa de lo nuestro. Luego en casa a pan y agua de régimen ultramoderno, que llega el verano, el otoño y el infierno de unos imbéciles que no se reconocen en el espejo. Y pegamos cocodrilos viejos en ese polo de saldo en el mercadillo barriobajero. Qué bien te sientan esas sunglasses de última moda, no se nota que son falsas y menos a la sombra.

 

Cuánto daño a los nuestros. Cuánto dolor les acecha. Cuanta frustración traicionera. Cuanto abismo en el próximo horizonte. Y ellos jugando a ser ricos, y nosotros consintiendo aún, aún mintiendo para que no sepan del color más fiero. Flaco favor de alto riesgo vía su smarthphone nuevo. Futuro esquelético, senda de ilusión seca para un alba de cristales rotos. La inminencia del dolor sin babero, esa mácula del alma que maquillamos a duras penas cada mañana. Que no se vea el surco de una lágrima, que no se sepa, que no se enteren, que no sufran detrás de esas gafas falsas y ese cocodrilo que llora de veras justo en la primavera sin máscaras, justo ante nuestra puerta.

 

Decía Nietzsche: “Aquellos que persiguen monstruos deben llevar sumo cuidado de no convertirse ellos mismos en monstruos”

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