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Jordi Rosiñol Lorenzo
Martes, 12 de marzo de 2019
Jordi Roseñol

El rebaño frente al espejo

[Img #17470]Aunque según dice el refrán «las mentiras tienen las patas cortas» en la enajenación colectiva del denominado «procés», el rebaño pastoreado y ciego parecía no parar de correr en una huida veloz hacia delante. Pero, paradojas de la vida, cuantas más veces se le advertía a la manada que iba corriendo en sentido contrario al común, más velocidad cogían la cabaña indepe bajo la vara fustigadora del relato novelesco que narraban los bien pagados pastores, una cuadrilla escasa y dominante que de tanto oír «que viene el lobo» se pensaron que eran inmunes a las dentelladas de la realidad democrática, siempre se creyeron que estaban exentos de cumplir con el estado de derecho del redil.

 

Así, durante interminables años vareando con una de las tres ramas del árbol (El pi de les tres branques). Pero, finalmente, y por fortuna para todos ellos se interpuso ante el rebaño el muro de la justicia, dándose irremediablemente de bruces contra él. Digo que tuvieron suerte del frenazo en seco, más allá de algún chichón, por que la otra opción barajada por los cabreros era despeñar por un barranco a la bandada estelada.

 

Los dirigían hacía el despeñadero henchidos de superioridad, y dolidos por supuestas afrentas perdidas en el confín de los tiempos, afrentas dignas de las mejores novelas de caballería. Aunque en los despachos pastoriles las novelas que allí se leían se parecían más a las novelas de picaresca. Y después de tanto tiempo de soportar un mono tema institucionalizado de supremacismo, imposición, división y enfrentamiento social, hoy en día nos encontramos ante el principio del fin, con hilo en la aguja se va hilvanando de hechos y realidad el roto que creyéndose inmunes rasgaron insensatos en la vida de la que una vez fue la cosmopolita Cataluña.

 

Mientras la minoría de españoles abducidos por el «Procés» en la actualidad patalea, llora e intenta digerir la farsa, averiguar qué ha pasado. Los pastores, con la valentía que les caracteriza, unos cuantos huyeron y no se les espera, y el resto toman asiento en el Tribunal Supremo. Uno a uno van pasando los más de quinientos testigos de la causa, desgranando lo sucedido con la naturalidad de relatar algo obvio, unos hechos que cuestan de entender si no los has vivido in situ o te lo explican. Los acusados tristemente en vez aceptar por convicciones los hechos, intentan tirar pelotas fuera, «yo no estaba» «yo no quería» «yo soy pacifista» etcétera. A su vez los abogados defensores tienen un trago difícil de digerir, ante los testimonios aplastantes, y tan sólo intentan buscar la anécdota en esta y aquella anotación en no saben que informes o auto.

 

Aún faltan por declarar el noventa por ciento de los testigos, y como ya digo, no hay desperdicio en ninguna de las declaraciones, pero si me tengo que quedar con una en concreto por su abrumadora normalidad, cronología y descripción de los hechos, me quedo con la declaración del miembro de la mesa del Parlament José María Espejo, que haciendo gala de su apellido los puso frente al mismo, devolviéndoles la imagen de lo ocurrido, y cuya única salida honrosa sería aceptar sus responsabilidades, qué como pastores tuvieron en el desprecio a la mitad de los catalanes, y el engaño del resto.

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