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Rafael Simancas
Lunes, 14 de enero de 2019

¿Sobre qué debatiremos en 2019? ¿Sobre territorios o sobre personas?

[Img #17050]El año 2019 que comienza promete debates y contiendas políticas de primer orden en España. Comenzamos con los Presupuestos Generales del Estado y la formación de gobierno en Andalucía. Seguiremos con unas elecciones municipales, autonómicas y europeas absolutamente decisivas. Y en el horizonte de este año o del que viene asoman también las elecciones generales.

 

La gran pregunta es la siguiente: ¿cuáles serán los ejes determinantes en estos debates y en estas campañas electorales? Existen dos grandes tendencias, que responden a valores e intereses distintos y contrapuestos.

 

Una tendencia procurará centrar debates y campañas en la cuestión territorial, en los conflictos identitarios y en los agravios reales o supuestos entre territorios. La otra tendencia pretenderá tratar sobre las personas, ofreciendo respuestas a sus problemas, necesidades y retos. Los primeros llamarán a la emoción y a las gónadas. Los segundos, a la razón y la convivencia. ¿Cuál se impondrá? El resultado de las elecciones sucesivas y el futuro del bienestar de los españoles dependerán en buena medida de la respuesta a esta pregunta.

 

La derecha nacional y periférica insiste en la primera opción. A juicio de Casado y Rivera, la gran cuestión a dilucidar en el año que entra consiste en determinar cuan españoles seremos los españoles. A juicio de Puigdemont y Torra se trata de establecer cuan catalanes serán los catalanes. Las derechas azul, naranja y amarilla, en definitiva, competirán por diferenciar a los muy españoles o muy catalanes respecto a los demás, que serán, según su criterio, menos españoles o menos catalanes.

 

Las derechas promueven continuamente controversias que enfrentan a unos territorios con otros territorios y a unos españoles con otros españoles. Nos dicen y dirán que los poco españoles favorecen a unos territorios, que son menos españoles (o catalanes), en detrimento de otros territorios, que son más españoles (o catalanes). Y que ellos lo harían a la inversa, signifique esto lo que signifique.

 

Además, insistirán en la suma importancia de conceptos tan anacrónicos y propios del siglo pasado como el patriotismo excluyente, o el soberanismo, o la autodeterminación, o la independencia. Cuando, en realidad, el patriotismo del siglo XXI es el patriotismo ciudadano y democrático, abierto y cada día más global. Y cuando soberanismo, autodeterminación e independencia son objetivos que han sido felizmente superados por la era de la globalización, el multilateralismo y la interdependencia.

 

En un mundo que globaliza su fenomenología económica, social, cultural y cívica, la meta no es levantar fronteras y segregar espacios políticos, sino derribar muros e integrar espacios públicos para el desarrollo global, próspero, solidario y democrático. Y ese camino para nosotros se llama Europa.

 

El franquismo revivido y blanqueado en estos días por Casado y Rivera, por su parte, intentará también quebrar algunos de los consensos que han fundamentado la convivencia democrática desde la muerte del dictador hace cuarenta y tres años. Al grito de “nosotros primero” fomentarán el miedo y el rechazo al diferente, al extranjero y a la propia construcción europea. Y con la llamada a los valores de lo que ellos llaman la familia “tradicional”, intentarán revertir las conquistas sociales logradas en estos años de democracia, muy especialmente las que tienen que ver con los derechos de las mujeres.

 

Pero hay otra manera de afrontar los debates en este tiempo que se abre. Podemos hablar de las personas en lugar de centrarnos tan solo en los territorios. Podemos debatir sobre cómo resolver los conflictos en lugar de agravarlos para mejorar su rendimiento electoral. Y podemos trabajar con la razón y el diálogo en lugar de con la pura emocionalidad y el enfrentamiento permanente.

 

Tanto en el debate presupuestario como en las citas electorales previstas cabe plantear tres temas relevantes sobre los que habrían de pronunciarse las distintas fuerzas políticas. ¿Qué Estado del Bienestar queremos para nuestras familias y qué esfuerzo fiscal estamos dispuestos a establecer para financiarlo? ¿Cómo hemos de modernizar nuestra economía para asegurar a la vez desarrollo, preservación ambiental y empleos de calidad? ¿Y qué reformas hemos de emprender en el funcionamiento de nuestras instituciones para contar con una democracia más abierta, transparente, limpia y participativa, en España y en el conjunto de Europa?

 

Este sí sería un debate inteligible y eficaz para el interés de la ciudadanía a la que nos debemos sus representantes políticos.

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