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Mariano Sanz.
Miércoles, 19 de diciembre de 2018
Mariano Sanz

DAMNATIO MEMORIAE

[Img #16957]Seguramente estaba inventada muchos siglos antes (quizás ya en el paleolítico, cuando los primeros hombres pintaban sobre rastros anteriores, raspaban grabados que no les gustaban o completaban con estilo diferente pinturas originales) pero fueron los romanos quienes la bautizaron, como a tantas otras cosas que nos legaron: damnatio memoriae.

 

Quizás la habían copiado de los reyes egipcios, que fueron maestros en la práctica. Muchos faraones se afanaron en eliminar los sellos reales de las estatuas y sustituirlos por los suyos, causando no pocos quebraderos de cabeza a los pacientes egiptólogos. Recordemos el caso de Amenofis IV, que se hizo llamar Akhenatón cuando le dio por cambiar el sistema religioso, o el de la reina Hatshesup (la del famoso templo en Deir el-Bahari), excluida de la memoria histórica por su sobrino y sucesor Tutmosis III. Con ello intentaban un efecto harto doloso según su creencia: al borrar el nombre, borraban la propia existencia en el más allá.

 

Auténticos expertos en el asunto fueron los emperadores romanos, sobre todo a partir de época imperial. El trillo les pasó por encima a más de treinta, entre emperadores y altos dignatarios: Calígula, Domiciano, Alejandro Severo, Diocleciano, Majencio, Lucio Elio Sejano, etc.

 

El asunto no era ninguna broma, la condena era ejecutada por el Estado, eso le confería carácter de ley de obligado cumplimiento, lo que afectó a muchas instituciones que también quisieron castigar a desafectos. El papa Esteban VI, en el año 897, le aplicó la damnatio memoriae a su antecesor Formoso en un sínodo al que llamaron Sínodo del terror o Sínodo del cadáver porque el de Formoso fue desenterrado para cortarle los tres dedos con los que tantas bendiciones había impartido. Lugo tiraron el cadáver al Tiber sin que conste en los anales si los receptores de las bendiciones las devolvieron a origen o quedaron invalidadas de facto.

 

En la actualidad, la medida podría resultarnos trasnochada, ridícula, o incluso cobarde, pero todos guardamos en el armario de la memoria nombres a los que se la aplicaríamos con gusto.

 

Intento vano, pasados los años, seguimos recordando perfectamente a los personajes que se pretendió olvidar.

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