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Merche C. Servellera
Miércoles, 6 de junio de 2018

El arte de solucionar conflictos

[Img #16267]En este artículo, quisiera compartir una reflexión sobre lo que, a mi modo de ver, nos impide generar un clima adecuado de convivencia,  aquel en el que deseamos vivir.

 

A menudo comparamos nuestra existencia con la de otros, para bien o para mal, y esto nos hace sentir afortunados o infelices, poderosos o inferiores. Y el hecho real es que todos, en algún momento de nuestra vida, pasamos por situaciones si no idénticas, si que muy pero que muy similares.

 

La diferencia está en como reaccionamos ante estas situaciones, cual es nuestro modo de enfrentarlas y, en consecuencia, el resultado de cómo de airosos salimos de ellas.

 

"¿Por qué esperas resultados distintos, si sigues haciendo lo mismo?" Es una máxima que solemos leer y escuchar mucho últimamente, pero si no lo aplicamos, no nos sirve sino para producirnos mas tensión, y encerrarnos mas en nuestra concha de la "razón".

 

Esta concha, este claustro cerrado,  no nos deja discernir. No oímos ni vemos mas allá de nuestra continua necesidad de tener "razón". Y el hecho es que puede que la tengamos, estoy segura de ello en la mayoría de los casos, pero de qué nos vale esa razón si no nos proporciona paz?

 

En  terapia, hablando de Inteligencia Emocional,  resulta incomprensible que una persona, que está sufriendo continuamente  el resultado de unas emociones negativas, toxicas y dañinas, no sea capaz de reconocer que algo está haciendo mal. Pero hay que aceptarlo aunque no tenga explicación saludable.

 

Si nos aferramos a tener razón en un conflicto, aun cuando la tengamos, pero esto nos lleva a ser desgraciados, para qué nos sirve esta razón sino para aislarnos, para quedarnos solos, o alejarnos y perder a quienes amamos, valoramos y queremos a nuestro lado?

La ecuación se realiza perfecta si, además de tener razón, somos capaces de trasmitirla sin generar confrontación con el otro. Esto es, si no utilizamos esa razón que tenemos, como un arma arrojadiza, como queja para agredir al contrario, para humillarlo y hacerle sentir mal, sino para hacerle entender desde la comprensión y la compasión, una realidad y, después, dejamos tiempo suficiente para que el otro lo asimile, lo acepte y entienda, y pueda compartirlo con nosotros.

 

Es así como se solucionan los conflictos. Lo otro, lo que solemos hacer, es pelear, es una guerra.

 

Y en una guerra no hay ganadores: siempre pierden ambos bandos, siempre se pierde algo.

En las relaciones personales, se pierde mucho mas.

 

Por otra parte, cuando elegimos la supuesta paz, la supuesta armonía, frente a tener o no tener razón, pero de una forma equívoca, alejados de la asertividad, lo único que estamos generando es resentimiento en nuestro interior.

 

Un resentimiento que se va cargando hecho tras hecho, convirtiéndose en una gran bolsa de gas que estallará sin duda en un futuro, llevándose por delante todo lo que encuentre.

No es la forma adecuada, no soluciona un conflicto. Lo está agravando en el tiempo. Será peor su evolución.

 

Es cuestión de confianza en uno mismo, de fortaleza de carácter, de ser tan grandes que seamos capaces de hacernos el mayor de los humildes, en estos estados límites de provocación.

 

Elegimos entonces el camino del silencio, la no respuesta, que trae consigo la paz momentánea necesaria. 

 

Espaciamos y damos tiempo de sosiego al otro. También nos lo damos a nosotros en este acto.

 

Mostramos amor, deseos de armonía, desde la comprensión y la compasión hacia el otro y hacia uno mismo.

 

Dar la oportunidad de rectificar, mostrando con nuestro proceder que nada ha cambiado, aunque permanezcamos en ese silencio que invita a la reflexión.

 

Acogemos el cambio de actitud del contrario, sus disculpas sea cual sea su forma de representarlas, y celebramos juntos que nuestra relación sale reforzada, fortalecida, mejor que antes, mas auténtica.

 

Nada queda en la recámara. El conflicto ha servido para enseñarnos a conocernos mejor, a entendernos y a aceptarnos. Los motivos que lo generaron quedan relegados, olvidados.

 

Y es que,  el conflicto, nos ha obligado a superarnos, a mostrar lo mejor de nosotros mismos, a crecer.


Esa es la función de cada conflicto al que nos enfrentamos.

 

Aprender que somos mas de lo que creemos ser, que somos capaces de hacer mas de lo que hacemos, y sobre todo que, aquellos que tienen relaciones cordiales, felices, armoniosas, no las tienen porque la vida sea injusta, porque sí, aunque no se las merezcan, y una lista de por qués infinitos que utilicemos como excusas.

 

Esos las tienen porque van superándose a sí mismos, porque así lo han decidido. Porque en su escala de valores, su principal reto es la convivencia y el amor, y no el hecho de llevar razón.

 

Y tu? Quieres empezar a poner en práctica el Arte para Solucionar Conflictos? Adelante!

 

Mc Coach.

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