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Mariano Sanz.
Miércoles, 5 de septiembre de 2018
Mariano Sanz

Lazos, señeras y esteladas

[Img #16587]Tengo un amigo que defiende con rotundidad y pasión su derecho a colocar lazos amarillos en lugares públicos. Es decidido partidario de instaurar la república catalana y de su secesión del resto de España, a la que culpa de todos los males que aquejan a Cataluña desde el 11 de septiembre de 1714, y aún antes, cuando Cataluña solo era un conjunto de condados vecinos al reino de Aragón y al Imperio carolingio. España, dice, les roba y les ha robado siempre.
 
Tengo otro amigo, también catalán (ambos, por cierto, pertenecientes a sendas familias de emigrantes almerienses), que defiende su derecho a retirar lazos amarillos de los lugares públicos con la misma libertad democrática que el anterior.
 
Y tengo un tercero que confiesa estar harto del denominado “procés”, al que considera una cortina de humo expandida por los malos políticos que se dedican a la guerra de lazos y esteladas, mientras el país (Cataluña) permanece en un vergonzoso cierre del Parlamento, los Pujol circulan a su antojo continuando con sus trapacerías sin que nadie se atreva a meterles mano; las eléctricas -en las que los rebotados de la política de uno y otro signo hacen su agosto-, suben la factura con indiferente desahogo; la banca obtiene pingües beneficios con los 60.000 millones que el estado sacó de nuestros bolsillos sin que nos hayan hecho participes de su bonanza; la sanidad ha entrado en un proceso de carencias que la iguala a la del resto del país, y un largo etcétera con el que me martiriza cada vez que coincidimos en el ascensor.
 
Soy amigo de los tres y me gustaría seguir siéndolo, pero el asunto se pone cada vez más difícil. El primero ha hecho de su causa una cuestión de fe y solo trata de buscar argumentos que refuercen su posición, por peregrinos que sean. Considera mártires de la represión española a los auto-exiliados en Bruselas y a los encarcelados sin razón alguna, algo parecido a lo que sucede con la Sabana Santa, se sabe sin lugar a dudas que procede del siglo XIV, pero el buen creyente sigue convencido de que es el sudario de Cristo. En asuntos de fe, cualquier discusión resulta estéril.
 
El segundo pretende, sencillamente, que respeten su posición y se niega a que nadie lo considere mejor o peor catalán porque prefiera una Cataluña integrada en el resto de España. Al tercero, lo único que le preocupa (dice ser apolítico, por más que le recuerde las palabras de Aristóteles), es que se gestionen bien los recursos, que los políticos gobiernen para el bien común de la ciudadanía, sean estos Tirios, Troyanos o Metecos, antes que para el exclusivo triunfo de sus partidos.
 

Por fortuna, y por encima de todo, nos interesa la pacífica convivencia y para ello no hemos sabido encontrar más que una vía: aparcar los temas de política como en su día aparcamos los de religión, pero ello nos deja un cierto regusto amargo, la sensación de que algo no hemos sabido gestionar bien, porque la religión es cosa íntima, pero la política es cosa pública y estamos condenados a entendernos.

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