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Un cuento de Elbia Álvarez para los lectores de VegaMediaPress
Martes, 25 de diciembre de 2018
Un cuento de Elbia Álvarez para los lectores de VegaMediaPress

Cuento de Navidad

[Img #16982]Manuel estaba sentado frente al televisor viendo su serie favorita cuando llamaron a la puerta. Se levantó enfadado y preguntándose quién se atrevería a venir a esas horas de la noche. Abrió la puerta y se encontró con el Rey Melchor. “Buenas noches querido amigo, soy el Rey Melchor”, “Sí, y yo Papá Noel”, contestó Manuel iracundo y cerrando la puerta. Pero Melchor ya había puesto el pie y entró en la casa. “¡Ay, qué cansado estoy!”, y se sentó en el butacón grande desde el cual Manuel solía ver la televisión. Este empezó a decir algo pero el Rey continuó: “Ahora vendrán mis amigos”. Miró a su alrededor y vio un pisapapeles de cristal azul con burbujas –“Pero quién tiene hoy un pisapapeles en su casa”, pensó mientras lo cogía y lo lanzaba contra el televisor. La pantalla se rompió en mil pedazos y salió algo de humo por detrás. “¡Cabrón, satanás, hijo de…!”, “¡Cállate tonto! Ese cacharro es una maldición”. La rotundidad de las palabras de Melchor hizo que Manuel se callara. Pero le temblaban los labios y tenía los ojos humedecidos. Cuando se recuperó un poco del espantoso estropicio dijo, “Voy a llamar a la policía”. “Llama, llama”, insistió Melchor acercándole el teléfono. Llamó al 112 y le contestaron enseguida. “Mire, no se lo va a creer pero se me ha colado en casa un señor que se hace pasar por el rey Melchor y me lo está rompiendo todo”, “Le aconsejamos que vaya al hospital más próximo, a la unidad de psiquiatría. A no ser que Melchor le vaya a matar y le enviamos una ambulancia inmediatamente”. “No, no, no, mire, yo no estoy…”. “Ya han colgado”, le indicó el Rey. Manuel comprobó que era cierto. Colgó con lentitud y caminó lentamente hacia la puerta de su casa. Para irse. Cuando la abrió estaba Gaspar. “Gracias Manuel. No te imaginas lo cansado que estoy”. Manuel, pasmado, miró cómo Gaspar se iba hasta la sala y se sentaba en el sofá, ocupando un amplio espacio, casi como el de dos personas. Gaspar era muy alto y muy gordo. “Hola Melchor, ¿qué tal andas?”, “Bien querido amigo, bien. Aquí, con Manuel, esperando a que me deje decirle que me traiga un whisky. ¡Qué bien me vendría! Tengo frío”. “Pues yo tengo hambre, un hambre descomunal. Estos viajes tan largos y siempre en la misma fecha ¡Tiene narices la cosa! A ver si Manuel tiene un pavo, mejor dos pavos, porque con todos los que somos…” Manuel miraba la escena como si no le estuviera pasando a él. Se fue al recibidor. “Qué palabra tan antigua”, pensó Melchor, ‘recibidor’”. Manuel cogió su abrigo, bufanda y sombrero y, sin siquiera ponérselos abrió la puerta para huir lo más lejos posible. “Cuando vuelva seguro que todo estará como antes”, pensó mientras la abría. Pero ahí estaba Baltasar, con una sonrisa en la boca y haciéndole una reverencia. El Rey entró como Pedro por su casa y cuando Manuel trató de salir al gran pasillo que conducía a la calle allí estaban los pajes, los tres camellos, los pastores con las cabras y las ovejas, los ayudantes de los pajes. En fin, toda la corte mágica que los Tres Reyes necesitaban para hacer tan largo camino.

 

Manuel cerró la puerta quedándose frente a ella un tiempo incalculable. “Un espacio que sirve para huir…, pero ni por esas”, pensaba Manuel, llorando unos lagrimones gruesos y espesos. “¿Cuánto tiempo hace que no lloro?”, la pregunta se le cruzó de repente rompiendo por unos instantes la pesadilla que estaba viviendo.

 

Baltasar, sentado en el suelo de la sala, conversaba animadamente con sus amigos. “Manuel, tráenos un whisky”, inquirió irritado Melchor. Manuel pegó un salto que le sacó de su posición de estatua frente a la puerta cerrada de su casa. Volvió a la sala en menos de un segundo, como si le hubieran puesto un petardo en el trasero. Se quedó inmóvil mirándolos. “Que nos traigas la botella de whisky y cuatro vasos, ¡hombre! ¿Cuántas veces tengo que pedírtelo?”, gritó Melchor. “Hazle caso”, le dijo Gaspar, “No le gusta nada que le lleven la contraria”. Se quedó pensativo. “Bueno, a mí tampoco. Luego hablaremos del pavo”. Y en voz baja y con una delicadeza exquisita Baltasar se sumó a sus compañeros, “Y a mí tampoco, querido amigo”. Manuel, intentando ponerse en situación dijo tartamudeando: “Yo, yo, yo, no, no, no,”. Sí, sí, sí tienes whisky”, afirmó categóricamente Melchor, “el que te regalaron hace treinta años y lo guardaste para una ocasión especial ¿Te parece poco especial esta situación?”. “No, no, no,”. “Sí, sí, SÍ.” Afirmó Gaspar y reflexionando, “todavía no entiendo cómo pudiste aceptar aquel regalo”. “No tuve más remedio”, se le escapó a Manuel de un tirón. “Bueno, ¿lo pones ya o no? No tenemos mucho tiempo, ¿sabes?”. “Es que, es que…, no sé dónde lo puse”, susurró Manuel. El Rey Baltasar se levantó, tomó de las manos de Manuel el abrigo, la bufanda y el sombrero que había cogido para irse, los tiró por la ventana y luego le señaló el estante superior, casi tocando el techo de la vieja librería que había heredado de su madre: “Detrás de los libros. No se ve pero está ahí”, le susurró al oído. “Por, por, ¿por qué me ha tirado el abrigo por la ventana?”, se atrevió a preguntar. “¡El whisky, el whisky!”, pedían Melchor y Gaspar a coro. Manuel miró a Baltasar, “no, no, no, lle…, llego”. “Sí llegas”, Baltasar le cogió por las piernas, lo alzó y lo llevó hasta la parte de la estantería donde estaba la botella. Manuel la cogió y retiró una mano de la botella al ver lo sucia que estaba. Era meticulosamente limpio. Baltasar le bajó al suelo. El hombre miró a Baltasar fijamente sin saber qué hacer. Baltasar le cogió la botella de whisky: “Venga hombre, ve a la cocina y trae cuatro vasos”. “¿Qué cocina?”, preguntó catatónicamente Manuel. “Pues la de esta casa” –dijo Baltasar-, “aquí en occidente tenéis cocina en todas las casas ¿no?”, Manuel empezó a afirmar con la cabeza. Siguió hablando el Rey, “No es como donde nosotros vivimos que en muchos sitios la cocina es el salón, el cuarto de estar, el dormitorio…”. Manuel estaba en la cocina preguntándose qué hacía allí. “Debo de estar volviéndome loco”, pensaba, “porque esto no puede ser real, digo yo, no puede ser verdad. Yo he sido siempre un hombre razonable, sensato, no me meto con nadie, así que quizás…”. “Sí, sí es verdad”, dijo en voz muy alta Gaspar desde la sala. “Pero no intentes comprenderlo porque si no te volverás loco”, matizó Melchor. Manuel, como un autómata, llevó tres vasos a la sala y los puso sobre la mesa baja. “Cuatro”, dijo Baltasar mirando a Manuel. “Cuatro ¿qué?”, “Cuatro vasos”, “¿Para qué? Sois tres”, “No, somos cuatro”, “¡Aaahhh!”, exclamó Manuel y se repitió a sí mismo, “somos cuatro, cómo no había caído yo en eso”. Se quedó pensativo hasta que una idea le vino a la mente. Mirando a los Reyes les dijo: “Yo no bebo alcohol”. “Sí, tu bebes alcohol esta noche. Con nosotros”, dijo Gaspar. “Es que jamás he bebido alcohol”. “Nunca es tarde si la dicha es buena”, apuntó Melchor.

 

Ya estaban los cuatro bebiendo. Los Reyes comentaban cosas del viaje y se partían de risa con las aventuras que les deparaba el camino. Manuel mientras tanto alucinaba bebiendo el líquido dorado a sorbitos, que le sabía a diablos –pero que se lo tomaba por si acaso le tiraban a él por la ventana-, y escuchando las conversaciones de Sus Majestades, que le parecían exageradamente infantiles, inocentes y sin ningún tipo de prejuicios. Al final, reflexionando, concluyó que, para hacer el trabajo que hacían, no tenían más remedio que ser así. Si no, ¿de qué? En estas tribulaciones Gaspar se había ido hacía ya un rato. Melchor le sacó de sus pensamientos y le preguntó: “Manuel, nos hemos perdido. ¿Nos puedes indicar en qué dirección tenemos que ir a Belén?”. Manuel dio un largo sorbo esta vez al whisky y contestó: “Por aquí no es, se lo aseguro. Más bien creo que van en sentido contrario. Vamos, completamente al revés”. Esta vez cogió él la botella y se llenó el vaso completamente, dando un trago largo. Empezaba a notar ya que el líquido dorado le aliviaba de la insoportable tensión que sentía. “Pero, ¿te atreves a decirnos a nosotros, los Reyes Magos de Oriente, que nos hemos equivocado tanto?”. Manuel volvió a beber. “Bueno, igual no, igual soy yo el que está despistado y Belén está a la vuelta de la esquina. Vamos, que me voy con vosotros tranquilamente. Ya puestos…”. Melchor y Baltasar se miraron pensando lo mismo: “Este hombre tiene problemas”. Manuel bebía mirando a la ventana: “Igual estaría bien que me tiraran por la ventana. Así podría irme de aquí. Total, vivo en la primera planta. No creo que me hiciera mucho daño. ¿O sí?”.

 

El silencio se asentó en la estancia, roto a momentos por el estruendo lejano que provenía de la cocina. Gaspar estaba buscando cacerolas, sartenes y ordenando las viandas que su paje le había traído: “Este hombre no tiene cacerolas” –pensaba Gaspar-, “¿qué comerá?”:

 

En la sala, Manuel se mostraba relajado, lo que no era habitual en él. “¡Qué bien me siento!, el whisky empieza a gustarme y me hace sentir menos crispado. No es que me vaya a entregar a la bebida, por supuesto, pero debido a esta particularísima situación, en la que ya empiezo a creer en los Reyes Magos, puede que en el futuro, en situaciones que no comprenda, lo que pasa pocas veces, me tome un trago de vez en cuando. Empiezo a comprender a mi padre”. Siguió pensativo unos instantes: “¿Por qué estoy nervioso siempre?”. Melchor, mirándole con sabiduría y cariño, aprovechó para preguntar: “Bueno Manuel, cuéntanos, tú ¿a qué te dedicas?”. “Ayudo a los demás”. “Eso es muy loable. Y ¿cómo ayudas?”. Manuel se levantó y fue hasta el mueble de la televisión que cubría toda la pared de estanterías y armarios. Abrió un cajón y sacó una agenda grande. Volvió a sentarse, la abrió y leyó en alto: “Los lunes y los martes voy al hospital a acompañar a los enfermos terminales que no tienen compañía. Los miércoles voy al comedor social del barrio y ayudo a servir los platos a los que no tienen nada que llevarse a la boca. Los jueves me voy al centro de drogadictos a explicarles que cambiar es posible…”. “No quiero ni pensar lo que les contará”, pensó Melchor. Manuel continuó, pasando la hoja de la agenda: “Y los viernes paso toda la tarde en la Asociación de Habladores Compulsivos. Cuando logramos que todos se callen un minuto seguido es para nosotros un gran éxito y les decimos que escuchen el silencio. Que ahí está el sentido de la vida. Se quedan pensando unos instantes y se ponen a hablar otra vez todos a la vez. Sin escucharse los unos a los otros. Este es, quizás, el trabajo más difícil pero nunca perdemos la esperanza”. Terminó cerrando la agenda y sintiéndose muy satisfecho. Baltasar preguntó: ¿Y los fines de semana?”,”Me los dedico a mí. Los sábados limpio la casa de arriba a abajo, hago la colada, la compra y la comida para toda la semana. Aunque en el comedor social me dan comida para dos días, que está muy buena por cierto. También en la Asociación de Habladores Compulsivos porque se les da de comer para ver si se callan, Pero ni por esas. Como suele sobrar comida, los que colaboramos nos la llevamos a casa”, explicó Manuel sonriendo por primera vez. “Total, que tengo la comida hecha prácticamente cinco días a la semana”. Se hizo otro silencio. Baltasar voñvió a preguntar: “Y, ¿de qué vives?, porque supongo que no cobras nada por todo ese trabajo”. “Eso no es ningún problema” –explicó Manuel, bastante distendido ahora-, “mi madre era tan tacaña que amasó una fortuna enorme. La verdad es que lo pasé mal mientras ella vivía, pues las comidas no daban para llenar el estómago hasta la hora de acostarse. Mientras ella dormía yo iba a la nevera a ver si podía llevarme algo a la boca. Pero como estaba medio vacía me acostumbré a comer el pan duro del día anterior. ¡Que rico estaba el pan duro!”. Quedó pensativo, triste. “Mi padre, con lo poco que ganaba, en vez de comer se compraba botellas de whisky. Así soportaba mejor a mi madre. ¡Era una pesadilla volver a casa para él”.

 

“Bueno, bueno, bueno”, cortó Melchor sacando un viejo cuaderno de entre las túnicas que le envolvían. Empezó a leer: “Vamos a ver, aquí lo tengo todo escrito”, El Rey se puso las gafas para poder leer bien y no equivocarse. “Aquí, sí, aquí”, se detuvo en una hoja que le costó encontrar: “El 8 de mayo de 1985 rechazaste el regalo que te hizo tu hermano. Sí, te pusiste histérico. Le dijiste que tú no necesitabas nada y que no le habías pedido nada”. A Manuel se le engrandecieron los ojos como platos y al notar que le costaba tragar se acordó del whisky. Bebió un buen trago. Baltasar estaba meditando, sentado en el suelo con las piernas en forma de loto y los ojos cerrados. Melchor continuaba: “Al año siguiente te encontraste con un antiguo compañero del colegio, con el que tuviste una relación muy cercana a la amistad. Fuisteis muy buenos amigos. El único amigo que has tenido. Él llevaba un regalo para su padre, pero se puso tan contento al verte que te lo dio a ti. Lo rechazaste también. «No te preocupes. No es necesario. La alegría que me ha dado encontrarte ya es más que suficiente» Tu amigo sabía que no era necesario pero fue su primer impulso y quiso que te lo quedaras y te sugirió que os vierais otro día, a lo que tú contestaste «Ya veremos. Hablamos…» La mejor respuesta para no quedar nunca. En 1995…”, Melchor levantó la cabeza: “Voy a saltarme bastantes episodios en los que rechazaste regalos porque me aburro hasta yo. En 1995 cuando se casó tu hermana, le hiciste un regalo que un moribundo de esos que cuidas te había hecho a ti anteriormente. Como falleció en plena explicación tuya de porqué no podías aceptar su regalo tuviste que quedártelo. Era un telescopio. A tu hermana y tu cuñado les importaba un comino las estrellas y el cielo en general. Se quedaron pasmados. Este ʹregaloʹ, por llamarlo de alguna manera dio buenos frutos pues tu hermana y su marido empezaron a mirar el cielo regularmente, se asombraron tanto y les hizo tan felices que actualmente son unos astrónomos extraordinarios. Cada vez que te ven te dan las gracias y tú ya no sabes qué cara poner”. Manuel bebía y bebía pero no se emborrachaba. Ahora tampoco sabía qué cara poner. Los ojos se habían hecho más grandes, más anchos llegando hasta las sienes y más altos llegando hasta el nacimiento del pelo en la parte superior de la frente. O bajando hasta las mejillas. Como se quiera. No podía entender a qué venía todo esto. “Y por último”, continuó Melchor, “la botella de whisky que nos estamos trincando tan ricamente aquí los cuatro. Dijiste antes que era un regalo que no habías tenido más remedio que aceptar. ¿Por qué?”. Melchor se quitó las gafas y le miró fijamente. Manuel empezó a tartamudear otra vez: “E, e, e, era de mi padre. A, a, a, a él le gustaba tomar un tra, tra, trago de whisky de vez en, en, en…”,”Cuando”, completó Melchor, “y cuando iba a abrir la botella para tomarse un traguito de whisky a espaldas de tu madre, eso sí, le dio un infarto y murió. Para no disgustar a tu madre retiraste la botella y la escondiste. Hasta hoy”.

 

De la cocina empezó a salir humo. Manuel estaba tan asustado y confuso que no se dio cuenta del humo hasta que llegó a la sala. El hombre empezó a gritar con tanta potencia, que hubo un momento que se detuvo para preguntarse de dónde salía esa energía grandiosa, pero no se entretuvo en contestarse: Salió disparado hacia la cocina y sólo pudo ver el fuego de una hoguera en el suelo que Gaspar había hecho con troncos de cedro traídos de un país de Oriente. “Manuel, Manuel…”, gritó Gaspar, “mira, mira qué pavos estamos haciendo. Bueno, además de pavos, un par de pulardas, tres corderos y algunas cosillas más. Enseguida estará el banquete”. “Yo no veo nada” dijo Manuel. Se le cayó el vaso de whisky que llevaba en la mano y se hizo una llamarada enorme. Así que Manuel se desmayó, perdió la conciencia y aterrizó dulcemente en los brazos de Baltasar, que se había ido tras él previendo lo que iba a pasar.

 

Manuel despertó en su cama. Abrió los ojos y vio que el techo estaba en su sitio. Tocó la cama y comprobó que también estaba en su sitio. Se restregó los ojos y notó que estaba empapado en sudor. Respiró profundamente. “Vaya pesadilla que he tenido. Se levantó. Le dolía todo el cuerpo. Decidió darse una ducha empezando a alegrarse de que todo había sido un mal sueño. Todo TENÍA que ser un mal sueño. Abrió un cajón de la cómoda buscando ropa interior limpia y estaba vacío. Levantó la cabeza y se quedó mirando la pared. “La pared está en su sitio”. Fue al armario a por unos pantalones limpios. Estaba vacío. Se quedó mirando fijamente el interior del armario. Hasta que entró Gaspar: “Vamos Manuel, ya está la cena hecha. Ahora toca disfrutar”. A Manuel le dio otro ataque de gritos. Gaspar se arremango el brazo derecho con lentitud, “Vamos a dejar que se desahogue un poco”, puso su mano izquierda en el hombro derecho de Manuel, le dejó que siguiera gritando un poco más, echó la mano derecha muy atrás y le asestó una bofetada, señores, una bofetada completa, exacta. Una bofetada pura. Manuel dejó de gritar en el acto.

 

Bebieron y comieron felices los Reyes Magos. Manuel comía y bebía como si no comiera y bebiera.

 

En los postres Melchor tomó de nuevo la palabra. “Una última cosa tenemos que decirte”. “¿Última, ha dicho “última”?, pensó Manuel. “En la sociedad actual” dijo Melchor, “hay dos clases de problemas con esto de los regalos. Los que regalan para que a su vez les regalen. Y los que no aceptan regalos. Como tú. Cuando alguien te hace un regalo desde el corazón sin esperar nada a cambio y tú lo rechazas porque no quieres tener que devolvérselo con otro regalo, ya que tienes la desgracia, además, de ser un tacaño impenitente. Porque aceptar un regalo lo entiendes como contraer un compromiso con esa persona. No es como contraer matrimonio, ¿eh? No es eso. Cuidas moribundos, enfermos, drogadictos y, en general, desgraciados para que te den las gracias. Que eso te encanta. Que te den las gracias por todo lo que haces por los demás. Te hace sentirte importante y útil. Pides las gracias a los que no las tienen. Rechazar un regalo sin más, porque alguien te quiere y no te necesita para nada, es una blasfemia a la vida, al universo, a la magia del cosmos y a ti mismo. Recibir un regalo, un presente, es EL PRESENTE. Y es una experiencia que no tienes la maravillosa capacidad de experimentar. Vives en un mundo de enfermos, que hay muchos, desde luego, pero también hay mucha más gente buena y todavía no te has enterado de lo que se disfruta con esa multitud de gente sana y buena. Que los enfermos no han elegido su enfermedad, de acuerdo. Que les ayudes a vivir mejor, fabuloso. Pero que seas absolutamente incapaz de gozar de la vida de los que no te piden nada a cambio, es muy triste. Y es EL PRESENTE. Procura tener esto en cuenta y prueba a dar sin que te den las gracias y a recibir para gozar”.

 

A la mañana siguiente Manuel dormía profundamente en la sala. Desnudo. Cuando los rayos de sol ocuparon completamente la estancia empezó a despertarse. Bostezó. Levantó la cabeza. No sabía dónde estaba. Los muebles habían desaparecido. Se incorporó rápidamente. Se dio cuenta de que estaba desnudo e, instintivamente, se tapó con las manos lo que los calzoncillos ocultan. Se levantó. Corriendo fue al dormitorio, al baño, al armario del recibidor. Nada. No había nada. Ni una toalla, ni un paño de cocina, ni papel higiénico. Nada con qué taparse. La casa estaba vacía y empezó a mirarla notando que las paredes estaban recién pintadas de blanco y el suelo pulido. Se acercó a la ventana. Vio que nadie podía verle. Abrió la ventana. Sin saber lo que hacía abrió los brazos y ensanchó el torso y se permitió recibir en su cuerpo el calor del sol de invierno. En ese trance, llamaron a la puerta. Cerró la ventana y volvió a taparse sus partes pudendas. “Ahora será la Virgen María”. Miró por la mirilla pero no vio nada. Ni el pasillo. Habían tapado la mirilla desde fuera. Abrió la puerta. Todo el pasillo estaba ocupado por grandes paquetes. Abrió el primero. Un surtido de calzoncillos nuevos y blancos como la nieve le estaban esperando. Automáticamente se puso uno. Abrió otro paquete. Muchas camisas blancas de algodón de Egipto. Se puso una. Otro, pantalones de lana. Se puso uno. Así poco a poco, fue abriendo los paquetes donde había una cocina nueva entera, incluía una barbacoa con los troncos de madera de Oriente, muebles de madera maciza clara para el salón, todo lo preciso para amueblar lo que de ahora en adelante sería su nueva casa. Si él quería. Al final, en un paquete más pequeño había un abrigo, una bufanda y un sombrero. Nuevos y elegantes. Y en el último paquete que abrió, unas botellas del mejor whisky del mundo para que, de vez en cuando, se tomara un buen trago en honor a su padre y a los Reyes Magos de Oriente.

 

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