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Ángel Montiel. Publicado en La Opinión de Murcia.
Lunes, 21 de enero de 2019
FIRMA INVITADA/ÁNGEL MONTIEL

La izquierda tripartita

[Img #17123]Podemos e IU son como Richard Burton y Elizabeth Taylor: ni contigo ni sin ti; contigo porque me matas y sin ti porque me muero. La atracción es irresistible, pero la convivencia, imposible.
 
La teoría es elemental: la unidad de la izquierda refuerza la alternativa y evita una disgregación inútil a efectos electorales. Pero la práctica ofrece continuados ejemplos de que la suma de siglas resta. Hitos: Podemos no necesitó de IU para emerger en las últimas elecciones europeas con cinco diputados; el 'pacto de los botellines' (Iglesias y Garzón) restó un millón de votos a Unidos Podemos respecto al resultado de los morados, un año antes, en solitario. 
 
Y, finalmente, Andalucía ha vuelto a refrendar esa cansina tendencia. Hay un antecedente antes de todo esto, en la era del bipartidismo: el preacuerdo electoral en su día entre Joaquín Almunia (PSOE) y Francisco Frutos (IU) se tradujo en catástrofe ante las urnas. Las izquierdas no pegan; se pegan, es decir, se rechazan.
 
El problema es más grave si atendemos a la experiencia local. Podemos e IU son incapaces de entenderse no sólo para la coalición electoral, sino tampoco después, cuando cada opción recuenta sus acopios en las urnas. Véase el ayuntamiento de Murcia. Concurrieron por separado con marcas superpuestas (Ahora y Cambiemos) y obtuvieron una representación equivalente (tres y tres concejales), pero a lo largo del mandato municipal presidido por el PP no han sido capaces de colaborar en las labores de oposición, dando como resultado que al alcalde, José Ballesta, se lo han puesto involuntariamente fácil en la práctica. 
 
Nunca han existido seis concejales de la izquierda neta, sino tres y tres, y cada tres por un lado. Hasta el punto de que ni siquiera han creado las condiciones para que las dos opciones desemboquen, con otros protagonistas, en una candidatura única. La noche y el día. Hay una excepción: Santomera, en la que participa el PSOE como elemento de equilibrio, pero en el conjunto general la experiencia es irrelevante.
 
Es cuestión de química. Sobre el deseo de los bienintencionados que quisieran ver una izquierda realmente unida frente a la resistencia de una derecha que no termina de desestimar sus expectativas de recuperación (ahora con la fórmula de trocearse electoralmente para converger después, apurando en las urnas las distintas 'sensibilidades' que antes convivían bajo el vuelo de la gaviota) se constata la realidad de una incompatibilidad estructural. 
 
Algunos activistas de Podemos en la Región describen la clave del desencuentro: «Si nunca militamos en IU porque no nos convencía su modelo, ¿por qué ahora, que hemos dado el paso adelante para promover una opción que nos convence, deberíamos recuperar a quienes no supieron organizar más que un partido testimonial?».
 
En Podemos, al menos en la organización regional, de corte errejonista, se muestra un indisimulado rechazo a la estética IU, que de un tiempo a esta parte aporta en los actos públicos banderas con la hoz y el martillo y enseñas republicanas: «La exhibición de la ferralla no nos hace ningún bien», dicen. 
 
En IU, que tras el periodo en que sus líderes referenciales no eran comunistas ni hacían especial reparo al modelo de Estado por considerarlo cuestión secundaria, han vuelto a tomar posición los genuinos representantes del PCE, impulsor original de la coalición, radicalmente opuestos también por su parte a la convergencia con Podemos, algo que tiene que ver con el resquemor de que IU fuera en su momento desplazada por los morados como tercera fuerza política.
 
 Si Podemos apela al 15M como germen original de su opción, bastará recordar que en aquellas asambleas populares IU fue rechazada como tal, pues se la consideró una más de 'las fuerzas del sistema'.
 
Sin embargo, aunque los respectivos aparatos no mantengan empatía, ciertos sectores de las bases militantes o simpatizantes de una y de otra fuerza abogan por la unidad electoral de ambos grupos en el imaginario de que la concentración de esfuerzos y programas podría ser más productiva que forzar una competitividad que se basaría en matices o cuestiones identitarias de grupo ajenas a una pulsión general de los respectos afectos. 
 
Esta es la razón por la que todavía se escenifican amagos de negociación que invitablemente fracasan, como todos los que todavía podrían seguir. 
 
Todos saben que, en el fondo, no hay condiciones ni voluntad. En IU desconfían de Pablo Iglesias, quien a pesar de su pacto con Alberto Garzón acumula una amplia hemeroteca de humillaciones al que fuera su partido, y también de Íñigo Errejón, más discreto verbalmente, pero implacable en la práctica: su política de la transversalidad acoge antes al PSOE que a IU, a la que no contempla más que como problema para avanzar por espacios fronterizos a la izquierda.
 
El desencuentro en las actuales negociaciones de convergencia se produce por encima de las imposiciones de la actual dirección nacional de Podemos, en la que Iglesias jugó la carta de la convergencia con Garzón y trató y sigue tratando de que se extienda a los territorios que todavía se atienen a la disciplina de un partido fragilizado por las llamadas 'confluencias' y la tendencia a la atomización territorial.
 
En la Región de Murcia, Óscar Urralburu puede haber sido pillado con el paso cambiado precisamente cuando su referente nacional, Errejón, ha decidido al fin ejercer un liderazgo alternativo de acuerdo a sus convicciones, de las que nunca se ha apeado. Urralburu apoyó a Errejón en Vistalegre 2, a pesar del desquicie de aquella posición, que consistía en intentar ganar un proyecto programático contrario al de Iglesias para que Iglesias lo pusiera en práctica. 
 
Errejón, tras el previsible fracaso, dejó de pugnar en el partido, y quienes lo apoyaban, como en el caso del murciano, tuvieron que ingeniar sus propias estrategias. Urralburu se aplicó a integrar las corrientes internas de Podemos, y lo ha conseguido, de manera que ha sido reelegido cómodamente candidato a las autonómicas en las primarias. Pero ahora no puede declarase errejonista, porque la convergencia interna se desharía, de ahí que muestre un prudente distanciamiento del gesto de Errejón. 
 
En el fondo, el cantado fracaso de las negociaciones para la colaboración electoral en Murcia entre Podemos e IU lo va a situar en la misma situación que al madrileño. La 'espantada' de Errejón se produce, en parte, por su nula disposición a aceptar a esos compañeros de viaje, y en Murcia, en la práctica, Urralburu también comparecerá sin IU. 
 
A efectos de imagen, Murcia aparecerá en línea con Madrid, aunque sin que aquí Podemos se rompa, dado el proceso de integración que Urralburu ha ido tejiendo. Por ejemplo, Javier Sánchez Serna, pablista de pro, tiene asegurada la repetición de su candidatura al Congreso de los Diputados, a pesar de la mayoría errejonista de Podemos en Murcia.
 
Aunque Urralburu pueda sentirse incomodado por el arrojo supuestamente sorpresivo de Errejón, lo cierto es que su entorno más directo no deja de mostrar, sobre todo en redes sociales, su satisfacción por la perspectiva de superar el impasse de Iglesias, y es muy probable que el líder regional tenga que 'mojarse' pronto, más allá de sus iniciales declaraciones conciliatorias o, más precisamente, dilatorias. 
 
Es imposible que no prevea de antemano que si Errejón se coaliga en Más Madrid con la alcaldesa Carmena, el Podemos 'oficial' no podría explicar su espontánea reacción de que apoyará a ésta para el Ayuntamiento y no para la Comunidad. 
 
Se supone que la razón llevará a una negociación interna entre errejonistas y pablistas para superar ese contradiós, pero vistas las líneas rojas que ha trazado el núcleo duro de Podemos también es probable que Iglesias sea capaz de atreverse a crear una candidatura para competir con la de Errejón. Y en tal caso, Urralburu no podrá permenecer neutral, por mucho que lamente que Errejón haya actuado por su cuenta, si es que así fuera.
 
Pero, como digo, a pesar de que Podemos pueda alegar en Murcia que no hay pacto con IU porque los exigencias de ésta son inaceptables, el resultado será que no habrá convergencia, de modo que contradirá la estrategia que pretende Iglesias frente a Errejón. Urralburu no aprobará a éste, pero en el fondo hará lo mismo, si bien en su caso desde la marca Podemos. 
 
Aunque los acontecimientos pueden evolucionar de manera incontrolada si desde otros territorios se empiezan a producir desplazamientos en favor de Errejón. Incluso el propio Urralburu, para evitar que sea Murcia la que dé el primer paso, tendrá que empeñarse muy probablemente en embridar a muchos de los dirigentes de su mayor confianza.
 
Enmedio de estas implosiones en la izquiera, tanto en el interior de Podemos como en la relación de éste con IU, en lo que se refiere a ésta todavía nadie da por definitivamente cerrada la posibilidad del pacto electoral, aunque esto pertenezca al capítulo de la retórica. A efectos prácticos, las negociaciones, forzadas una y otra vez desde los respectivos aparatos de Madrid cuando los de Murcia las declaraban definitivamente rotas, han encallado en el último tramo por la exigencia de IU de tener el máximo protagonismo en las candidaturas municipales, algo relativamente razonable, dado que Podemos, recién estrenado en 2015 y sin demasiada estructura en los municipios, no puso su mayor interés en las candidaturas locales, mientras IU suma más de sesenta concejales a lo largo de la Región. 
 
En compensación, Podemos sólo habría tenido que incluir en la lista autonómica a José Luis Álvarez Castellanos, actual líder de IU. También parece que había una aproximación más o menos cerrada para el ayuntamiento de Cartagena, mientras en Murcia capital la convergencia es imposible.
 
Tres 'izquierdas' frente a tres 'derechas'. Al día de hoy, hasta los mínimos acuerdos que hubieran podido alcanzarse son papel mojado, y las conversaciones no sólo han servido para animar el acercamiento sino que por el contrario han extremado los desencuentros. Ni siquiera la mediación, en algún momento, del Foro Ciudadano (impulsor del «manifiesto de los intelectuales por la unidad de la izquierda») ha servido para algo.
 
La perspectiva más o menos inmediata, si descartamos al PSOE, es que la izquierda entra en un proceso de mimitismo con la derecha, es decir, se hace tripartita. A medio plazo tendremos dos Podemos, uno de ellos sin ese nombre, más IU. Con la posibilidad de que la emergencia más potente, si resiste los primeros embates, sea la protagonizada por Errejón, ya que es la novedosa y la que establece un giro en un guion podemita hasta ahora languideciente. 
 
En ese juego, la organización murciana de Podemos se enfrenta a un reto de adaptación que no podrá resolver con la mera expresión de la prudencia. Y quién sabe si de todo esto pudiera renacer IU, que resiste apagada, pero resiste mientras Podemos sufre su gran crisis retardada. Barton y Taylor, al final, se casaban. ¿O era que se divorciaban?

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