Aviso sobre el Uso de cookies: Utilizamos cookies propias y de terceros para mejorar la experiencia del lector y ofrecer contenidos de interés. Si continúa navegando entendemos que usted acepta nuestra política de cookies. Ver nuestra Política de Privacidad y Cookies
Elbia Alvarez.
Sábado, 28 de julio de 2018
Elbia Álvarez

Amor romántico

[Img #16401]Un asesino. El amor romántico. Un asesino de las relaciones amorosas entre dos personas. Gran parte de la biografía sentimental de mis padres, de mis abuelos, se compone de tangos, boleros, pasodobles y coplas. Sin tratar de quitar un ápice de genialidad a composiciones cuyas letras desarrollaban historias complejas y magistralmente construidas me pesa, ya demasiado, que cada vez que las escucho, el mensaje de lo que pudo ser y no fue, de quedarse anclado en la mirada de un hombre, en el beso de una mujer, en el abrazo de un marinero, en la fantasía dela conquista del príncipe azul desde “Blancanieves”, “Cenicienta” y “La bella durmiente”, considero que estas canciones han hecho un daño profundo a mis generaciones precedentes. Y a las actuales. Sigue pasandocon baladas procedentes del pop y de la canción de autor. Si es que esta última sigue existiendo.

 

El desamor como una razón para vivir, el victimismo, la excusa idónea para una queja constante. En cualquier idioma, en cualquier país. En occidente, al menos, que es de lo que tengo memoria y presente.

 

Que veinte años es mucho –y más si estamos en la plenitud de la vida-, “vivir con el alma aferrada, a un dulce recuerdo”, que me está matando cada día, aterrada, insomne.

 

Esta impronta que impone el deseo a la realidad creo que ha generado biografías sentimentales desastrosas: “Solamente una vez, amé en la vida”. Y cuando se acabó una segunda, y a la quinta encontré a la pareja de mi vida. Parece que es obligatorio encontrar al amor de tu vida. Que es estupendo que la pareja salga bien a la primera. Eso está claro. Pero, ¿y a todas las personas que no les salió bien ni a la primera ni a la segunda? Suponiendo que la primera hubieran podido desarticularla de alguna manera. Lo que no es fácil. Y en épocas pasadas imposible.

 

Es tan perverso el concepto como uno que ahora se oye y se escribe mucho: “Persigue tus sueños”. Pero hazlo, ¿eh?, que si no te muelo a palos y vas a saber lo que es un firmamento lleno de estrellas. Yo tuve unos determinados sueños a los 20 años, otros a los 30, etc. Alguno me duró décadas. Y cuando fracasé, después de llorar muchos días, sentí una liberación infinita.

 

Recuerdo a la chef catalana CarmeRuscadella en el programa “Retratos con alma”,hablando sobre esta persecución de su sueño. Hay que hacer antes una travesía del desierto, o varias, y a lo mejor llegas o no. Y si no llegas no pasa nada, ¡hombre!, ¡mujer!, que es mejor existir viviendo, con las pequeñas sorpresas que nos trae la vida cada día y que a veces nos quedamos pasmados de que cierta cosas ocurran, a los sueños imposibles -o posibles cuando dejamos de perseguirlos-, ansiando aquella mirada que un día un desconocido me dirigió en el metro, o una mujer te miró como jamás te había mirado una mujer en toda tu vida, la compañera de instituto que te prometió todo y no te dio nada y se fue con el semental más aparente del mercado, a ser posible médico o ingeniero, el hombre que te presentó un día tu primo y que, por esas cosas de la vida era tan inteligente como analfabeto emocional, tan brillante en los laberintos mentales –en los que a veces se perdía, todo hay que decirlo-, como negado para hacer un huevo frito u otorgar una mirada sincera al prójimo. “Bésame mucho, como sifuera esta noche la última vez”. Esta frase sí me gusta porque en realidad todas las noches pueden ser la última noche. Y a continuación lo estropea la autora: “que tengo miedo a tenerte, perderte después” ¡Perfecto! Reduce a las personas amante y amada a tener y perder. Un tema crematístico podríamos decir. Sólo se pierde lo que se tiene. Un reduccionismo que presiona a los amantes a parecer lo que no son y a ser lo que se supone que el otro espera que seamos. No se dice nada del ser y estar. Nada. Estar por estar. Estar porque eres feliz. “Mira mi brazo tatuado, con este nombre de mujer, es el recuerdo del pasado, que nuca más ha de volver”, y a continuación ella hará exactamente lo mismo. Se tatuará el nombre de él, de mostrador en mostrador, y preguntará a todos los marineros que bajen a puerto por el del nombre que lleva grabado a fuego y que nunca más volverá.

 

Sólo encuentro una manera de comprender estos mensajes que se han expandido como una epidemia. O dos maneras. La primera, y en referencia a los fragmentos de canciones expuestos más arriba, alude a la espantosa posguerra española, donde la carencia de vida, de amor, de alimentos y de compañías atenuantes de soledades atroces, requería con urgencia unas realidades ficticias –como muy bien hizo el cine-, que aproximaran al ser humano a algo parecido a lo tan necesario como carente. Esas ensoñaciones que les aproximaban quizás a algo parecido al sentimiento del cariño, a convertir una sardina en trescientas –en épocas de penuria se hacen milagros-, a considerar el espacio encogido y frío en el que vivían en el más pequeño palacete de Las Mil y una Noches. No, que no se podía leer por entonces. El palacio de los cuentos de hadas. Anda que, pobres hombres también que tenían que parecerse al tísico príncipe azul. No lo quiero ni pensar.

 

Y hablando de príncipes. Pienso en las princesas prisioneras en castillos tan majestuosos como helados, mirando hipnóticamente por una ventana hacia el horizonte, a ver si llegaba el príncipe que la colmaría de todos los sueños divinos y terrenales. Y en los casos en los que llegaba, el príncipe ya era otro hombre, surcado de sangre seca y grasa de animales asados comidos hasta la saciedad. De polvo de caminos flanqueados por ladrones y brujas y la vestimenta rota, la armadura que no pudo defenderle partida mostrando unos rasgos mínimos de lo que podría haber sido humanidad. Da igual si llegaba vencido o victorioso. Las heridas y la muerte son las mismas en los dos bandos. Y la princesa esperando, aterida de frío, a un hombre que de no verlo se lo había inventado y cumplido todas las expectativas de la ensoñación.

 

Más de lo mismo.

 

Todas las carencias, que hoy damos por sentado que no las tenemos, cuando en realidad todos los géneros musicales que triunfan hoy día siguen transmitiéndonos el mismo mensaje. Una y otra vez. El desamor, la ausencia del ser amado, que cuanto más ausente más deseado es. Sólo que con una diferencia cualitativa muy grande. Las letras y músicas de las canciones de toda la vida eran magistrales. Muy buenas. Ese concepto de excelencia, tan en boga hoy en día, que ahora brilla por su ausencia en las canciones más recientes que a todas horas emiten la radio y la televisión.

 

Alguna excepción. Ahora y antes. Serrat: “Tu nombre me sabe a hierba/De la que nace en el valle/A golpes de sol y de agua/Tu nombre me lleva atado/En un pliegue de tu talle/Y en el bies de tu enagua”. El “Gracias a la vida” de Violeta Parra: “Gracias a la vida, que me ha dado tanto/ Me dio dos luceros, que cuando los abro/ Perfecto distingo, lo negro del blanco/ Y en el alto cielo su fondo estrellado/ Y en las multitudes el hombre que yo amo”

 

La segunda: el poder, ese ente abstracto que concreta nuestras noches y días en el recuerdo malherido de lo que nunca conocimos y que por eso mismo es maravilloso El deseo por encima de cualquier realidad amable y buena. Que la hay. Pero como estamos ciegos y sordos, perdidos en lo que pudo haber sido y nunca fue. En lo que puede ser y nunca es, somos incapaces de darnos cuenta de lo que está a nuestro lado, cuando miramos hacia arriba o un poco más allá. Al poder no le interesan las personas felices, pensantes, amables. Son peligrosas. No hacen caso. Y fíjate que ahora tienen una o dos casas –bueno no, porque pagan hipotecas que duran hasta después de muertos-, y coches –tampoco, que se pagan con créditos hasta que se estropean antes de finalizar el pago y hay que comprar otro nuevo y otro crédito. Uno más uno igual a dos créditos-, televisiones, móviles que detienen al individuo siempre en el mismo sitio, ropa de usar y tirar, por tanto más armarios para guardarla y, ¿dónde ponemos otro armario?

 

La educación sentimental decía al principio. “Si el amor es ciego ¿cómo va a dar en la diana?” escribe Shakespeare en “Romeo y Julieta”. Y aquí nos encontramos con el símbolo secular del amor representado en un niño pequeño regordete con alas, el arco y la flecha, y los ojos vendados. Denominado también ʹamorcilloʹ o ʹcupidoʹ. Lugar común en la historia del arte desde la época de los romanos. Y en la literatura. Esta lucidez a la que apela el DRAMATURGO británico la entiendo desde la inteligencia de la intuición, puesto que, desde mi punto de vista, es la mente. Y el poder fustigándola. Muy dócil ella. La mente. Productora de irrealidades y fantasías que encarcelan a los amantes, a los rasgos que caracterizan la bondad humana en todas sus dimensiones, a la conciencia espiritual que tenemos y que tememos.

 

Y para terminar, ya que he comprobado que las expectativas catastróficas funcionan tan bien, se acaban cumpliendo antes o después, ¿por qué no empezamos a tener expectativas positivas? Que si se cumplen las malas también se cumplirán las buenas. Digo yo.

¡Deje su comentario!
Normas de Participación
Esta es la opinión de los lectores, no la nuestra.
Nos reservamos el derecho a eliminar los comentarios inapropiados.
La participación implica que ha leído y acepta las Normas de Participación y Política de Privacidad
VegaMediaPress • Términos de usoPolítica de PrivacidadMapa del sitio
© 2018 • Todos los derechos reservados
Powered by FolioePress