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Juan Sánchez.
Lunes, 2 de abril de 2018

Amigo Iscariote

[Img #15814]Vivimos malos tiempos para la amistad, y todo lo contrario. Es en momentos como estos cuando se criba, mengua y actualiza el balance de [email protected] incondicionales. Pues amigos, son aquellos escasos que permanecen junto a ti, justo cuando el resto de innombrables bestezuelas desaparecen en estampida…

 

Malos tiempos en general, y pormenorizadamente. “Haz como yo, y no te metas en política”, decía un generalísimo de cuyo nombre no quiero acordarme. Algo de razón no le faltaba al tirano, aunque por lo demás no llevase razón alguna. Un millón de muertos y cuarenta años de oscuridad social así lo avalan, y lo siguen avalando. Pero este artículo no va de eso, va de amigos y amigas de 24 kilates de ley, y [email protected] [email protected] de ‘calcopirita arriñonada’. Rara avis la verdadera amistad.

 

Preciosa joya que nos regala la vida en momentos como estos: cuando el mundo se derrumba y mueren figuradamente tus amigos de toda la vida, pero florecen amistades inesperadas, recias, sinceras. Eso da qué pensar. Nos abre los ojos de par en par. Es la cruda realidad. Pero tranquilos, no pienso hacer como algunos, y algunas, que se dedican a embarrar por la espalda a sus ‘amigos’, aún conservo intacta mi dignidad. Mi honorabilidad sigue incorrupta, y como dice un amigo que si lo es, ‘El honor es patrimonio del alma, y el alma es de Dios’. No sé si mi alma es de Dios, o del tío la vara, pero esa nobleza me impide ser un traidor. No puedo decir lo mismo de algunos, y algunas, buhoneros del camelo emponzoñado como aquel traicionero ‘encuentro’ en el huerto de los olivos: treinta monedas de plata tuvieron la culpa hace dos mil diez y ocho años. La vida sigue igual, con denarios más modernos, pero igual de mezquina.

 

Pero lo entiendo, relativamente. Decididamente son tiempos de salvar el culo caiga quien caiga. Siempre que se gaste un estómago a prueba de remordimiento, si lo tienen, lo dudo. Son tiempos de egoístas, y casasolas, de traidores que salvaguardan su pellejo y sus barbas de la quema general. Y pasan por encima de cualquiera que se interponga entre ellos y su plato de potaje, o el de sus hijos, o el de su esposa, o el de su amante, aunque ese ‘plato de lentejas’ sea solo por sucia codicia. No valgo para eso. Siempre he ante puesto mis valores humanos a la propia supervivencia. Me dicen que es un error, no lo creo. Mi estómago no podría digerir un plato de esa sopa más boba mientras un amigo se precipita al pozo más amargo. Que no, pijo, que hay que ser de una pasta especial para eso: esa pasta más sucia, ¡dinerito fresco!

 

En mi hogar siempre hubo, y hay, refugio para aquellos maltratados por la puta vida. Siempre hay dispuesto un mullido jergón de consuelo, un suculento plato de ánimos y un montón de abrazos para dar santuario al vencido por las circunstancias. Así lo viví desde la infancia, así sigue siendo, dónde quiera que esté ese hogar: sea una holgada barraca o el más modesto cubículo, es pura tradición de humildad. Lo malo, es que no todo el mundo es merecedor de ello. Hay perros rabiosos que muerden la mano del buen samaritano. Hay bestias pardas que se esconden bajo la piel del presunto amigo para infiltrarse en los rincones más desprotegidos de uno mismo. Es una técnica muy antigua de cualquier cabrón/a de espía: ganarse tu confianza para luego traicionarte. Esa premeditación de hacerte la jugarreta les confiere el calificativo de hijos de Satanás. Y ya conocéis aquel ensalmo: “Vade retro Satana” (Retrocede, aparta de mí, Satanás).

 

 

Entiendo que su mente trastornada les ‘obligue’ a ser cual son. No se justifica, pero entiendo que esos infelices, cegados por el rutilante oropel, no puedan ver el universo de seres humanos que viven luchando y sangrando al otro lado de su ambición. Hay que sobresalir a la ruina que plaga esta nación y pasear en cochazo ante una marabunta de indigentes que les envidien. Y eso queda de un chulazo que regresan a su guarida-chalete con un ego que no les cabe en su zamarra corrupta. Pero aquellos desfavorecidos ya no les envidian, ya saben de donde provienen sus fortunas, y les miran con todo el odio, y esa fútil ‘compasión’ tintada de rabia y el dolor causados por sus fechorías.

 

Según se va resolviendo este artículo  -tiene personalidad propia y se escribe en automático- ha ido derivando hacia impredecibles paradojas. Me va enseñando que no merece la pena entrar en detalles sobre esos pingajos cuasi humanos. Seres que siguen a medio evolucionar, que aún no han salido de aquel barro primigenio y reptan entre lodos nauseabundos en busca de algo de calor humano. No pueden ser personas, por tanto, se retuercen en su anélida miseria intentando imitar a los hombres, sin conseguirlo. Pobres bestias andrajosas del corazón, que se arrastran por el fondo de su mar silencioso. Algún día evolucionarán, tal vez. Quizá una mañana cualquiera sientan despertar la humanidad, o quizá se miren en un charco sin fondo y sean conscientes de su condición de burdos traidores miserables y rectifiquen. No los creo capaces ni capacitados, ni con el valor necesario para ello… Y punto.

 

En fin, son las seis y pico de la mañana. Amanece en Cartagena, y hoy es el primer día del resto de esta vida…

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