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Rosario Segura.
Viernes, 31 de agosto de 2018
Rosario Segura

Incluso el amarillo

[Img #16554]La situación en Cataluña por la puesta en escena de las cruces, y demás herramientas amarillas, sembradas en el espacio de todos, hace que se hable de la neutralidad del espacio público, como un sitio donde no se pongan cosas que puedan molestar a otros.

 

Este planteamiento “a priori”, parece tener cierto sentido común, pero se puede caer en limitar de forma preocupante la libertad de expresión, que todo ser humano tiene en su dimensión social y en el uso del espacio público, que es un símbolo de ciudad.

 

En la Grecia clásica, la cultura se decantaba por el pensamiento y la autonomía racional, el hombre es la medida de todas las cosas, por tanto la ciudad debe de estar también a la medida del hombre. Se construye así el ágora, que llegó a ser el centro de las “polis”, tanto desde el punto de vista económico, comercial, religioso (donde se daba culto a todas las deidades, hasta al dios desconocido), como del político, al ser lugar de reunión para discutir sobre los problemas de la comunidad.

 

Es evidente que estos espacios son cada vez más importantes en la sociedad moderna, pues se cruzan diariamente multitud de personas que no se conocen ni mantienen ningún trato entre sí, sin embargo nos influimos mutuamente, “son el contexto inevitable en la vida de cada uno” (Taylor, 2006).

 

Por eso el espacio público tiende en esencia a la mezcla social, esto es, que hace de su uso un derecho ciudadano de primer orden, y debe garantizar en términos de igualdad, la apropiación por parte de diferentes colectivos sociales y culturales, de género y edad (B. y M., 2000). Todos tenemos el derecho al uso del espacio público y presencia en él.

 

En una España plural donde hay de todo, las expresiones deben de ser también plurales, porque sino, volveríamos al ostracismo y la endogamia. Es como no hablar para evitar la confrontación. Soy contraria a las prohibiciones, prefiero la educación. Y solo concibo el espacio de todos, como un lugar de encuentro, para todos.

 

También es verdad que hay cosas que se escapan al decoro, que son obscenas (fuera de la escena, atendiendo otra vez a los clásicos), donde su expresión corresponde al ámbito privado, por provocar evidente alboroto, como ir desnudos, o hacer sexo en la calle. En este sentido se ha de tener en cuenta la cultura, pues si estuviéramos en alguna tribu primitiva, quizás sería normal, pero nuestra idiosincrasia imprime un carácter que tampoco hay que despreciar ni trasgredir.

 

En definitiva, el espacio de todos, debe de contribuir a sentir orgullo del lugar en el que se vive y a un reconocimiento por los demás, a la visibilidad y a la identidad y será un lugar al que todos tienen acceso, sin discriminación por razón de origen económico, social, género, edad, religión, o etnia.

 

No obstante siempre habrá alguien a quién le moleste cualquier cosa de este espacio, incluso el color amarillo. Sin embargo es un riesgo que hay que asumir, en aras de la libertad y la pluralidad.

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