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Redacción
Domingo, 24 de junio de 2018

En los zapatos de un desahuciado

[Img #16316]No hago mi artículo de opinión respecto a ningún desahucio en concreto por el mero hecho de que se producen a todas horas en todos los lugares, unos más mediáticos para intentar frenarlos y otros que también se sufren en el más absoluto silencio o en la más absoluta soledad. Todos son despreciables.

 

Los afectados por un desahucio suelen pasar en la etapa final del proceso por una situación de estrés postraumático similar a la que viven las personas que han sufrido un accidente de tráfico, estás personas cuando llegan a este nivel de estrés se colpasan, son incapaces de razonar correctamente, caen en una depresión, y esto las lleva a tomar decisiones equivocadas, si es que puedes tomar alguna en ese momento.

 

Escuchamos y leemos todos los días datos sobre el número de desahucios que se producen, pero detrás de estos números hay personas. Y detrás de estas personas hay emociones, vidas, situaciones, etc. Antes de producirse la situación final ya empiezan las emociones negativas que poco a poco van aumentando por la posible pérdida, ya no de un empleo, sino de un lugar donde vivir y un dinero con el que contar para comer y cubrir las necesidades básicas. A continuación, y no todos los desahucios son por las mismas circunstancia, lo que era posible empieza a hacerse realidad, la llegada de los recibos del banco, los avisos y los burofax invitando a abandonar la casa donde residen en muchos casos con sus hijos menores. Algunas personas desalojan antes de la fecha indicada por miedo, por vergüenza, porque no pueden aguantar la presión y a otras les ocurre lo que nunca imaginaron, el desalojo forzado. En ambos casos cuando ocurre, la vida te hace crack, se te rompe en mil pedazos.

 

MONTAÑA RUSA A OSCURAS

 

Dicho esto, desde el momento en que empieza la posibilidad real de quedarse sin vivienda entran en una "montaña rusa emocional donde van a oscuras", donde los afectados no saben qué va pasar y donde las emociones negativas son especialmente intensas, la persona que sufre un desahucio ha pasado por diferentes momentos hasta llegar a lo más temido: quedarse en la calle y sin ‘nada’. Los síntomas que puede padecer una persona que ha llegado a esta situación son muy parecidos a los de un duelo, a lo que sentimos cuando muere un ser muy querido por nosotros. Es similar, pues se produce la pérdida de ‘algo’ que a priori parece imprescindible para poder ser feliz y vivir ‘bien’.

 

La persona desahuciada, piensa que lo que le está pasando no puede ser real (‘esto no puede ser’, ‘esto no me puede estar pasando a mí’, ‘si hace un tiempo tenía trabajo, una vida, cómo he llegado hasta aquí?’), pasando por sentimientos de culpabilidad, tristeza, rabia, impotencia, que en muchas ocasiones se manifiestan con pérdida de interés por ‘todo’. Todo ello conduce a diferentes estados. Personas que quizá sienten vergüenza, se alejan de sus redes sociales con tal de no explicarles la ‘catastrófica’ situación que viven, personas con ansiedad que no saben qué hacer, desánimo, negativismo, no encuentran la manera de poder hacer frente a esta situación. Todo esto supone: cambios en la rutina y estilo de vida, cambios e incluso abandono de sus círculos personales de amistad, problemas de salud, etc…. Un caos.

 

TAMBIÉN SON COSA DE NIÑOS

 

Los adultos lo pasan mal pero los hijos de familias desahuciadas también pueden sufrir de una forma directa o indirecta este problema. Pueden presentar problemas como la angustia, la agresividad, el desamparo y mayor riesgo de fracaso escolar. Quedarse sin casa supone la pérdida de la seguridad de un lugar al que poder acudir cuando acaba el colegio, la pérdida de un lugar donde crecer, jugar y aprender.

 

Cuando la hija de 7 o 10 años nota que algo empieza a cambiar, cuando oye tres palabras que no entiende: “certificado, burofax, providencia”. Antes su padre o su madre reían ahora reciben cartas que cuando leen se ponen a llorar, se preguntan porque hay que meter todo en cajas, su ropa, sus juguetes, en definitiva, su vida, ahí es cuando la sensación de vértigo, de abismo se acentúa, se le explica que hay que irse, que van a cambiar de lugar donde vivir y se le hace ver que va a ser una cosa muy divertida dando una cara falsa de la situación mientras por dentro se oye crujir el alma. A esto sumale que es tu propia familia la que te deja sin un hogar donde vivir con los hijos y estás ante las puertas del infierno.

 

Esta es la sociedad donde nos ha tocado vivir a nuestras generaciones, la de lo material, la que interpone el dinero por delante de lo espiritual, de la protección familiar, en la que no importa las necesidades vitales de las personas si no la forma de acaparar lo máximo posible para luego tener que morirse como cualquier hijo de vecino.

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