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Jesús de Las Heras.
Domingo, 6 de enero de 2019
jesús de las heras

Tocar el tocadiscos

[Img #17029]Recuerdo que hace muchos años me dijo un listillo, cuando yo hacía mis pinitos en el arte de aprender a tocar la guitarra, que él “lo único que sabía tocar era el tocadiscos”. Y me ha costado 56 años darle la vuelta a semejante gracieta..., si es que lo era. Quizá no fuese suya, sino que la oyó decir a algún desconocido filósofo, porque esa sentencia no está exenta de su carga de sabiduría...

 

Tras muchos de sinsabores y esfuerzos, conseguí mi título Profesional de Guitarra Clásica por el Conservatorio de Murcia, y una vez desechada la idea de ganarme la vida con mi instrumento (cosas de tener la situación económica resuelta previamente), a lo largo de los años he disfrutado de una situación ideal para disfrutar de la buena música, la herencia de mis antepasados.

 

Dicen, no sin algo de razón, que para hacer buena poesía no hay que saber leer ni escribir, ni para hacer buena música hay que ir al conservatorio. Es curioso que haya gente que blasone de que no le gusta la música clásica, pero a nadie se le ocurre presumir de ser analfabeto. Y sí, es posible que haya analfabetos que sepan de memoria e incluso compongan poesía belsonante y conmovedora, así como puede que haya gente musicalmente analfabeta que silbe hermosas melodías propias o extrañas. Pero es estúpido no conocer lo que otros han poemizado o musicado en el pasado, porque su ejemplo nos hace mejorar lo nuestro. Y eso se consigue mediante el alfabeto y el pentagrama, y si no aprendes a leerlos, te pierdes dos mundos diferentes de la cultura y del arte, además de la historia.

 

Por eso, lo mejor de haber estado tanto tiempo en el colegio y en el conservatorio no es ir por ahí dando recitales de poesía o conciertos solistas (por desgracia todo el mundo no vale para eso, y además es un trabajo servil y agotador, aunque las candilejas no nos dejen apreciar esa tragedia en toda su extensión), sino saber apreciar lo que esa gente que ha dedicado su vida, su salud y su tiempo a hacernos llegar las joyas inigualables de los compositores y poetas de tiempos pasados, y también los coetáneos nuestros que luchan por ser conocidos y (cuando ello les es posible) vivir de eso. Y eso, en el fondo, no es más que "saber poner el tocadiscos", o como decía mi amigo hace más de medio siglo, tocarlo. Porque cualquiera sabe tocarlo, claro, como cualquiera puede tocar la guitarra o la flauta, el piano o el acordeón, en el sentido de ponerle la mano encima y sentirlo mediante el sentido del taco. Otra cosa es que sea capaz de extraerle un sonido agradable. O poner diez o doce líneas de texto que tengan sentido unas con otras, aunque uno sepa que la p con la a es pa, y similares. Educar el oído es una tarea que puede llevar toda una vida, y se puede conseguir de modo autodidáctico, ciertamente. Pero es mejor, más económico y más rápido, enterarse de lo que consiguieron aprender otros autodidactas del pasado y después nos lo contaron en sus libros. La sabiduría, dicen, no está en los libros, sino en la vida. En las vidas, añado yo, que han dado lugar a esos libros, porque no se escribieron solos, sino que alguien los tuvo que vivir antes. Y renunciar a esa lectura es como estar inventando la rueda cada dos por tres. Sólo que la rueda que inventamos nosotros ahora puede que sea bastante peor que la que inventaron otros antes de venir nosotros al mundo.

 

[Img #17030]Dicen que la historia es la maestra de la vida, y que los que no la conocen están llamados a repetirla. En realidad los que no la conocen bien la tienen que repetir, a menudo por las malas, porque la historia es lo que ha habido, y lo que hay no es tan diferente, a no ser que sus actores, nosotros, seamos distintos. Porque se confunden con demasiada frecuencia los papeles de actores y autores. Dicen los menos avisados que la historia la escriben siempre los vencedores. Eso es mentira: la historia la escriben los historiadores. Estudian lo que hicieron los actores, y luego lo cuentan, y si los actores se meten a autores, se acaba sabiendo la verdad, porque los verdaderos autores (los historiadores) son pertinaces, y hacen caso poco omiso de lo que los pudientes y creadores interesados de la opinión pretenden imponer. El largo plazo, el plazo de la historia, acaba haciéndolo saber todo, como cuando Augusto prohibió a su nieto Claudio que contara la verdad de cómo llegó él al poder. Él calló (pues su ética no lo permitió mentir), mintió Tito Livio, pero otros que no pintaban nada en aquella época callaron también, pero dejaron sus escritos que nos han permitido saber qué clase de sabandija era el emperador. Similarmente se sabrá algún día, cuando quizá no existan ni España ni Cataluña, todo lo que llevó a aquel desastre.

 

Por todo ello, yo animo al lector inteligente a que aprenda a poner el tocadiscos. El de la música, el de la poesía, y el de la historia. No saldrá defraudado.

 

Feliz Año Nuevo a todos.

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