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César Valdeolmillos.
Viernes, 6 de julio de 2018
césar valdeolmillos

La búsqueda sin fin

[Img #16365]El dinero de los países ricos viaja hacia los países pobres atraído por los jornales de un dólar y las jornadas sin horarios, y los trabajadores de los países pobres viajan, o quisieran viajar, hacia los países ricos, atraídos por las imágenes de felicidad que la publicidad ofrece o la esperanza inventa. El dinero viaja sin aduanas ni problemas; lo reciben besos y flores y sones de trompetas. Los trabajadores que emigran, en cambio, emprenden una odisea que a veces termina en las profundidades del mar Mediterráneo o del mar Caribe, o en los pedregales del río Bravo"

Eduardo Galeano

Periodista y escritor uruguayo

 

El mundo está sorprendido y profundamente preocupado, por los movimientos migratorios que se vienen produciendo en las últimas décadas.

 

No es este un movimiento nuevo, ni exclusivo de nuestro tiempo.

 

Si analizamos la historia desde nuestros orígenes antropológicos, observaremos que el cordón umbilical que nos une a través de los tiempos, es nuestro permanente viaje, en una u otra dirección, siempre huyendo de algo o de alguien y perennemente en busca de la tierra prometida.

 

De hecho, yo me atrevería a decir, que ya, la acción de alumbrar a la vida, es una emigración del claustro materno al mundo exterior. Es nuestro primer viaje a lo desconocido. A un lugar extraño, ajeno al entorno del que inicialmente procedemos. Un lugar del que nada conocemos y en el que todo lo habremos de aprender.

 

En el albor de los tiempos, nuestra especie apareció en algún lugar del este de África, y desde allí emigró a los más remotos lugares del planeta. De Oriente a Occidente y de Norte a Sur, sin olvidar toda Europa.

 

La especie humana, vive en una permanente contradicción. Su devenir constituye una constante búsqueda de lo desconocido al tiempo que tiene miedo a romper con el ayer, con lo que hasta ese momento ha sido su entorno, su paisaje, sus costumbres y tradiciones, su familia, sus raíces.

 

En la estación marítima de Vigo, hay un grupo escultórico de Ramón Conde que refleja fielmente una escena que hasta hace algunas décadas se repitió miles de veces en ese puerto y en otros muchos de nuestro litoral, de donde salieron cientos de miles de españoles con la esperanza de hacer realidad una quimera: encontrar su particular “El dorado”. Hacer fortuna. Hacer las américas.

 

La obra de Ramón Conde, ahonda y refleja el drama que origina la emigración. Representa un hombre en disposición de partir hacia no sabe dónde, en busca de no sabe muy bien qué, abrumado por el peso que lleva en su alma. Por todo equipaje, una vieja maleta de madera o cartón piedra con cantoneras en las esquinas. En su interior, todo lo que se lleva, que en un bolsillo cabría y sitio podría sobrar. Cuatro harapos y una descolorida fotografía de sus más allegados serán el vínculo, que en las lejanas tierras que habrán de recibirle, le recordará que tuvo un pasado y que hay unos seres que siempre le esperarán.

 

A no mucha distancia, una mujer joven con un niño en sus brazos, contempla estremecida como el padre de su hijo se aleja sin atreverse a mirar atrás. Una pequeña distancia les separa. Una distancia que puede hacerse inmensa, infinita y romper la familia. Cada paso que el emigrante da hacia un futuro incierto, agranda la sima del vacío que sustituye el cúmulo de ilusiones sobre el que un día se intentó construir un proyecto de vida en común. Un sueño roto por aquellos que se dedican a jugar con las vidas ajenas.

 

¿Qué es lo que mueve a una madre a meterse en ese barquichuelo de papel que son las pateras, con un hijo de corta edad? ¿La ambición o la desesperación de ver que donde están se mueren sin remedio?

 

El emigrante se aleja de sus raíces huyendo de la opresión, de la injusticia, de la explotación, de la falta de futuro, sabiendo que si se queda, está condenando, a él y a su descendencia, a morir siendo esclavos.

 

El emigrante es mercancía, moneda de cambio de políticos, mafias, lobys y organizaciones no gubernamentales, por supuesto todos ellos benefactores y sin ánimo de lucro. No sabe que los mismos que desde la retaguardia le empujan a partir, serán los que en primera fila, le van a recibir. Con otros trajes, con otras caras, con distintas propuestas, pero con los mismos intereses. Utilizarlos en su propio beneficio.

 

Más tarde o más temprano se darán cuenta de que todos tienen el mismo rostro y tendrán que seguir buscando la tierra prometida.

 

Lo que ignora el emigrante, es el gran drama que le perseguirá en su peregrinar. Allá donde vaya, extranjero le llamarán y extraño se sentirá. Y es que en su sino está escrito, que tras la superación de un gran obstáculo, siempre va a encontrar otro mayor.

 

La única forma de entender el drama de la emigración, es leer en los ojos de los inmigrantes. En su mirada veremos reflejada la resignación de los sacrificios estoicamente soportados en su peregrinar hacia el mañana, el terror de haber sentido tan cerca la fría mano de la muerte en el mar, la angustia de su incierto destino, la impotencia de poder comunicarse en una lengua desconocida o la pugna contra un contexto social que le señala como extranjero, como extraño, como ajeno.

 

Extranjero por haber nacido en un lejano lugar al que alguien bautizó con otro nombre. ¿Por qué en vez de pensar de dónde viene, no le tendemos la mano para juntos caminar en la misma dirección?

 

Extraño por haber crecido con otros juegos. Acaso todos ¿No somos fruto del mismo amor? ¿El de una madre que con dolor nos alumbró y con infinito amor nos amamantó?

 

La geografía configura nuestra forma de vida, nuestros usos y costumbres, y en apariencia nos hace desiguales. Pero el ser diferentes no les hace inferiores.

 

Los estigmatizamos como intrusos porque ocupan los puestos de trabajo que nosotros rehusamos y nuestras escuelas educan a sus hijos. Como si los hijos fuesen acreedores a sus derechos como personas por razón de su procedencia.

 

Los descalificamos con apelativos desdeñosos porque nuestros médicos cuidan de su salud. Como si la fortuna y la adversidad tuviesen emplazamiento fijo y no fuesen cambiando de dueño.

 

Al extranjero que llega con la cartera vacía y en patera le llamamos inmigrante, al que viene en vuelo privado y con la cartera llena, le llamamos inversor.

 

¿En qué lugar de nuestros corazones habita la generosidad, el espíritu compasivo y tolerante, abierto a los sueños de esos semejantes que no han tenido la fortuna de nacer en nuestro suelo?

 

En Vigo, el grupo escultórico de Ramón Conde, nos recuerda que hubo un tiempo, en el que durante siglos, fuimos nosotros quienes recorrimos desconocidos caminos, conocimos otros mares y zarpamos de nuestros puertos, con el adiós de un pañuelo y la imagen de nuestros seres queridos, por las lágrimas, desdibujada y borrosa, mientras en la lejanía quedaba el amor de quien cada día habría de soñar con el ansiado del regreso.

 

Desde el albor de los tiempos, cuando no había fronteras, a algún lugar del planeta, con la esperanza de que alguien le escuche, el ser humano llega profiriendo el mismo grito.

 

Antes que a recibirles y hacerse la foto, llegaran los bajitos, los que manipulan nuestras mentes, los que nos expolian y nos mienten, los que truncan nuestros sueños y hacen que nuestras ilusiones revienten.

 

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