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Elbia Alvarez.
Sábado, 17 de noviembre de 2018
Elbia Álvarez

Soles de verano

[Img #16878]El sol sale para todos y cada uno tiene el suyo.

 

Acaba de pasar el verano y ya comienzo, en algunos momentos, a echarlo de menos. Momentos nada más. Porque es bueno que haya cuatro estaciones. Para la naturaleza y para nosotros. El otoño me hace valorar más el verano, el invierno el otoño. Y no digamos ya la primavera, en la que el descanso del invierno nos ha traído este año una floración radiante como hacía años que no había. Tantos que hasta se me había olvidado que la primavera existe. Los campos rojos de amapolas, violetas de espliego, toda la tonalidad de verdes en plantas y árboles cuyos nombres desconozco, blancos de jara, amarillos de retama, azules de jacintos del bosque y de verónicas. Una fiesta enigmática por su realidad intensa, que se produce en los campos de España.

 

Ahora, por desgracia, cada muchos años por el cambio climático.

 

Con retraso comienza el otoño y percibo como algunos rayos de sol estivales remolonean y persisten en quedarse, rechazando el irse, el dejar paso al otoño para recoger los frutos, para que la luz pueda pasar entre los árboles de hoja caduca e iluminar mejor nuestros interiores.

 

Son esos últimos rayos de sol los que me hacen rememorar el verano, el descanso, la alegría del calor que me permite quitarme abrigos, jerseys, calcetines y bufandas, disfrutar del cielo mirándolo tumbada en la tierra, las conversaciones en las terrazas con los amigos, un baño redentor en el mar. Y también, por qué no decirlo, recibir una factura de la luz notablemente más baja en su precio. Lo que agradezco. Me puedo permitir el lujo de no usar aire acondicionado puesto que vivo en una casa de pueblo.

 

Las vacaciones. Y ¡pagadas! ¿Les sorprende? Ahora lo damos por hecho. En Occidente por supuesto. Las vacaciones pagadas es algo que sucedió hace muy poco tiempo. En el siglo pasado. Ni siquiera han cumplido un siglo. Excepto la gente que tenía tiempo y dinero, la aristocracia, a mediados del siglo XIX, empezó a tener una segunda residencia para huir de los calores sofocantes de la ciudad. Algunos emperadores romanos también tuvieron sus villas de verano por este motivo. Aunque supongo que sus primeras residencias no eran las más agobiantes y calurosas (Profesoras María y Laura Lara https://www.youtube.com/watch?v=ZbUFwVRc-fk).

 

En 1936, un mes antes de que comenzara la guerra civil en España, la huelga de los trabajadores franceses reivindicando una jornada laboral de 40 horas a la semana y unas vacaciones pagadas, hace que el gobierno francés, en el que está el Frente Popular, acceda a las peticiones, estableciendo lo que posteriormente se llamaría el estado del bienestar. Benditas huelgas aquellas en las que los trabajadores franceses iban a las fábricas a cantar y bailar, dejando el país paralizado. (https://www.diariosur.es/sociedad/201606/20, https://www.hoy.es/sociedad/201606/19). Se denominaron “las huelgas alegres”. Tan lejano el concepto del actual. Ahora. Miles de personas que buscan trabajo, bajan el sueldo del que posee el sueldo más bajo de los asalariados. Devorándonos unos a otros por comer unas migajas caídas al suelo y que no da para llegar a fin de mes. La invocación al miedo de las clases altas, que tienen una segunda residencia, una tercera, una cuarta…, paraliza y confunde a unos trabajadores estresados y agotados porque tienen que ser los más rápidos, competentes y callados, ya que si no cumplen estos requisitos hay una cola de 400 personas detrás que lo harán por menos dinero e igual de bien. En este sentido, me pareció muy interesante el programa de Radio Nacional “Por tres razones” emitido el jueves 18 de octubre en el que un transportista contaba lo que les exigían los empleadores, como, por ejemplo, hacer Zaragoza-Madrid en dos horas y media. Lo que es objetivamente imposible. Y produce un aumento significativo de accidentes de furgonetas. Transportes. Sector que va para arriba gracias a las compras on-line por Internet.

 

Volviendo al Frente Popular de Leon Blum en 1936 y a las “huelgas alegres”, muchos franceses vieron por primera vez el mar.

 

Y en el mar, en nuestras vacaciones pagadas, los que las tienen, porque ahora no todos los trabajadores pueden. Ni mucho menos. Saliendo de una crisis brutal y ya están anunciando la siguiente, que parece que será aún peor. Y en el mar, escribía, en esta sociedad del bienestar y del consumo, observo a padres que aman a sus hijos y a hijos que odian a sus padres, a padres que odian a sus hijos y a hijos que buscan el amor de sus padres, al niño de tres años que mira a la madre pidiendo su aprobación para el castillo de arena maravillosamente imperfecto que acaba de hacer. Y la madre le sonríe y le coge en brazos. Parejas que no se hablan. Parejas que se aman. Polo, el perro de la casa, que excava con sus patas en la tierra haciendo un hueco en el que a continuación se acuesta, la flor que empieza a declinar junto a un capullo a punto de reventar, el trabajo inaudito de los camareros que después estarán sin trabajo de noviembre a abril. Cada uno de ellos hace el trabajo de tres. Una mujer mayor con su nieta cargada con un flotador más grande que ella –que la abuela-, una bolsa con agua para la niña, toallas, comida por si acaso. Una anciana cargada como una mula mientras la pequeña va dando saltitos y empezando ya el aprendizaje de seducir y de ser la más guapa del mundo. La abuela después hincha el flotador soplando, a pulmón, quedándose exhausta y mirando con estupor cómo la nieta está flotando en el mar. Muchachas que van con tumbonas de plástico en una mano, ya hinchadas, y en la otra mano el móvil. Se meten al mar, se tumban sobre el colchón hinchable y así se pasarán horas, mecidas por las suaves olas del mar en calma, tomando el sol o hablando por el móvil. Ancianos que dormitan al atardecer en la plaza mayor del pequeño pueblo, o que hablan entre ellos. A veces sin escucharse porque están sordos. Pero no importa. Se están comunicando de alguna manera. Algunos sacan las sillas a la acera, en el fragmento que corresponde a su casa, y hablan de temas que no por repetidos son menos importantes para ellos. El sol rozando suavemente la piel de los que viven en los países más fríos del norte. Los pies descalzos que corren, que caminan, que saltan al sol, al cielo del verano, los cuerpos tendidos en las siestas descansando de una actividad a veces abrumadora, con un respirar susurrante que componen el concierto de los mejores sueños del ser humano.

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