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Elbia Alvarez.
Lunes, 2 de abril de 2018
Elbia Álvarez

Las flores más hermosas

[Img #15811]El otro día vi el programa de Jordi Évole “¿Dónde está la izquierda?”. Pregunta que me hago con frecuencia en estos tiempos. Miro a la izquierda y no está la izquierda. Giro a la izquierda y resulta que no está la izquierda. Debe ser la única excepción (¿?) a la ley inquebrantable de los opuestos. Para que exista la derecha tiene que haber izquierda. Cualquier día pierdo el equilibrio y me caigo.

 

El programa estaba contextualizado en el barrio de Villaverde, en Madrid. Un barrio de tradición obrera que ahora vota a la derecha. Excepción que marca la norma: una señora que jamás va a votar a la derecha. Sus razones son obvias pero no así para los que están arriba.

 

En el programa hay tres protagonistas: los vecinos del barrio, y los dos perdedores de dos partidos de izquierda: Eduardo Madina e Íñigo Errejón. Para mí, ganadores absolutos.

 

Voy a hablar hoy del primer protagonista. Los vecinos del barrio. No de los que son entrevistados. Ni de los que están en el bar. Me fijé en un plano, no llegará a seis segundos, que retrata la fachada de un edificio con muchos pisos y sus terrazas, muy estrechas de profundidad, todos iguales, idénticos.

 

En una de esas terrazas hay una mujer con el delantal puesto y unos preciosos geranios a sus pies. Ella parece mirar a cámara. Es un plano muy general, muy alejado de la protagonista, como para darse cuenta de los detalles. Pero parece que mira todo el jaleo que se produce cuando va la televisión a grabar algo. Es un acontecimiento en un barrio así. Que vaya la tele, que alguien se acuerde de ellos… Es diferente a la rutina diaria.

 

Esta mujer, de la que no sé nada, tiene las flores a sus pies. Como las ha tenido siempre. Geranios rojos. Antes los geranios duraban décadas. Ahora, desde que alguien trajo de un país extranjero, según dicen, un geranio con bicho dentro que lo devora en pocos meses, no duran nada. O quizás se creó el bicho en un laboratorio, y la industria de turno se está forrando vendiendo un producto específico para matar los asesinos sólo propios del geranio.

 

La acción sucede en primavera. Una primavera helada. Escucho a la informadora del tiempo de Radio Nacional de España, Carol, que parece transmitirlo desde un tío vivo y con una voz infantil que me hace olvidar por unos momentos a otros periodistas que transmiten cualquier tipo de noticia como si se tratara de un magnicidio. O como si lo estuvieran haciendo desde el retrete. Carol me informa con una alegría infantil que echo de menos en mi día a día, y me hace sonreír. Lo que agradezco muchísimo. Lo único que me gustaría, Carol, si me lo permite, es que lo transmitiera más despacio. Para enterarme bien del tiempo loco, loco, loco, que padecemos desde hace años, con el cambio climático. Si no puede no importa. Siempre la escucharé y me hará sonreír en medio de las tormentas más atroces.

 

Esa mujer que mira desde la terraza de pisos idénticos la identifico como una mujer mayor de las de antes, o de las actuales en muchos pueblos. Su edad puede situarse a partir de los 50 años. Es gruesa y sus piernas están hinchadas. Se le ve la raíz del pelo teñido hace tiempo. Se levanta y se acuesta con el delantal puesto. Y cuida a sus padres o suegros, a su marido, a sus hijos –algunos sin trabajo-, y quizás a sus nietos. No se queja jamás. Para ella eso es natural. No busca ninguna identidad porque ignora otro tipo de vida. Está cansada permanentemente y tampoco se da cuenta. Vive el único tipo de vida que le han enseñado.

 

Pero sus geranios rojos son los más bonitos de todo el edificio. Ella puede con los bichos, con los virus. Cuida las plantas con un mimo meticuloso y satisfactorio. Recuerdo vagamente que, quizás, en las otras terrazas idénticas, no hay flor alguna.

 

Y mira la vida armada de unas flores preciosas por su dureza, por sus colores exuberantes y precisos. Flores dotadas de una realidad tangible, frágil como los pétalos, fuerte como los troncos. Alegres dentro de una realidad que, desde fuera, parece muy gris.

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