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Esther Palomeras. HP.
Viernes, 23 de marzo de 2018
Cualquier argumento sirve para justificar la falta de músculo y latido

El marchitar del PSOE

[Img #15771]Y Sócrates le dijo al joven Alcíbiades: "Si quieres gobernar la ciudad, empieza por gobernarte a ti mismo". La cita la recordó este fin de semana Ángel Gabilondo en el transcurso de una clase magistral sobe ética pública y liderazgo en la Escuela de Buen Gobierno organizada por el PSOE durante los últimos cuatro días.

 

La afluencia de cargos y militantes al cónclave no fue masiva. Más bien discreta. Y algunas crónicas destacaron las ausencias más que las presencias porque Pedro Sánchez pretendía hacer de la cita una especie de apoteosis de la unidad socialista. Nada más lejos de lo que resultó el cónclave, igual de deprimido en cuanto a asistencia y contenido que el entorno elegido en el madrileño distrito de Villaverde Bajo.

 

Por allí pasaron algunos tótem del socialismo para lamerse las heridas: que si la falta de cohesión interna; que si la ausencia de rumbo; que si la tristeza; que si se promete el oro y el moro y se hace lo contrario; que si la brujería de las encuestas... Cualquier argumento sirve para justificar la falta de músculo y latido.

 

No estuvieron todos los que son, pero los mensajes de los que fueron resultaron una sucesión de advertencias a la actual dirección socialista. Zapatero, Solana, Almunia... Hasta Gabilondo, la voz más profunda del actual universo socialista, quiso zarandear conciencias: "... ya que somos tan exigentes con los demás y además expedimos certificados de liderazgo, a ver si nos lideramos a nosotros mismos y embridamos nuestra propia existencia".

 

Mientras en España se escucha el despertar de la calle y una ebullición social que no augura nada bueno para el Gobierno, el PSOE no emociona, ni lidera ni es capaz, como dijo Sócrates al joven Alcibíades, de gobernarse a sí mismo. La herida entre vencedores y vencidos en las últimas primarias es cada vez más profunda, y no tiene que ver sólo con el resultado de aquella guerra fratricida, sino también con la dificultad para adaptarse a una sociedad cambiante y haber entrado en una competición desmedida con la izquierda de Podemos.

 

El informe de daños lo atestiguan las encuestas, que ni son todas de derechas ni todas las hace Metroscopia, la empresa de demoscopia que nutre de sondeos las páginas del diario El País y envenena los sueños de los acólitos de Pedro Sánchez. No hay una de las realizadas por distintas empresas y publicadas por los más variopintos medios que no haya detectado el estancamiento socialista desde el pasado diciembre mientras Ciudadanos le pisa los talones a un PP en caída libre. La última la publicaba este domingo La Vanguardia.

 

Pero en Ferraz atribuyen la tendencia a una conspiración judeomasónica y a la "brujería" que practican algunos. Justo lo contrario de lo que debe hacer un líder, en palabras de Gabilondo: "No escudarse, no exculparse y no escaparse". Ahí es nada. Las preferencias en los despachos del IBEX y de los editores pueden no estar en el espectro de la izquierda española, pero las raíces del marchitar del partido igual son más profundas. Vienen de lejos y tienen que ver primero con la pérdida del poder institucional -no hay nada que más aglutine que las victorias-, con la dificultad para marcar un perfil propio durante la crisis económica, con la irrupción de una nueva fuerza política de izquierdas y con la ausencia de un proyecto político definido para España.

 

Luego se puede añadir el liderazgo o la ausencia del mismo, ya que hay expertos que sostienen que, ante la gran crisis de los partidos tradicionales, lo que cuenta en el actual marco son las personas más que las siglas. Dicho de otro modo: que las elecciones de 2020 se librarán entre líderes y no entre partidos. Si es así la única formación con margen para cambiar de cartel es el PP, salvo que Iglesias salte del barco en el último minuto, como algunos han instalado por los mentideros y parece haber interiorizado un Errejón que calienta la banda por platós y presentaciones de libros en busca de una segunda oportunidad, como si la política orgánica alguna vez la hubiera ofrecido.

 

Sea como fuera, lo cierto es que el PSOE no es visto hoy como alternativa de gobierno y su dirección tampoco tiene claro en este momento que un acercamiento a otras izquierdas sea una solución con la que reconectar con un electorado receloso de cualquier flirteo con Podemos.

 

La Escuela de Buen Gobierno no pasará a los anales del socialismo ni como prodigio de fabricación de estrategias ni como potente factoría de creatividad. Si acaso ha servido para certificar la ausencia de latido, anotar un mejorable éxito de crítica y público y para que algunos barones dejaran sobre el escenario varios mensajes cifrados, después de haber sido advertidos de que para no enzarzarse en sus distintas visiones sobre la España federal no hablaran ni de lengua, ni de soberanía, ni de plurinacionalidad.

 

El aragonés Javier Lambán deslizó que el PSOE debe apostar por soluciones a corto plazo, y olvidarse de la reforma constitucional; que no habrá un acuerdo con el PP sobre el modelo de financiación autonómica porque ni siquiera los socialistas comparten uno y que él es más de centralismo cooperativo que de "soluciones imaginativas" como la propuesta Ximo Puig para revisar la Carta Magna.

 

Emiliano García-Page dejó caer que se puede ganar, pese a tener todo en contra, incluidos los medios de comunicación en los que Sánchez cree ver una conjura contra él. Lo que vino a decir es que si el PSOE no gana las próximas elecciones será responsabilidad de Sánchez, y no consecuencia de la falta de apoyo de los diarios o televisiones nacionales. "Yo gané con el fascismo televisivo de Cospedal en Castilla-La Mancha", dijo. A buen entendedor...

 

Más explícito fue Gabilondo en su exposición sobre lo que debe ser un líder: "No es un caudillo, ni se escuda, ni se exculpa, ni se escapa. Es alguien que aúna voluntades, que hace causa común y es capaz de hacer proyectos correspondiendo al decir de los demás".

 

Ajeno a todo lo que allí se dijo y escuchó, la clausura de Sánchez dio para plantear, en un ejercicio de populismo más propio de otra izquierda, que la subida salarial de diputados y senadores se limite al mismo 0,25% que han tenido los jubilados. Esto y el convencimiento de que el PSOE "está tocando con la punta de los dedos ser la primera fuerza política de este país" fue lo que dejó en su intervención en la Escuela del Buen Gobierno.

 

Y todo el mismo fin de semana que un grande del socialismo, pero también de la política con mayúsculas, como Ramón Jáuregui anunciaba su despedida de la vida pública.Toda una metáfora del marchitar del partido de la rosa y el puño, donde los que fueron se van y los que son se muestran incapaces de gobernarse a sí mismos.

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