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Jesús de Las Heras.
Martes, 19 de junio de 2018
Un viaje de Jesús de las Heras

La montaña vieja de Cuzco

[Img #16307]El sitio en que mandó a construir su ciudad oculta Pachacútec, rey de los incas (o sea, el Inca que regía un imperio de diez millones de kilómetros cuadrados, desde Ecuador hasta media Argentina), está en lo alto de una montaña, que él llamó montaña vieja, en quechua "Machu Picchu". Está frente a otra montaña que se llama, por contraposición y no porque sea más moderna, "Hayna Picchu", o sea "Montaña Nueva". Yo, curioso como siempre por las cuestiones lingüistas, pregunté a César, nuestro guía, por qué se ponía esa extra c en el nombre, si nadie la pronunciaba (dicen "pichu" y no "pik-chu"), y él con una sonrisa culpable me confesó que sí hay que pronunciarla, porque en quechua "pichu" significa "pene", mientras que "pikchu" significa "montaña". Así que ojito con lo que están ustedes diciendo cuando vengan a Perú y hablen con algún quechuahablante... Seguramente pensarán lo que los andaluces cuando vienen a Murcia y se encuentran un cartel así de grande en la fachada de un hotel y de un restaurante con la la palabra "Churra", que allí no significa precisamente "pariente lejana de las merinas".

 

Llegué al lugar desde Cuzco, donde pasé unos días para aclimatarme a las alturas, pues esta ciudad se encuentra a 3500 metros sobre el nivel del mar, tras un par de horas de autobús hasta Ollantaytambo, y luego en un tren, carísimo por cierto ($140), que me llevó en una hora a través de los 38 kilómetros que separan esa ciudad de Aguas Calientes, que es donde se encuentran las montañas Vieja y Nueva. Allí me llevó un autobús más pequeño por la nada módica cantidad de $24 (porque venía en el paquete que compré en Cuzco, si no habrían sido $39) hasta la ansiada montaña en apenas quince minutos. Es un negociete que tienen bien montado. En total, $225. Pero bueno, si uno se ha gastado tanto dinero en venir a Perú, ¿cómo no gastarse un tercio de lo que costó el avión de Madrid a Lima, sobre todo si uno no va a volver por allí? Porque una vez que uno se baja del autobús, se alegra de haberse gastado esa pasta, ya que desde allí parece que nos hablan los incas de antes de la conquista española, seiscientos años de historia, como diría Napoleón si hubiese conseguido llegar hasta aquí.

 

[Img #16308]Cuando llegué a la puerta de entrada del lugar turístico que han superpuesto a esa maravilla para hacer negocio, mi guía no aparecía por ninguna parte. Se trataba de una joven llamada Mayta, pero parece ser que llegó después que el tren y haber "agarrado" (como dicen por aquí) yo el autobús hacia la montaña mágica, y harto de esperar llamé a la agencia que me había vendido el paquete, que me pidió que buscara a un joven con pinta de hippy y sombrero de pana algo aplastado, pero muy gracioso y servicial, y que le pasara el móvil. Habló con él y al poco rato me dijo que él era mi nuevo guía. Bueno, y de otras veinte personas más, claro. Durante las siguientes cuatro horas nos fue introduciendo en la cultura de los incas, en un relato muy sentido y apasionado, pues es uno de esos muchachos americanos que siente con orgullo su historia precolombina, a pesar de llamarse César y no Yupanqui o Capac. Una de las cosas más interesantes que nos contó es que los incas en realidad no se llamaban incas, sino quechuas, y que eran oriundos de un pequeño poblado que se hallaba por allí cerca. No pude evitar pensar en los de El Lacio y la que montaron después hasta que hicieron del Mediterráneo el "Mare Súyum". Para desgracia de estos romanos de América precolombina, en su continente no había caballos, por lo que la extensión del imperio se veía gravemente limitada a lo que podían recorrer los mensajeros del Inca (que es como se dice "rey" o "emperador" en quechua) con instrucciones para sus virreyes y gobernadores. Más tarde los demás pueblos llamaron a todos los quechuas incas, y de ahí viene el gentilicio con que los conocemos nosotros. Ya ven ustedes por qué a su idioma no se llama incaico, sino quechua. De los Incas, o sea de sus mandamases, se tiene constancia de 14, desde Yupanqui (el primero) hasta Atahualpa (el último). ¿No les suenan a ustedes esos nombres? Sí, parece ser que aquel cantor de los ejes de su carreta quiso rendir un homenaje a "sus" antepasados con su pseudónimo, aunque en realidad se llamaba Héctor Roberto Chavero, si bien eso es lo de menos, porque lo importante fue su música y su mensaje. Que haya sido descendiente de los españoles que masacraron a los incas, y no de estos, o por el contrario de europeos sobrevenidos años o siglos después de aquello, es lo de menos también. Lo que cuenta es la intención, aunque de vez en cuando haya que escuchar la versión contraria, la de los descendientes de los españoles que jamás pisaron América, como un servidor, que siendo el primero de su familia en hacerlo, no lo hizo hasta los años noventa del siglo pasado.

 

[Img #16309]Nada más entrar en el recinto vi con algo de espanto que había que subir varias decenas de metros sin ascensor por la "montaña vieja" para contemplar a gusto, pero de lejos, la ciudad refugio que construyera uno de los últimos Incas ochenta años antes de la llegada de Francisco Pizarro y Diego Almagro a estos lares para incorporarlos a la corona de Castilla y convertirlos en universales, si bien el lugar exacto de esta ciudad sí siguió oculto hasta que el peruano Agustín Lizárraga (de origen vasco, como su apellido denuncia) y más tarde el yanqui Hiram Bingham lo descubrieran para nosotros, el resto del mundo, cinco siglos más tarde. Al primero el gobierno peruano negó los fondos para desbastar la maleza y hacer que apareciera la ciudad inca, pero al segundo no se los negó su universidad, Yale, a cambio de llevarse allí "para su estudio" 42332 reliquias y utensilios del siglo 15, que debe haberles costado mucho analizar, porque es ahora, más de un siglo después, cuando se las están devolviendo al gobierno peruano con cuenta gotas, pero que aún así no están donde deben estar: en la ciudad de Machu Picchu.

 

En realidad la ciudad se construyó alrededor de un templo, el Templo del Cóndor. Lo que queda es la planta y los muros de las casas y de los templos, pero es impresionante verlo todo, las casas, las calles, el verdor de las montañas, y El Camino del Inca, que algunos senderistas y montañeros se atreven a recorrer en viajes programados de dos o de cuatro días, según los gustos.

 

La Machu Picchu es menos alta que la de los Siete Colores, de la que les hablaba hace unos días, pues apenas se alza a 2400 metros por encima del nivel del mar, frente a los 5100 de esta o los 3500 de la propia ciudad de Cuzco. Aún así es para pensárselo las personas que padecen el llamado "Mal de Altura" o alguna condición restrictiva de corazón o pulmonar.

 

Después de disfrutar de la vista desde arriba, nos acercamos a la ciudad, y penetramos en ella mientras recibíamos los conocimientos básicos sobre ella que nos iba administrando César, nuestro amable guía.

 

Si vienen ustedes a Perú no pueden dejar de venir a ver este monumento único. El excesivo coste del viaje se olvida pronto, pero la impresión que la belleza de la Machu Picchu deja en nuestra mente es una huella indeleble que habrá hecho que la visita a Perú haya merecido la pena.

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