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Juan Eladio Palmis.
Lunes, 7 de mayo de 2018
Entonces como ahora, los medios de comunicación estaban en manos del clero

La mujer y el catolicismo

[Img #16110]De cuando empezamos a tener documentos para poder enjuiciar la sociedad imperante en aquellos años que le interesó al sistema (entonces como ahora, el sistema en nuestro caso, es el poder eclesiástico que lo puede todo en la Ibérica) cuando corrían los años del siglo XIV, los judíos ibéricos se vieron sorprendidos por una saña nacida en el seno del clero vaticano que azuzó su exterminio y casi, después de un degüello generalizado, casi lo consigue y no deje ni uno con vida.

 

Con semejante y brutal y criminal actitud, una armonía que existía en la Ibérica de convivencia entre distintas sociedades y formas de comunicarse con sus más y sus menos, se vio violentamente rota por aquella secta, la cristiana trinitaria vaticana, que, en general a España, este conglomerado de reinos que se llama España, nunca le ha ido bien ni en lo económico ni en lo social, ni en alegrar las penurias cotidianas de una vida que ellos entristecen.

 

Es, por tanto, totalmente falso, que la mujer, por culpa de los hombres sin hábito han sido discriminadas; no solo por el particular caso de Teresa de Cartagena, nada que ver lo de Cartagena porque hubiera sido vecina de esta nuestra ciudad, sino porque pertenecía a los Cartagena, una familia de judíos conversos que uno de sus patriarcas compró con dinero un obispado castellano, en virtud de un documento en el cual la iglesia daba fe de que la virgen le había cambiado la sangre judía y se la había cambiado por la de cristiano viejo. Y es que, entonces y ahora, el dinero era y es muy milagrero.

 

Pero quería indicar que los laicos, los sin hábito, en modo alguno se escandalizaron porque Teresa de Cartagena, con probabilidad, estudió de la primericas mujeres en Salamanca, y sabía latín como una lengua no vernácula, empalagosa entonces y ahora, y totalmente extranjera a su raíz de mujer hispánica, y fue, con mucha probabilidad, la primera mujer escritora en lengua Ibérica; esa lengua en la que se defendieron por siglos las mujeres de los ataques del sistema; y decir sistema es decir clero.

 

La Querella de las Mujeres es el nombre por el que se conoce al encendido debate que tuvo lugar en Europa a lo largo de varios siglos, en el que se cuestionó la dignidad de las mujeres y su capacidad intelectual y política. La Querella se manifestó públicamente en tertulias y generó un ingente número de escritos en España y en toda Europa, que abarcó principalmente desde los siglos XIV al XVIII, y en el cual intervinieron muchas mujeres que, como Teresa de Cartagena, apenas sabemos de ella poco más de que era sorda y se tuvo que recluir y refugiar en un convento porque a los clérigos no le gustaban las mujeres intelectuales.

 

Entonces como ahora, los medios de comunicación estaban en manos del clero que era el poder económico por excelencia, menos camuflado que ahora, pero tan o, quizás, menos poderoso que ahora mismo. Y que se sepa, por fuera de ellos, ningún grupo laico publicitó el dicho de que la mujer, representada por Eva, fue la culpable de la salida del paraíso, y se quedó fuera cuando la creación y no fue creada, como los hombres, según el clero, a imagen y semejanza del dios hombre.

 

En aquellos tiempos anteriores a que el absolutismo religioso vaticano fuera impuesto por el rey que ellos llamaron santo y sabio, Alfonso X destruyendo todo lo ibérico lentamente, también le llegó a los conventos de monjas el imparable imperio machista de los clérigos. Y así, aquellas abadesas como las que vivían en Santa María de las Huelgas, de la orden del Cister, por poner un ejemplo, que fueron señoras de horca y cuchillo en más de cien villas por aquellos lugares burgaleses de castilla, vieron como poco a poco con la reforma del rey, según el clero sabio y santo, las dos cosas a la vez, dejaron las religiosas de nombrar jueces, confesores o alcaldes en las villas bajo su mando, que, poco a poco, en virtud del llamado Derecho Romano, la gran jodienda para todo lo ibérico, y por lo tanto para la mujer, ganó la triste partida.

 

Los vientos que movieron aspas de molinos, que siguen discriminando en razón de sexos la presencia en las aulas, y entienden razón de supervivencia de su secta la presencia de sacerdotisas en paridad con el sacerdote, no está patentada ni para dirigir la enseñanza en un país, ni para ejercitarla subvencionada por un gobierno democrático.

 

Salud y Felicidad.

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