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Fuente: elmundo.es
Lunes, 2 de julio de 2018
Gabino Abánades Guerrero

El hombre que enterró a Franco nos explica cómo exhumarlo hoy

[Img #16354]El 23 de noviembre de 1975, Gabino Abánades Guerrero dirigió el equipo de cuatro funcionarios municipales que enterró al general Francisco Franco en el Valle de los Caídos. Hoy, casi 43 años después y en plena ofensiva del Gobierno socialista de Pedro Sánchez para sacar los restos del dictador de la basílica de Cuelgamuros, nos cuenta el proceso que habría que seguir para llevar a cabo la exhumación del que fue «Caudillo de España por la Gracia de Dios». «El proceso en sí sería muy sencillo y se tardaría una hora escasa», nos explica este jubilado de mirada tan azul como profunda que fue director de los servicios funerarios de Madrid durante 18 años, con anterioridad director de los cementerios municipales de Madrid y al que se considera una eminencia en este campo, hasta el punto de que aún hoy se le consulta para elaborar la normativa europea que a partir del 1 de enero de 2019 será de obligado cumplimiento en todos los países de la UE.
 

¿Y en qué consistiría ese «sencillo» proceso? «Pues en mover la lápida, romper la tabica que tapa el ataúd, recoger el cuerpo y trasladarlo a otro féretro, que no tendría ni que ser de zinc ya que ha pasado mucho tiempo y a partir de cinco años se considera que ya no hay un cuerpo, sino restos. Además, aunque no lo hubieran embalsamado, a partir de los 10 años ya no quedaría materia orgánica». Sin embargo, 1.500 kilos, que es lo que pesa la lápida de piedra blanca de Alpedrete, parecen muchos kilos. Incluso, se hicieron muchos chistes en la época en los que se decía que pesaba tanto para asegurarse de que así Franco no saldría de su tumba jamás. «1.500 kilos no son nada -asegura despreocupadamente Abánades-. Se mueven fácilmente. Con unas barras y un rodillo la quitan dos personas sin ningún problema. Una losa que tendrá aproximadamente 2,30 metros de largo por un metro de anchura. Mira...». Y, a continuación, coloca un bolígrafo debajo de un bloc de notas y lo maneja como un rodillo de modo que el bloc se alza sin esfuerzo. «¿Lo ves? Va solo. No tiene importancia. Luego, en el interior de la tumba, que tendrá una profundidad aproximada de dos metros, sólo cabe una persona, que es la que pondría los tiros de cuerda por debajo del ataúd. Entre esa persona y otras tres podrían sacar el féretro sin problemas».

 

De los casi 34.000 cadáveres que guarda el Valle de los Caídos, es evidente que el de Franco es el único que no «cayó», pues murió en una cama 36 años después de que terminara la Guerra Civil. Eso no pareció importar mucho al Gobierno de entonces, presidido por Carlos Arias Navarro, a quien se atribuye la decisión de inhumarlo en tan sobrecogedor mausoleo, en lugar de en la cripta del cementerio de El Pardo, que es donde la familia tiene su panteón y donde actualmente se encuentra la tumba de Carmen Polo, esposa del Generalísimo, fallecida en 1988. Gabino Abánades recuerda varios detalles que refuerzan esta tesis: «Fue un enterramiento, cómo te diría, político. Podían haberlo enterrado en El Pardo, donde aún está su tumba con su nombre. Y no sé si no lo hicieron porque la carretera de El Pardo es muy angosta y termina en un fondo de saco, porque querían darle más importancia con el Valle de los Caídos o porque... No sé el motivo. Pero sí sé que nos avisaron con muy poco tiempo y se hicieron las cosas con cierto apresuramiento. A nosotros nos entregaron unos trajes azules para la ocasión y nos recogieron en el cementerio de La Almudena. Sin embargo, cuando llegamos nos dijeron que los propios sacerdotes de la basílica pretendían inhumarlo, aunque al final lo hicimos nosotros porque se dieron cuenta de que si lo hacían personas sin experiencia podía armarse una buena: que se les cayera el féretro y cosas por el estilo. Aun así tuvimos tiempo para hacer varios ensayos y que todo saliera perfecto». Hay otro dato que corrobora que la idea del Valle de los Caídos fue fruto de la improvisación o, quizá, de una pugna entre el presidente del Gobierno y el marqués de Villaverde, representante de la familia. Sólo un día antes, a las 16 horas, la Casa del Rey escribe al abad primado del Valle de los Caídos, Luis María de Lojendio, para comunicarle quiénes entregarán el cadáver y en qué lugar deberá ser depositado; concretamente «en el Sepulcro destinado al efecto, sito en el Presbiterio, entre el Altar Mayor y el Coro de la Basílica».

 

«Sí -admite finalmente Abánades-, yo también he oído que la familia no quería enterrarlo allí». Lo cual, viniendo de alguien que tenía bastante amistad con Carmen, la hija del finado, así como con su marido el marqués y el hijo de ambos, Francis, con quien le une la pasión por la caza, pues no parece un testimonio despreciable. «Yo creo que si finalmente exhuman a Franco, la familia me llamará para que me encargue». La respuesta a esta hipótesis no parece que vaya a tardar mucho, si es que se cumplen los planes del actual Gobierno que, según las últimas noticias, tiene decidido sacar los restos de Franco del Valle de los Caídos no más allá de este mes de julio. «En cualquier caso -remata Abánades-, no creo que la familia ponga ningún inconveniente a la exhumación y al traslado, al contrario».

 

Cuando llegue este momento tan anhelado por una gran parte de los ciudadanos de este país, cuando por fin se retire la losa y se extraiga el ataúd, ¿qué será lo que se encuentre? ¿qué verán los ojos de los testigos allí presentes y qué verán, a través suyo, los ojos de toda España? Gabino Abánades sostiene que se verá, más o menos, la misma figura que yació durante 48 horas en el Palacio Real ante miles de españoles. «Sólo que más acartonada, que es la expresión que utilizamos los exhumadores para referirnos a los cadáveres que han sido embalsamados». Este proceso, que llevaron a cabo los forenses Piga (padre e hijo), consiste habitualmente en la sustitución de la sangre por un fluido conservador, que suele ser una solución de formol. Pasados tantos años, la piel acaba amoldándose y pegándose, pero se mantienen los rasgos del difunto. «He presenciado una exhumación en la cripta de la Almudena de un cadáver que llevaba allí 70 años. Y el cuerpo estaba exactamente igual que cuando lo enterraron. Hombre, se momifica un poco, pero el cuerpo estaba totalmente entero». O sea, que no hará falta hacer la prueba del ADN para asegurarse de que es él, de que es Franco el que está allí. «¡Qué va! No hará falta. Se le va a reconocer de inmediato».

 

Un caso muy distinto al del resto de los que yacen en el Valle de los Caídos, cuya identificación es «prácticamente imposible», dado que se encuentran en fosas comunes, que la cal y otras sustancias desvirtuarían los resultados y que implicaría un proceso larguísimo y un coste inasumible para las arcas del Estado. «El que pida hacer pruebas de ADN a los casi 34.000 cuerpos que hay enterrados allí no tiene ni idea de lo que eso supondría». No obstante, Gabino Abánades es partidario acérrimo de la Ley de Memoria Histórica. «Es una necesidad y es humanitaria. He participado desde hace muchos años en actuaciones de esta ley. La última, en el cementerio de Arganda, donde exhumamos a varios hombres que fallecieron en el frente, en Perales de Tajuña. Estaban identificados y las familias los reclamaron y se los llevaron. Repito, me parece necesario y humano. Hay que recoger esos restos que están tirados en las cunetas y que a veces no se sabe ni de quién son. Valoro muchísimo el emprendimiento de la Memoria Histórica». ¿Y qué habría que hacer con esos restos sin identificar, dónde llevarlos? Abánades es tajante: «El Congreso tendría que crear la figura de los Cementerios Nacionales y que fueran enterrados allí. Y cementerios como el del Valle de los Caídos o el de Paracuellos entrarán también en esa categoría».

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