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Merche C. Sevellera
Viernes, 15 de marzo de 2019
Merche C. Sevellera/coaching para todos

Me voy de mi vida para encontrarme

[Img #17511]Y me fui.

Me alejé  de todo y de todos de un portazo, con la creencia de que con ese simple gesto me libraba de todo lo que perturbaba mi existencia.

 

El tiempo en soledad comienza a devolverme, poco a poco, las distintas facetas de mi persona.

Ese espejo callado me muestra imágenes que no hubiera reconocido antes.

 

Antes, cuando me escondía entre el ruido de las vidas ajenas.

Antes, cuando el mimetismo hacia de justificante en mis reacciones.

Antes, cuando encontrar culpables a mis tragedias era fácil.

 

Me devuelve la ira; ese producto de la soberbia que me dio la sensación de justicia momentánea, y que en esa misma justicia tanto y tanto perdí.

 

Me devuelve el miedo a equivocarme, que provocó tantas equivocaciones y a tan alto coste.

 

Me devuelve también la inseguridad, o mejor la seguridad de haber crecido a falta de respeto, y el sentimiento que aun aflora al seguir sintiéndome culpable de no merecerlo.

 

Muestra la rabia de la no aceptación, la insumisión a la tristeza y el desamparo impuesto.

 

La vergüenza de no creer ser merecedor de un lugar cálido y amoroso y la falta de herramientas para construirlo.

 

Muestra imágenes de solidaridad, de empatía máxima hacia el dolor y necesidad ajenos. Y actos desprendidos en consecuencia.

 

No muestra maldad. Ni un solo acto contra nada ni nadie para causar daño alguno. Aunque las palabras airadas no son precisamente un bálsamo para nadie.

 

Me devuelve también mis continuas huidas hacia adelante, propias de inmadurez emocional.

Y a esos lugares hay que volver porque nada se queda sin resolver.

 

Con esta visión empiezo a comprender y a aceptar.

 

Comprender que reaccioné de la única forma que podía, según sabia y en cada momento.

 

Que si perdí fue porque nunca nada fue mío. Estaba ahí para enseñarme y he aprendido.

 

Aprendo a aceptar que lo que te daña, por más que lo cuides y quieras conservar, no dejará de dañarte, y que lo propio es soltarlo, dejarlo ir y quedar tranquilo en esa decisión.

 

Valoro.

No lo hacía. No valoraba nada en mi vida. Lo pesaba con la misma balanza que mi propia estima.

Ahora sí.

Valoro mi vida, valorando con ello a todas las personas que me demuestran su amor, sintiéndome merecedor de él.

 

Valoro mis triunfos, mis metas conseguidas, como reflejo de mi esfuerzo.

 

Aprendo a no boicotearme, a no provocar el cumplimiento de profecías desoladoras que son producto del miedo que me gobernaba.

 

Me gusta.

Me gusta mi hogar, su calidez, su aroma, su comodidad.

 

Amo mi soledad, que tanto me enseña, mi independencia que tan fuerte me hace, mi honestidad que aparta de mí al deshonesto por propio auto-desgaste.

 

Si me vuelvo a perder en el tumulto, volveré a ese espejo maravilloso, pero solos, él y yo.

 

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