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Juan Sánchez.
Miércoles, 13 de marzo de 2019
Juan Sánchez, sereno a pesar de todo

La humildad solo tiene una incompatibilidad: la imbecilidad

“Señor, concédeme serenidad para aceptar todo aquello que no puedo cambiar, fortaleza para cambiar lo que soy capaz de cambiar y sabiduría para entender la diferencia”.

 

[Img #17481]Hace algún tiempo descubrí esta “oración de la serenidad”. Y aunque no es un mensaje nuevo, el propio Gandhi ya aconsejaba serenidad, calma, imperturbabilidad ante ‘el azar’, entendido como la ingente cantidad de putadas que salen al paso en esta azarosa existencia; lo novedoso de la plegaria es esa redondez carente de esquirlas, añicos o alegatos para eludir el viaje. Ese mensaje acaba donde comienza, -es la puerta del callejón sin salida-, y reinicia, limpia la mente subrepticiamente contaminada por tanta gilipollez “normal y cotidiana”.

 

Que no son los mejores tiempos para los buenos no es ninguna novedad, nunca lo fueron, jamás lo serán; el tinglado va de pagar con sangre por cada buena obra que consumamos, además de ser tomados por tontos, gilipuertas o lelos. Así se presenta el panorama cada alborada que ‘afortunadamente’ despertamos nuestra conciencia ante un mundo de turbulenta crispación. Solo habéis de mirar sintiendo aquello que veis, y el mundo real aparecerá ante los ojos paralizados por el horror ‘normalizado’. Nada ni nadie se presta a la compasión, la empatía o la humanidad. Estamos conviviendo, concordando en complicidad con una tribu de bestias desalmadas, desnaturalizadas, o no, que irremediablemente se han apoderado del planeta. Ardua labor abrirse camino a golpe de corazón entre esa turbamulta de miserables infectos de iniquidad. Es el infierno metódicamente prometido en esas escrituras presuntamente sagradas, presuntamente, insisto.

 

Y tú dirás: este no es mi Juan, que me lo han cambiado. Y acertarás, o no. En mi letanía antedicha, mi artículo anterior, pijo, ya, la literatura de los cojones, adelantaba mi descalabro existencial y sus circunstancias galopantes de regreso a Manderley… «Anoche soñé que volvía a Manderley…» Y la sospecha se diluye en aquel acantilado que nunca conocí, aunque mis pasos irremediablemente allí me dirigían hasta despertar empapado en el sudor frío de la pesadilla constante. O lo que vendría a ser lo mismo: desperdiciamos la vida obsesionados con fantasmas requetemuertos, incluso demodés, obsoletos, caducifolios y ridículos, que por intereses ignotos de todos sabidos, retornan una y mil veces al coco huero, relleno de compromisos para hacer el tonto a las tres, una y otra vez, aunque sean las dos de la madrugada y el sereno renacido desde el olvido de un pueblo apoyargado en la tontería, insista en abrirnos el portal de nuestra esencia verdaderamente humana. Pero no, lo importante, la importancia de llamarse Gilipollas de mutuo acuerdo, es seguir el guión, no salirse de la fila y jugar al “teto” una y otra vez, sin mirar ni dejar de hacerlo, los maletes que causamos a despecho del inglés, o de las ingles. Ya lo decía José Luis Cuerda: unos días levitando en la tontería general y otros tantos apestando a lomo de “angelitos” desterrados del cielo. ¡Me cago en el misterio!.

 

Lo parece, verdad que lo parece. Pues no, no se me ha ido la ‘pinza’ hermanos. Para nada, incluso creo que la pinza está más acertada que nunca. En este mundo de perturbados el cuerdo será tomado por loco: Gracias! Aún así, y si te atreves, destapa el óleo que escabulles en tu interior. Sí, a lo Dorian Grey, échale cojones y mírate por dentro. A que no te atreves listillo. Mucho ringo rango, mucha exhibición pancista, mucho alarde de altura, pompa y circunstancia de babeo social, y tal, y el gusano avanza inexorable por tus tripas. Te regalo una palabra: HUMILDAD… Menudo invento, úsalo, ya me dirás del resultado. Solo tiene una incompatibilidad: la imbecilidad. Y acabo con otro “mantra” de andar por casa en zapatillas de cuadros al natural:

 

“Al fin y al cavo, solo somos aquello que hacemos para cambiar lo que somos”

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