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Elbia Alvarez.
Jueves, 31 de enero de 2019
Elbia Álvarez

Grandes superficies

[Img #17197]Hace unos días fui a hacer una compra grande de los productos que se necesitan siempre para comer y para limpieza de la casa. Y lo hice en una de las denominadas grandes superficies. Aunque me incomoda este tipo de comercio precisamente por su tamaño, falta de ventilación y luz naturales, y la abrumadora cantidad de productos, me resulta muy útil porque hay de todo. Desde una bombilla hasta una goma de repuesto para la cafetera. Desde unas sábanas hasta pasta de dientes. Desde aceites de todas clases hasta las bebidas exóticas más desconocidas. De todo.

 

Lo único que he dejado de comprar es fruta y verdura. Las tienen tanto tiempo en cámaras que cuando te las comes no saben a nada en el mejor de los casos. Voy con una lista escrita de lo que me hace falta para que no se me olvide nada. Vamos llenando el carro hasta que busco algo que compramos siempre y no lo encuentro. “Ya lo han cambiado de sitio”, le dijo a mi pareja. Así que caminamos por interminables pasillos, él por unos y yo por otros para reducir el tiempo de búsqueda. Hasta que, cansada, me detengo y miro a ver si veo a algún trabajador que me atienda. Entonces iniciamos otro largo recorrido para encontrar a alguien que nos indique dónde está lo que buscamos. Pueden pasar hasta diez minutos. O más. El cansancio no es sólo físico sino también psicológico: “¿Cómo podemos estar perdiendo el tiempo de esta manera?”, nos preguntamos. Me dan ganas de gritar en el gran supermercado: “¡¿HAY ALGUIEN QUE PUEDA ATENDERME?!”.

 

Finalmente llega y a mí me parece el encuentro milagroso de un ángel que me lo va a resolver todo. Los que llevan poco tiempo trabajando en el supermercado no lo saben y buscan a algún compañero que lleve más tiempo. Llega. Nos indica. Vamos. No es ahí. Volvemos a buscarlo. Más tiempo que parece mucho más tiempo. Lo encontramos. Al que se supone que sabe y nos indicó la última vez. “No me extraña”, dice, “como se cambia todo de sitio casi todas las semanas…”. “¿Qué pasa, es que no tienen otra cosa que hacer?”, pregunto. “No, es que así la gente compra más. He oído a mi jefe que lo tienen comprobado. Los clientes dan más vueltas y recuerdan cosas que también les hace falta. Así que mientras buscan lo que quieren comprar encuentran productos que quizás, por si acaso o porque realmente se les ha olvidado, los compran. Se vende más”. Nos quedamos mirándole fijamente a los ojos como si jamás hubiéramos mirado a una persona. El hombre se pone nervioso, “¡vamos, digo yo que es así! Tampoco me hagan mucho caso…”, terminando la frase y caminando ya hacia el lugar en el que probablemente lo pusieron hace una semana. Y nosotros detrás de él sin despegarnos, recorriendo el supermercado entero hasta que el trabajador da con el producto. “Muchas gracias. Ha sido muy amable”, le decimos pasmados. “Es mi trabajo”, contesta sonriendo y yéndose a paso ligero y alegre como si la realidad de la vida fuera maravillosa.

 

Algunas veces he visto empleados que van en patines de ruedas. Medida muy inteligente desde mi punto de vista. Tardan la décima parte de tiempo que los demás en recorrerse entera la super superficie.

 

 

Y yo que pensaba -y pienso-, que en estas grandes superficies, y otras, subían los precios y recortaban personal. Entre esta infamia y el marketing tendré que poner a prueba mi paciencia, mi impotencia y el tiempo perdido cuando vaya a hacer la compra del mes.

 

“También puedo dejar de ir a comprar a estos super, supermercados”, pienso.

 

Cargado el carro hacemos cola para pagar, cargamos el coche, descargamos en casa, todo pesa demasiado y a continuación me siento en el sofá catatónica, pensando en cómo relajarme. Mi compañero, que hace que nuestra pareja sea una relación magnífica, me trae un vaso de cerveza y va colocando poco a poco las cosas hasta que termina. Y con una cerveza para él se sienta a mi lado. Y me saca del estupor en el que me encuentro con un beso.

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