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Juan Mariano Pérez Abad.
Martes, 24 de abril de 2018
Los Cuentos del Pity-Power

La orden de “auto-alejamiento”

[Img #15989]Hace unos días tuve la ocasión de presenciar en directo una de esas ridículas escenas surealistas que, en ocasiones, nos ofrece la vida real. Ese tipo de espectáculos que antes nos resultaban sorprendentes, pero que poco a poco se van convirtiendo en cotidianos, gracias al meritorio esfuerzo que realiza nuestra noble y admirada casta política para librarnos a todos del aburrimiento que nos producía tanto bienestar.

 

Estaba yo esperando para poder atender a un amigo al que le había tocado una noche de” hotel gratis” para hombres divorciados, de las que sortean en los calabozos de las comisarías por gentileza de las leyes de Género. Fue mientras esperaba que saliera de su habitación para poder darle los consejos y la medicación que necesitaba, cuando contemplé la pintoresca escena.

 

Los policías a cargo de la Recepción de aquel Hotel-Calabozo estaban asignando habitación a otro de los divorciados que habían sido agraciados por la rifa de esa noche. Debido a las reducidas dimensiones de la estancia, no pude evitar escuchar su conversación, en la que le explicaban a aquel hombre el motivo por el que le había sido asignado el premio: Su mujer, con la que se encontraba en pleno proceso de divorcio, le había puesto una denuncia de Violencia de Género por UN DELITO DE “COACCIONES”.

 

El caballero parecía estar sufriendo una crisis ansioso-depresiva grave, pero aún mantenía un porte elegante, culto y acaudalado. Sin embargo no debía ser experto en Derecho, porque preguntó de qué se trataba eso de “coacciones”. Por su tono de voz, la funcionaria parecía querer convencer, no sé si a aquel hombre o a sí misma, de la necesidad de la medida que se estaba tomando. Le explicó que la denunciante LE ACUSABA DE HABERLE AMENAZADO CON SUICIDARSE si ella le abandonaba y que decía contar con testigos que lo corroborarían ante el juez en el juicio rápido que se celebraría al día siguiente. A pesar de que él negó que hubiese albergado ni anunciado nunca la intención de recurrir al suicidio, no le permitieron renunciar a su premio y fue conducido sin más hasta su aposento.

 

Yo no salía de mi asombro. Lógicamente, si aquella acusación hubiera ofrecido la más mínima credibilidad para la Policía que tramitó la detención, debían haber conducido a aquel señor hasta un HOSPITAL PSIQUIÁTRICO DONDE CONTROLASEN ESE RIESGO DE SUICIDIO que apreciaban. En cambio, si hubiesen coincidido conmigo en la impresión de que se trataba de una falsa alarma, retenerlo allí cobraba toda la apariencia de una DETENCIÓN ILEGAL.

 

Debo confesar que, sabiéndome también hombre y divorciado, me dejé impresionar por el grosor de los barrotes y por el intenso olor que impregnaba el calabozo, hasta el punto de ceder a la cobardía, callar la boca y no entrar al trapo de reprochar a la funcionaria su denostable labor, no fuera a tocarme un premio a mí también.

 

Salí cabizbajo y pensativo, reflexionando sobre lo que debían haber sufrido aquellos policías al tener que dedicar una vocación tan noble como la que eligieron a semejantes tareas. En la puerta me esperaba otra amiga abogado a la que, después de dar las noticias sobre nuestro amigo común, le conté el episodio vivido. Ella me contestó que había estado hablando en la puerta con el abogado de aquel señor y que parecía tenerlo muy difícil, porque no había tenido la precaución de grabar aquella discusión con su mujer. Palabra contra palabra, él sería condenado con toda seguridad. Sin duda alguna, al día siguiente saldría del Juzgado con una orden de alejamiento y el divorcio sentenciado a favor de su mujer.

 

Yo estaba perplejo y no paraba de replicar a mi amiga jurista: ¿Orden de alejamiento? ¡Pero si le acusan de amenazar con suicidarse! ¿De quién pretenden alejarlo? ¿De sí mismo? ¡¡¡Una orden de AUTO-ALEJAMIENTO, anda que ya les vale!!!

 

Ella, como adoctrinándome una advertencia, me contestó: “¡Hombres! No sé cuántos vais este año, pero como no espabiléis vais listos”.

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