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Juan Ramón Calero.
Lunes, 8 de octubre de 2018
La opinión de Juan Ramón Calero

El regreso de Aznar

[Img #16755]Mientras Mariano Rajoy estuvo de presidente del PP, Aznar permaneció en la penumbra de la FAES, la fundación hecha a su medida. De vez en cuando, como un renacido Zaratustra, hablaba desde la montaña. Decía que no se sentía representado por el PP. Renunció a seguir como presidente de honor. Y, en el último congreso del partido, ni siquiera fue invitado. En tiempos de Rajoy, para Génova, 13, Aznar era como un dolor de muelas, como una maldición bíblica, que había que soportar estoicamente, sin perder los papeles. Algunos, como María Dolores de Cospedal, que nada le debían al ex presidente, se atrevieron a expresar públicamente ciertas palabras duras sobre el señor Aznar López. Pero la mayoría optó por callar, y pedirle al cielo todos los días que Aznar no hiciese más declaraciones públicas.

 

Tras la caída de Rajoy, las cosas han cambiado radicalmente. Pablo Casado y su equipo han hecho alardes públicos de respeto a Aznar, que algunos maliciosos han interpretado como rendición de pleitesía. Don José María ha regresado a Génova, 13, en una aireada visita de cortesía al despacho del presidente. Y se le ve lozano, rejuvenecido, sin ese aire lúgubre y taciturno a que últimamente nos tenía acostumbrados. Por otra parte, en su comparecencia en el Congreso de los Diputados, en la comisión sobre la financiación del PP, hemos vuelto a ver al Aznar puro y duro de toda la vida, el de “márchese señor González”, y el de las “armas de destrucción masiva” de Irak. El veterano político le plantó cara a Rufián y a Iglesias, utilizando su mismo lenguaje. Fue directo, enérgico, y un poco faltón, aunque, la verdad, no tanto como sus oponentes. Lo cierto es que la repercusión mediática de este duro enfrentamiento ha sido enorme. Y Aznar ha gustado mucho a una parte del electorado natural del PP. Algunos me han comunicado con entusiasmo que en esa intervención en el Congreso Aznar ha demostrado que es el político más inteligente y más valiente del centro derecha. Como me lo dicen, lo cuento.

 

En mi opinión, la simple expectativa de que regrese Aznar, está teniendo ya consecuencias políticas. Desde luego no podemos atribuirle toda la responsabilidad de esa espiral de crispación en que el PP se ha enfrascado. Sin duda, una de las causas de la crispación es el enfado. Y los dirigentes del PP tienen muchos y sobrados motivos para estar enfadados. Nadie esperaba la moción de censura. Nadie esperaba que, una vez planteada la moción, Rajoy no dimitiera y no diera paso a otro debate de investidura que hubiera permitido que el PP permaneciera en la Moncloa. Nadie esperaba que el PP perdiera el Gobierno de la nación. Y ha sido una pérdida muy importante. Todavía algunos andan descolocados, sin terminar de creérselo. Tienen, pues, motivos para el enfado. Y es lógico, y hasta comprensible, que, tras los primeros meses de desconcierto, los dirigentes del PP estén arremetiendo contra el gobierno del PSOE, con una virulencia que nos recuerda los mejores tiempos de Aznar en la oposición. Pero, aun siendo cierto y justificado este enfado, en el origen de la espiral de crispación también está el deseo de emular a Aznar, de seguir su estela, de copiar su estilo, tal y como se mostró en su última comparecencia en el Congreso de los Diputados. Y ambas causas explican que ahora nos encontremos en plena vorágine de la crispación, en la que todo vale, desde cuestionar la legitimidad democrática del gobierno de Sánchez, hasta acusar al presidente de cómplice y encubridor de los separatistas.

 

Y realmente ¿esto es bueno? ¿Le conviene la crispación al PP? ¿Le conviene a la sociedad española?. Desde luego, el estilo agresivo y arrogante de Aznar tiene su público. ¿Mucho?. En mi opinión, no más de tres millones. Pero el PP, para ganar, necesita otros cinco millones más de votos. Y esos sólo los puede conseguir en el sector social moderado, templado, al que no le gustan ni los conflictos ni las tensiones. Se trata de personas que prefieren las actitudes de respeto al adversario y a las ideas del adversario; personas que piensan que la solución de los problemas no discurre por los caminos extremos, ni se consigue por la aplicación de ideas radicales, sino que ha de nacer del diálogo, de la transacción y de la flexibilidad intelectual. O sea, de todo lo contrario que la crispación. Si el PP quiere obtener votos de la moderación social, debería replantearse su estrategia de crispación.

 

Y, además, España tiene un grave problema con el separatismo catalán. Los partidos constitucionalistas deberían convencerse de dos cosas: la primera, que unas elecciones generales anticipadas no son el escenario adecuado para frenar al separatismo; y, otra, que España necesita un pacto entre el PP, el PSOE y Ciudadanos para aplicar otra vez el artículo 155. Y, para conseguir esto, para defender los intereses generales de España, la crispación no es el camino adecuado.

 

Bienvenido sea Aznar, si es que de verdad quiere regresar. El PP tiene todo el derecho del mundo de recibirle con palmas y olivos; incluso de ensalzarle de nuevo al liderazgo. Pero que los efluvios de esta ceremonia de la regresión no les impidan contemplar la realidad de la España actual, más necesitada que nunca de que sus grandes partidos practiquen la virtud política de la moderación.

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