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Juan Ramón Calero.
Martes, 25 de septiembre de 2018
La opinión de Juan Ramón Calero

Otra oportunidad

[Img #16682]Si Dios no lo remedia, el próximo 29 de Marzo se consumará el Brexit: el Reino Unido abandonará definitivamente la Unión Europea. Y, a estas alturas, todavía no sabemos cómo, si con un pacto que regule las condiciones de la salida y las futuras relaciones, o con un divorcio sin acuerdo. Las negociaciones están siendo muy duras. Los principales escollos, pero no los únicos, son la frontera con Irlanda del Norte y el sometimiento del Reino Unido a la Jurisdicción del T.J.U.E. durante un periodo transitorio. Bruselas no puede ceder, porque no conviene que parezca que abandonar la Unión Europea sale poco menos que gratis. Y Londres lo tiene muy difícil, porque Theresa May no está respaldada unánimemente por el Partido Conservador, sino que tiene enfrente a los que propugnan un Brexit duro, como Boris Johnson y Jacob Rees-Mogg. Y tampoco puede contar con el Partido Laborista, por la ambigüedad de Jeremy Corbyn, que está pensando más en sus intereses electorales que en los de su país. Así que, poco a poco, se incrementa la posibilidad de un Brexit duro, de una ruptura abrupta, de un divorcio sin acuerdo. Se reconoce que esto sería malo para todos, pero se están perdiendo las esperanzas de que pueda evitarse.

 

En un alarde de optimismo, los que suelen hacer de la necesidad virtud, están viendo la parte buena, los efectos positivos que para los otros 27 Estados va a suponer la consumación del Brexit. Ciertamente, para la construcción de la unidad de Europa, el Reino Unido siempre ha sido una rémora. Sus dirigentes se han opuesto, una y otra vez, a la creación de políticas comunes, ya fuese en materia de defensa, o de relaciones exteriores, o en cuestiones sociales, o presupuestarias. No habían aceptado la moneda única, y llevaban mal lo de la libre circulación de personas. Todo esto es verdad. Pero el Reino Unido estaba ahí, como contribuyente neto a la Unión, y aportando unos valores democráticos incuestionables, y que forman parte de los principios políticos en que se basa el proyecto de la Unión Europea. En este sentido, si se consumase el Brexit, esto significará también un fracaso para todos los europeos, un retroceso importante en el camino de la integración. Pues Inglaterra, Escocia, Gales e Irlanda del Norte participan del modo de ser europeo, y siendo como son Europa, resulta aberrante que queden fuera de su proceso de integración política, aunque sólo fuese por unas décadas.

 

Ahora bien, quien tendrá que sufrir las más dolorosas consecuencias si se consumase el Brexit, es el propio Reino Unido. El gobernador del Banco de Inglaterra, Mark Carney, ha advertido que un divorcio sin acuerdo podría incrementar el paro en cifras alarmantes. Y el Fondo Monetario Internacional, a través de su directora, Christine Lagarde, ha destacado los enormes costes que la consumación del Brexit sin acuerdo podría suponer para la economía británica. Aparte de que, a medio plazo, el Reino Unido está poniendo en riesgo su integridad territorial. En el referéndum de 2016, Escocia votó mayoritariamente por permanecer en la Unión Europea. Tras la consumación del Brexit, no está descartado el riesgo de que Escocia pida la independencia para integrarse en la Unión Europea. Y, para mayor complicación, no sabemos lo que ocurrirá con Irlanda del Norte, se establezca o no una frontera terrestre con Irlanda. Demasiados costes, y demasiados riesgos.

 

[Img #16683]Y siendo esto así ¿por qué los británicos no rectifican? ¿Por qué no se dan una segunda oportunidad? ¿Por qué no convocan otro referéndum?. En el propio Reino Unido hay voces que reclaman este segundo referéndum. La última, la del alcalde de Londres, Said Khan. Pero antes ya se habían manifestado en este sentido los laboristas Tony Blair y David Milliban, y el liberal Nick Clegg. Argumentan que en el referéndum de 2016 los partidarios del Brexit mintieron, o no dijeron toda la verdad. No explicaron ni cómo salir de la Unión Europea, ni cuáles serían las nefastas consecuencias de la salida. Ahora ya se saben, y algunos británicos, que se han asomado al precipicio de un futuro fuera de la Unión, se atreven ya a calificar el referéndum de 2016 como una estafa, y están manifestándose públicamente a favor de un segundo referéndum, con la convicción absoluta de que esta vez ganarían los partidarios de permanecer en la Unión.

 

¿Y qué podemos hacer el resto de los europeos para ayudar a los británicos en este difícil trance?. Desde luego, ni el Consejo ni la Comisión pueden aceptar el llamado plan Chequers, que presenta Theresa May, porque es un plan ventajista, desequilibrado a favor del Reino Unido y en perjuicio de los intereses de la Unión Europea. Sin embargo, nuestros dirigentes políticos deberían intentar convencer a Theresa May de que convoque otro referéndum, y a Jeremy Corbyn de que apoye, o por lo menos de que no incordie. Lo más seguro es que ese referéndum resultaría favorable a la permanencia de la Unión Europea. Y entonces se acabarían los problemas. Todos, los británicos los primeros, respiraríamos aliviados. Pero el Gobierno de Theresa May se niega en redondo a convocar ese segundo referéndum. Es posible que en los próximos meses el Gobierno británico cambie de opinión, y aún estemos a tiempo. Pero, la verdad, soy pesimista. Me temo que a Theresa May le falta el valor, la inteligencia y la grandeza que su país en este momento necesita.

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