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Mariano Sanz.
Martes, 25 de diciembre de 2018
mariano sanz

Gabino y las monjitas

[Img #16986]Su padre, que gloria haya, consideró conveniente depositar, en una primera instancia, la responsabilidad de su buena educación en las sabias y bondadosas manos de las monjitas del Carmelo. Aquel colegio aún sobrevive convertido, por el paso del tiempo, en Mayor. Gabino llegaba cada mañana –unas veces más puntual y la mayoría menos- a una de las dos colas que se formaban a la puerta. Se habilitaba una para niños y otra para niñas. Llegado su turno, restregaba rápidamente las narices en el largo y negro escapulario de la hermana portera, (que presentaba un sólido y añejo reguero de mocos infantiles), y entraba sin demasiada premura al gran patio desde donde se accedía a las aulas.

 

Recordaría, años después, aquel olor inconfundible: mezcla de cocina rancia, espacios cerrados con aire respirado varias veces, sotanas de paño nada limpias y cuerpos con zonas íntimas que jamás llegaron a trabar amistad estrecha con la pastilla de jabón ni el maligno invento francés del caballito. Un olor característico y asfixiante que quedó asociado en su mente a todo lo eclesial. A veces, en los actos litúrgicos donde el olor se volvía más denso y reconcentrado, se recurría al cloroformo de los incensarios y eso era aún peor. La mezcolanza olorosa se convertía en una sensación de ahogo difícil de soportar. A Gabino, por aquel entonces comenzó a despertársele un secreto regomello ante la posibilidad –remota- de acabar en un cielo nutrido de personal tan pestilente. Quizás por eso las sotanas en general y los hábitos monjiles en particular, le produjeron cierto rechazo y una vaga sensación de incomodidad nunca superada.
 
Desde ese primer contacto con los religiosos, quizás porque nadie se tomó la molestia de explicárselo, no comprendió qué pintaban en su educación aquellas buenas mujeres, embutidas en raras e incómodas vestimentas que les quitaban el aspecto de los seres humanos normales. Resultaba difícil expresar esas opiniones en un entorno que aceptaba la situación como la cosa más natural del mundo y donde cualquier crítica sobre asuntos de índole eclesial era tomada por insólito anatema. En aquella época, los religiosos tenían cierto prestigio por el solo hecho de serlo, como si fueran depositarios de la moral general o guardianes de la moral pública. Había que guardarles un respeto especial y tener con ellos una serie de actos reverénciales consistentes en besarles a cada uno lo que le correspondiera: el hábito, el bordón, la mano, el anillo etc.
 
Gabino, se chupó los dos años reglamentarios de Carmelitas. Nunca pudo averiguar por qué las llamaban descalzas, ya que a pesar de sus muchos esfuerzos jamás pudo verle los pies a ninguna. Sufrió pequeñas odiseas cotidianas y obligados paseos por la clase de las niñas para purgar ignorados pecados propiciados por su carácter que ya empezaba a manifestarse díscolo.
 
Aquellos paseos que las buenas religiosas le daban por otras clases con la ingenua intención de que le resultaran afrentosos, devinieron en encantadoras charlas y escarceos con las niñas mayores. Resultaban aquellas mucho más interesantes que las de su tiempo, lo que acabó llevando a las religiosas, muy a pesar suyo, a recomendarle a su padre un colegio de varones que era lo que su edad y su precoz desarrollo reclamaban a gritos.
Gabino recordaría para siempre, con alegre desasosiego, aquella educación retrograda y mezquina que, por fortuna,  sus hijos jamás conocerían.  
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